Colombia, un país en busca de sentido

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Siempre he dicho que hay libros que uno termina de leer, pero que continúan habitando dentro de uno. El hombre en busca de sentido, de Viktor Emil Frankl, es uno de ellos; así como La azarosa vida de Danfi Núñez, del escritor huilense Salín Polanía Amézquita, un libro que tuve la fortuna de leer antes que muchos.

Frankl escribió desde el horror de los campos de concentración nazis. Allí, donde al ser humano parecía habérsele arrebatado todo, encontró una certeza: aun en las circunstancias más adversas, existe una libertad que nadie puede destruir por completo: la posibilidad de decidir qué actitud asumir frente a ellas.

Nuestro país lleva décadas conviviendo con la violencia, la pobreza, la desigualdad, la corrupción, el narcotráfico y el abandono regional. Nos hemos acostumbrado tanto a estas realidades que, en ocasiones, dejamos de indignarnos. Y cuando una sociedad se acostumbra al dolor, corre el riesgo de perder la esperanza.

Frankl no nos invita a romantizar el sufrimiento. Por el contrario, nos recuerda que el dolor no tiene sentido por sí mismo. Pero incluso frente a aquello que no podemos cambiar, podemos decidir qué hacer con lo que nos ha correspondido vivir.

Esta idea resulta muy importante para Colombia. Durante años hemos buscado culpables: el Gobierno, la oposición, los partidos, las élites, los empresarios, los grupos armados o quienes piensan diferente. Sin desconocer responsabilidades, una nación no puede construir su futuro desde la culpa. Necesita hacerlo desde la responsabilidad.

La pregunta, entonces, no es solamente: ¿por qué nos ha ocurrido esto? También debemos preguntarnos: ¿qué podemos hacer nosotros con aquello que nos ha ocurrido?

Colombia tiene otra historia posible. Está en el campesino que sigue sembrando, en el maestro que educa en territorios apartados, en el joven que insiste en estudiar, en la familia que trabaja honradamente y en las comunidades que, pese a las dificultades, construyen solidaridad y trabajan unidas.

Un país también necesita sentido. Necesita ofrecer a sus jóvenes razones para estudiar, trabajar y creer en el futuro; convertir la educación, el empleo, la justicia y la dignidad en caminos, posibles y concretos, de esperanza.

No podemos borrar nuestra historia ni reparar de un día para otro nuestras heridas. Pero sí podemos decidir qué hacemos a partir de ahora.

Tal vez esa sea la gran lección de Frankl para Colombia: el sentido no consiste en esperar mejores circunstancias, sino en asumir responsablemente lo que hacemos con las circunstancias que tenemos.

Colombia no necesita negar sus heridas, más bien necesita reconocerlas, aprender de ellas y transformarlas.

Después de años buscando culpables, quizá ha llegado el momento de buscar sentido.

Y luchar hasta poder escribir una nueva historia, como lo hiciera Danfi Núñez en medio de la adversidad y de su propia cárcel.

Por: Hugo Fernando Cabrera – hfco72@gmail.com
X: @Hufercao04

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