Trump: el destructor del mundo

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En 1945 se reunieron los vencedores de la Segunda Guerra Mundial (Stalin, Churchill y Roosevelt) con el objetivo de establecer un nuevo orden global a través de la creación de la ONU, esta organización nació para corregir los fracasos diplomáticos de la Gran Guerra y evitar fenómenos como el nazismo mediante reglas internacionales.

Si bien el derecho internacional inició mucho antes con el Tratado de Westfalia (1648), pasando por el Congreso de Viena (1815), las Convenciones de Ginebra (1864) y la Sociedad de las Naciones (1919), la Carta de la ONU es el primer referente sólido de aplicación jurídica global.

No obstante, este orden internacional posee un vicio de origen que contradice la igualdad entre naciones al otorgar a cinco países permanencia y poder de veto en el Consejo de Seguridad (China, Estados Unidos, Rusia, Francia y Reino Unido). Esto prueba que el derecho internacional no se aplica de forma equitativa.

Aunque la organización se fundó para fomentar el diálogo y garantizar la paz, los últimos 80 años han evidenciado la fragilidad del Derecho Internacional frente a guerras y conspiraciones; este orden se basa en una jerarquía de tres categorías: primero las potencias hegemónicas, segundo sus aliados estratégicos y, en último lugar, los estados periféricos; dicha división fue evidente durante la Guerra Fría, periodo en el que la URSS y EE. UU. convirtieron el planeta en un tablero de ajedrez movido por sus propios intereses.

Tras la disolución de la Unión Soviética en 1991, Estados Unidos se consolidó como el hegemón mundial, cimentado en políticas como la Doctrina Monroe, el predominio del dólar (Bretton Woods) y la OTAN. Estas fueron las palancas que posicionaron su visión democrática, orientada por la doctrina del «Gran Garrote» (Big Stick) de Theodore Roosevelt, la cual justifica el uso de la fuerza para defender los intereses estadounidenses.

Este dominio económico, político y militar se acompaña de una estrategia cultural inspirada en el control social del comandante nazi Joseph Goebbels; utiliza los medios de comunicación, Hollywood y las redes sociales para universalizar el «sueño americano» como el modelo ideal de sociedad. Así, Washington logra que las poblaciones del tercer mundo presionen a sus gobiernos para alinearse a sus intereses, como se analizó en la columna «El Poder Divino«.

El último componente de este dominio es el factor teológico. La doctrina del «Destino Manifiesto» de O’Sullivan (1845) sustenta el soporte espiritual norteamericano, promoviendo la creencia de ser la nación elegida por Dios, para expandir sus valores. Bajo esta visión, establecieron como objetivo principal la creación del Estado de Israel como una obligación espiritual que legitima desde invasiones hasta el financiamiento de grupos radicales, al considerar que sus decisiones políticas están amparadas por un designio divino que supera la comprensión humana.

Esta política trasciende los cambios de gobierno, pues el objetivo permanece inalterable al ser impulsado por poderosas élites económicas de origen cristiano y judío, que han sabido incrustarse en la política norteamericana. Ejemplo de ello es el caso Epstein, descrito como una estrategia de chantaje del gobierno israelí, el Mossad y el AIPAC para dirigir la política exterior estadounidense en favor de Tel Aviv.

Con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la agresividad de Washington ha alcanzado límites inéditos. La dirigencia actual se cree con el derecho de imponer o agredir a cualquier nación que contradiga sus exigencias; quien se oponga es catalogado como amenaza para la «paz y la libertad», activando una maquinaria mediática y de gobiernos satélites, que respaldan a Trump, sin importar su veracidad. Esta dinámica explica la actual agresión sobre Irán.

Pero ¿por qué Irán? La estrategia para establecer el Estado de Israel comenzó en 1917 (Declaración Balfour) bajo mandato británico, pero desde 1945 Estados Unidos asumió esa tutela. Esta protección histórica explica por qué los actos contra el pueblo palestino no son castigados ni investigados por organismos internacionales: Washington no lo permite.

Inicialmente, las naciones musulmanas rechazaron este proyecto, lo que derivó en conflictos regionales. Sin embargo, tras el fin de la Guerra Fría, países como Jordania, Arabia Saudita, Egipto y los Emiratos Árabes pasaron a alinearse con Washington y Tel Aviv, dejando la causa palestina en una posición vulnerable. En contraste, el Líbano (Hezbolá), Siria, Irak, Yemen e Irán han mantenido una resistencia directa, lo que les ha valido ser catalogados como «estados terroristas», sufrir sanciones y bloqueos económicos, intentando levantar a su población en contra de ellos, como paso en Venezuela.

La vulnerabilidad actual de estos bastiones no es casual. La guerra en Ucrania obligó a Rusia (heredera natural de la URSS ) a replegar su apoyo en la región, dejando a Irán expuesto ante la maquinaria del Mossad y la CIA, beneficiando el proyecto del «Gran Israel».

Aunque todos los presidentes han contribuido a este plan, con Trump existe una diferencia fundamental: mientras Biden, Obama o Clinton operaban bajo la discreción diplomática, dejando el «trabajo sucio» a la CIA y el Mossad; Trump actúa con una impulsividad que rompe las formas tradicionales. Algunos analistas lo definen como «un elefante en una cristalería». Su psique revela una convicción mesiánica, considerándose ejecutor de una voluntad divina superior a cualquier organismo multilateral, primando sus pretensiones territoriales y económicas, sin importar el trato hacia otros líderes mundiales.

Para consolidar su poder, Trump ha propuesto una «Junta de Paz» a su medida para reemplazar a una ONU que considera inservible. Bajo su visión, la Justicia Penal Internacional y la OMC son obstáculos obsoletos, priorizando la legislación norteamericana sobre los tratados internacionales. No obstante, como ocurre en las dictaduras, estos líderes terminan colisionando con sus propias instituciones, algo que se observa hoy en la lucha de poderes dentro de Estados Unidos, donde Trump rodeado de su sequito fundamentalista, ataca a aquellos que se atreven a cuestionarlo

Esta historia no es nueva; es el escenario conocido como la «Trampa de Tucídides», que establece que ante el ascenso de una nueva potencia (como China), existe un alto riesgo de conflicto mundial generado por la potencia en decadencia. La diferencia hoy es que la amenaza es de alcance global debido al armamento nuclear y a la impulsividad de Donald Trump.

Por: Óscar Eduardo Mazorra Otálora
Correo: osmazorra@gmail.com

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