El informe de OBS Business School advierte que la región se reposiciona en el tablero global no por su capacidad de decisión, sino por el interés de las grandes potencias en sus recursos, mercados y ubicación estratégica.
Con los BRICS representan el 42% de la población mundial y el 23% del PIB, el informe de OBS Business School señala que América Latina gana peso global, pero con menor autonomía estratégica.
El último informe de OBS Business School, institución perteneciente a la red de educación superior Planeta Formación y Universidades, sitúa a América Latina en el centro de una reconfiguración global marcada por tensiones geopolíticas, disputas por recursos y cambios en el equilibrio de poder. Lejos de un protagonismo consolidado, la región emerge como un espacio estratégico en disputa, donde las oportunidades de crecimiento conviven con una pérdida relativa de autonomía en la toma de decisiones.
En un mundo que, como advierte Eduardo Irastorza profesor de OBS Business School y autor del informe “Escenarios y tendencias geopolíticas que cambiarán el mundo en 2026”, vive una transformación “sin precedentes históricos”, América Latina vuelve a ocupar un lugar central en el tablero geopolítico, aunque no necesariamente en sus propios términos. La región aparece en el informe de OBS Business School no como protagonista autónoma, sino como espacio de disputa entre modelos, recursos y potencias.
El caso argentino es, en este sentido, paradigmático. No solo por su giro ideológico, sino por lo que representa “la confrontación de dos modelos, uno ultraliberal y otro decididamente intervencionista”, una tensión que según el informe definirá el siglo XXI.
Con una inflación que llegó al 219% y que se redujo por debajo del 40% en 2025, y con expectativas de crecimiento cercanas al 4% para 2026, Argentina ilustra el dilema estructural de la región, estabilizar macroeconomías frágiles sin erosionar la cohesión social.
Pero más allá de Argentina, el diagnóstico es más profundo. América Latina, en palabras implícitas del informe, no está en crisis, está es en un proceso de redefinición. Y esa redefinición viene marcada por una presión externa cada vez más explícita.
Estados Unidos ya no disimula su visión de la región. La doctrina “America First” no solo se traduce en aranceles o política industrial, sino en una lógica territorial, Latinoamérica como zona de influencia directa. El informe lo plantea sin ambigüedades, Washington “considera (la región) su patio trasero” y ya ha iniciado intervenciones estratégicas en países clave como Venezuela, con Colombia, México y Nicaragua en el radar.
Este punto es especialmente relevante para Colombia. Aunque el informe no le dedica un capítulo propio, sí la ubica dentro del siguiente ciclo de presión geopolítica estadounidense, lo que implica un reposicionamiento forzado en temas críticos como seguridad, energía y alianzas internacionales. En otras palabras, Colombia no es ajena al tablero, está dentro de él, pero sin controlar las reglas.
México, por su parte, refleja otra cara de esta tensión. Con 133,6 millones de habitantes y una economía que avanza hacia la manufactura, el país encarna el potencial industrial de la región. Sin embargo, ese mismo potencial lo convierte en un campo de fricción directa con Estados Unidos. Las exigencias son claras, relocalización de industrias, control migratorio total, alineamiento energético y combate frontal a los cárteles.
La paradoja es evidente, cuanto más relevante se vuelve México en la cadena global, menor es su margen de maniobra estratégica.
Algo similar ocurre con Venezuela, aunque desde el extremo opuesto. De ser uno de los países más ricos en recursos energéticos, pasa a convertirse en un territorio de reconfiguración geopolítica donde Estados Unidos busca asegurar la explotación directa de petróleo, mientras China pierde influencia como proveedor energético clave.
Aquí aparece otra de las grandes tensiones del informe, recursos versus soberanía. Latam sigue siendo estratégica por lo que tiene energía, minerales, biodiversidad, pero no necesariamente por lo que decide.
Este fenómeno se amplifica cuando se conecta con dinámicas globales. El auge de los BRICS, que ya concentran el 42% de la población mundial y el 23% del PIB global, abre una ventana para que países latinoamericanos diversifiquen alianzas. Sin embargo, esa alternativa tampoco está exenta de riesgos: es un bloque fragmentado, con tensiones internas y liderazgos asimétricos.
En ese contexto, la región queda atrapada entre dos fuerzas, “una hegemonía tradicional que no quiere perder control y un orden multipolar que aún no ofrece estabilidad”, afirma el autor. Irastorza lo resume indirectamente a lo largo del informe, el mundo no se está ordenando, se está tensionando. Y América Latina es uno de los espacios donde esa tensión se hace más visible.
El punto de fondo no es si la región crecerá todo indica que sí en ciertos sectores, sino cómo y bajo qué condiciones. Porque el crecimiento puede venir acompañado de dependencia, y la integración global, de pérdida de autonomía.
La pregunta estratégica hacia adelante no es menor ¿puede América Latina y en particular países como Colombia, pasar de ser territorio de influencia a actor con agenda propia?
La respuesta no está en el informe, pero sí sugiere una pista, en un mundo donde “la única constante es el cambio”, la verdadera ventaja competitiva no será tener recursos, sino capacidad de negociación.

