Cabalgatas: folclor que huele a crueldad

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Cuando la cultura se convierte en crueldad

En el Huila, las cabalgatas siguen siendo vistas por muchos como celebraciones festivas, símbolos de la cultura ganadera y motivo de orgullo regional. Sin embargo, tras el desfile de sombreros, botellas de licor y música a todo volumen, hay una realidad profundamente incómoda: el maltrato sistemático de seres sintientes que, en pleno siglo XXI, continúa siendo normalizado bajo el amparo de una sociedad que ha dejado de ser compasiva para convertirse en indolente.

Los caballos utilizados en estas actividades no son máquinas de tracción ni meros instrumentos decorativos. Son animales con sistemas nerviosos complejos, capaces de experimentar dolor, miedo y estrés.

Esta condición de seres sintientes no es una afirmación poética o ideológica; es una categoría jurídica reconocida por el ordenamiento colombiano. La Ley 1774 de 2016 establece claramente que los animales son “seres sintientes” y, por tanto, titulares de una protección especial. A partir de esta ley, maltratar a un animal no es un acto trivial ni una falta menor: es un delito penal.

No obstante, durante las cabalgatas, es común observar caballos agotados, deshidratados, con heridas por el roce constante de sillas mal ajustadas o espuelas empleadas con violencia. Algunos resbalan en calles asfaltadas, otros son forzados a desfilar durante horas bajo el sol abrasador o entre multitudes embriagadas que los golpean o gritan sin piedad.

La música a volúmenes extremos y la presencia de alcohol en los jinetes generan un entorno caótico que los caballos, por su naturaleza, no están preparados para soportar. Esto constituye, sin rodeos, un escenario de maltrato animal que vulnera múltiples disposiciones legales.

El Código Penal Colombiano, en su artículo 339A, sanciona el maltrato injustificado hacia animales, incluyendo acciones que les causen dolor, sufrimiento o daño físico. Es decir, no se trata de esperar a que un animal muera para que se configure el delito: la sola exposición a condiciones antinaturales y estresantes, con fines recreativos, ya representa una infracción. De hecho, la jurisprudencia de la Corte Constitucional ha sido clara en cuanto a que el bienestar animal es un interés jurídicamente protegido, incluso cuando colisiona con prácticas tradicionales o culturales.

Apelar a la tradición para justificar las cabalgatas no solo es jurídicamente débil, sino éticamente cuestionable. La historia está plagada de costumbres que hoy nos parecen atroces: peleas de gallos, corralejas, circos con animales, incluso formas institucionalizadas de violencia contra humanos que en su momento gozaron de aceptación popular.

Que algo se haya hecho durante décadas no significa que sea correcto o que deba perpetuarse. Una sociedad que se precia de avanzar en derechos humanos no puede permitirse ignorar los derechos de los animales, especialmente cuando hay un marco legal que los respalda y una comunidad científica que advierte sobre su sufrimiento.
Además, las cabalgatas son un reflejo de un orden social profundamente desigual.

En ellas, quienes montan caballos finos desfilan como símbolos de estatus, mientras trabajadores invisibles cargan agua, azotan animales para que “no se queden atrás” o los arrastran si colapsan. Esta puesta en escena romantiza una jerarquía social donde unos se exhiben y otros —humanos y no humanos— se sacrifican. En ese sentido, las cabalgatas no son solo un maltrato animal, sino también un retrato grotesco de nuestras desigualdades estructurales.

Colombia debe dejar de mirar hacia otro lado. Las autoridades municipales que permiten cabalgatas sin mecanismos de control veterinario, sin rutas seguras ni restricciones al consumo de alcohol en los jinetes, están siendo cómplices del maltrato. Y no lo digo como una metáfora: permitir, promover u omitir acciones que deriven en sufrimiento animal es, según la Ley 1774, una forma de corresponsabilidad penal.

Es hora de que como sociedad dejemos de confundir fiesta con crueldad, y cultura con abuso. Es posible construir celebraciones que exalten nuestras raíces sin necesidad de someter a los animales a condiciones degradantes. De hecho, el verdadero respeto por la cultura implica también el coraje de transformarla, de actualizarla a la luz de los principios de dignidad, equidad y compasión que decimos defender.

Prohibir las cabalgatas, o al menos regularlas con severidad y control público efectivo, no es un capricho de ambientalistas radicales ni un atentado contra la tradición. Es un paso necesario hacia una sociedad que se toma en serio el concepto de “progreso”. Un país que sigue tolerando espectáculos basados en el sufrimiento animal no solo traiciona su marco normativo; también se estanca moralmente, aferrado a prácticas que revelan más barbarie que identidad.

Hoy, los caballos no tienen voz para rechazar el látigo, para pedir agua o para protestar contra el ruido insoportable de una carroza con parlantes. Pero nosotros sí. Y si no hablamos por ellos, si no exigimos el cumplimiento de la ley y el fin de este tipo de espectáculos, entonces también somos responsables de cada jadeo, cada herida, cada caída y cada muerte que estas cabalgatas dejan tras su paso.

Como en forma certera lo aseveró Gandhi: “la verdadera grandeza de una sociedad se mide por la forma en que trata a sus animales. Y en ese espejo, las cabalgatas no nos engrandecen: nos avergüenzan.

P.D. La participación de autoridades municipales, regionales y nacionales, así como de dirigentes políticos y sociales en las cabalgatas, es una muestra lamentable de connivencia institucional con el maltrato animal. Su presencia no solo legitima una práctica anacrónica y cruel, sino que refuerza la idea de que la tradición justifica cualquier abuso.

En lugar de proteger a los caballos como seres sintientes —como lo exige la ley—, estos líderes prefieren desfilar sobre ellos, ignorando su sufrimiento y dando la espalda al mandato ético y legal de proteger la vida. Su responsabilidad no es adornar el espectáculo, sino impedirlo.

Por: Faiver Augusto Segura Ochoa
Twitter -X: @faiver_segura

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