El fin de las “buenas mujeres”

TSM Noticias
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Muchas cosas están pasando estos días: la patética sentencia de nueve años para “La Manada”, el grupo de cinco bastardos que en el 2016 violó oral, anal y vaginalmente a una mujer de 18 años en España[1]; o la conmemoración del 1 de mayo Día Internacional del Trabajo, fecha donde recordamos que en Colombia los trabajos del cuidado equivalen a cerca del 20% del PIB nacional y que estos son asumidos en un 80% por mujeres, quienes diariamente se dedican, invisible y gratuitamente, a alimentar, planchar y limpiar en el seno de las sagradas familias colombianas.

Sin embargo, hoy no voy a entrar en detalles sobre ninguno de estos dos acontecimientos, porque por más grotesca que sea la violación, la (in)justicia patriarcal o la explotación doméstica de las mujeres, hoy el tema que me urge sacar de las entrañas es otro.

Hoy quiero hablar sobre una forma de coacción y dominación sutil pero no por ello menos poderosa: los mandatos familiares. Hablo de esas expectativas, máximas o sentencias que aprendimos por tradición familiar y que nos constriñen a las mujeres desde adentro y (como decía el misógino de Freud) nos castran, o mejor, nos cortan las alas, como dice mi casi-guía-espiritual.

El miedo a defraudar a quienes nos aman o la culpa por romper las reglas es una sensación que todas hemos experimentado en algún momento de nuestras vidas, sin embargo, nadie nunca nos enseñó la estrecha relación que existe entre amor y dominación. Por el contrario, el amor todo lo puede, lo perdona, está en el aire y todo eso.

Algo sí está claro, es más fácil identificar el daño o la opresión cuando vienen de afuera y son ejercidas por un otro al cual no amamos, ni nos vio crecer, o enseñó a caminar, difícil ¿no? mientras el mandamiento reza que debemos “honrar a padre y madre” ¿qué tal todas poniéndonos en primer lugar a nosotras mismas? ¡ni más faltaba! Esas cosas no están bien vistas, nadie quiere un montón de señoritas tirando la toalla con la idea de ser las hijas modelo y dedicándose a escribir sus propias reglas o a construir sus propios valores. ¡Así que chiste tener hijas! ¿no se suponía que son más dóciles que los hijos varones?

Yo hasta he escuchado la ridícula idea de que por naturaleza somos más allegadas -literalmente- al “seno del hogar”, como quien dice: normal que los hijos varones alcen vuelo, viajen por el mundo o se vayan de rumba una semana, pero la princesa de la casa se queda en la casa ¡como debe ser!

Y de repeso, la forma como fuimos criadas garantiza que interioricemos esas normas, pues tan efectivo como el miedo es la comodidad y el reconocimiento. Todas lo sabemos, cooperar calladitas y sonrientes con las expectativas familiares asociadas a la feminidad nos trae recompensas, aplausos y seguridades.

Eso sí, a ninguna le aplauden si se sale del guion. Incluso, dependiendo del grado de conservadurismo que caracterice a su familia, a muchas les dirán brujas, solteronas, locas, ovejas negras, descarriadas, decepción, hijas de belcebú, necias, desagradecidas y hasta sin vergüenzas, todas formas de llamar a las “malas mujeres”.

Ningún estigma es liviano, menos si viene de las personas que por muchos años han dicho “saber qué es lo mejor para nosotras”, o quienes justifican mediante el amor y la protección acciones que nos impiden ser como queremos ser y vivir como soñamos vivir.

Por eso, cortar con los mandatos familiares es luchar un poco con nosotras mismas y lo que hemos aprendido desde la infancia, significa mutilarse algo que tenemos entre la médula, algo que nos ha estructurado, cosa que duele e implica re-hacerse y reconstruirse desde los propios criterios.

Sólo reconociendo cuáles son los mandatos familiares que nos atan a cada una, soltaremos el miedo y la culpa de armar rancho aparte, de tatuarnos, de viajar por el mundo, de nunca casarnos o hacerlo con quien queramos, de creer en el Dios o en los astros, de dejar un trabajo exitoso por uno que amemos o hasta de salir del clóset, total es mejor salirse del guion que ganarse el Oscar por mejor actriz.

[1] Para saber más lea a mi maravillosa amiga Dayana, columnista de La Nación http://www.lanacion.com.co/2018/05/01/una-manada-violadores/

Por: Claudia M. Álvarez – claudialbaricoque@gmail.com
Twitter: @cmalvarezh

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