A mi dígame campesino

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Orgulloso de mis raíces y admirador de esa benemérita población que habita en el campo, me niego a llamar de manera diferente a un campesino. No me vengan a envolver en celofán ni a meter en un cofre de coleccionista la dignidad para ponerla a los pies de una mal llamada cultura gerencial.

Al empresario lo mueve la rentabilidad; al campesino, su arraigo. A diferencia del empresario a ultranza, yo veo más que tierra capaz de producir riqueza: veo terrenos llenos de historia, la herencia y el sudor de nuestros abuelos.

A mí no me lo contaron los libros de economía. Yo sé lo que es madrugar a ser cosechador de café, sentir el rigor del trabajo como bagacero en las moliendas tradicionales y caminar el monte para ir por la leña. Conozco el milagro y la paciencia de sembrar el frijol, el maíz y el plátano para asegurar el sustento.

El término “campesino” viene del latín campus, que significa “el que habita y pertenece al campo”. “Empresario”, en cambio, se vincula a la idea de emprender una tarea económica. Ser campesino define herencia e identidad; “empresario del campo” reduce la existencia a una función comercial o laboral. Me resisto a que, de un plumazo, se borre una condición humana y social para ser transformada en una categoría mercantil.

El campesino es guardián de saberes tradicionales. El manejo de semillas, su relación empática con las fases de la luna y la medicina tradicional son conocimientos que no se enseñan en las escuelas de negocios. El campesino ve su tierra desde lo más profundo de su alma: es su amor, su familia y su legado. El empresario, por el contrario, concibe el campo como un activo productivo e incluso como un factor de producción reemplazable.

No en vano la Constitución Política de Colombia ha definido al campesino como sujeto de especial protección de derechos. Cambiar el término amenaza con la banalización de luchas históricas. Ser campesino, por sí mismo, evoca resistencia, organización comunitaria y defensa del territorio; porque mientras el empresario busca maximizar ganancias, el campesino añora mantener su soberanía alimentaria y su presencia en el territorio.

Hoy en día veo como mi familia, lidera un emprendimiento alrededor de la cultura del café en San Agustín-Huila. Pero no nos equivoquemos: más allá de buscar un balance económico, su propósito es rendir un homenaje vivo a una tradición familiar, a la mística de los cafetales y al respeto por los ciclos de la tierra.

Por eso, a mí llámeme “campesino”. Lo pido en honor al legado de mis ancestros, quienes se convirtieron en guardianes de la creación divina y nos legaron principios éticos que van más allá de la explotación económica de un territorio. Gracias a ellos aprendimos que la verdadera riqueza del campo está en la convivencia armónica y amorosa con la creación de un Dios perfecto.

Quiero terminar con una frase del poeta estadounidense Wendell Berry que lo resume todo: “El campesino no posee la tierra, pertenece a ella”.

Por: Carlos Andrés Facundo Ortega
Correo: andresfacundo@hotmail.com

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