El terremoto que sacudió a nuestra nación el pasado 10 de agosto demostró, una vez más, lo vulnerables que estamos frente a la ocurrencia de un evento de semejante magnitud. Pero, sobre todo, puso al descubierto nuestra escasa capacidad de reacción ante una tragedia que, por sus dimensiones, desborda cualquier previsión.
Ni el recién posesionado presidente de la República, ni sus ministros, ni el Congreso, y mucho menos los gobernadores y alcaldes de las diferentes localidades, inmensas o minúsculas, estaban preparados para enfrentar una situación tan compleja como la que hoy padecemos como consecuencia del gran sismo.
Aquí ya no podemos hablar simplemente de ciudades afectadas. Estamos ante departamentos enteros devastados. Por eso, no basta con fijar la mirada en Quibdó, Cali, Pereira, Manizales o Armenia. Hay que detenerse a revisar, municipio por municipio, la situación de los departamentos del Chocó, Valle del Cauca, Risaralda, Caldas y Quindío, sin olvidar algunos territorios del norte del Tolima que también han sufrido los efectos de la tragedia.
En momentos como este, el debate político que algunos medios de comunicación pretenden alimentar para mantener encendida la atención pública debería pasar a un segundo plano. La prioridad tiene que ser otra: convocar una gran campaña nacional de solidaridad que nos permita, entre todos, aportar a la reconstrucción de esa parte del país que hoy enfrenta los embates de la tragedia.
No importa si pertenecemos a la clase alta, media o baja. Cada quien debe contribuir de acuerdo con sus posibilidades, no con sus condiciones. Porque frente al dolor de una nación no existen estratos sociales, fronteras políticas ni diferencias ideológicas. Existe Colombia.
Esta tragedia no puede convertirse en una noticia pasajera, una cifra más en los informativos o un tema de moda que desaparezca cuando deje de generar audiencia. Tampoco podemos permitir que, después de los primeros días de conmoción, las víctimas queden solas frente a sus ruinas.
Por el contrario, esta nueva realidad debe obligarnos a replantear buena parte de la agenda política, económica y social del país. Los medios deberían abrir y cerrar sus informativos no solamente con las cifras de muertos, heridos y damnificados, sino también con un balance permanente de los recursos recaudados, de las ayudas recibidas y de lo que todavía hace falta.
Colombia necesita hoy menos discursos y más solidaridad; menos disputas políticas y más capacidad de gestión; menos protagonismo y más compromiso.
Hay que tener muy claro que reconstruir las ciudades, recuperar las viviendas y levantar nuevamente la infraestructura será apenas una parte de la tarea. Lo verdaderamente difícil será devolverles a miles de colombianos la tranquilidad, la esperanza y la certeza de que no están solos.
Esta no es una tragedia de unos departamentos. Es una tragedia de Colombia. Y cuando Colombia sufre, todos deberíamos sentir que también nos duele.
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Por: Hugo Fernando Cabrera – hfco72@gmail.com
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