En política hay derrotas y derrotas. Algunas se explican por coyunturas, por olas electorales o por errores tácticos. Otras, en cambio, dejan al descubierto algo más profundo: la fragilidad de un proyecto político que parecía más sólido de lo que realmente era. Eso fue lo que ocurrió en el Huila con el sector del exalcalde y hoy diputado por el Huila, Rodrigo Lara Sánchez.
Durante meses, el larismo intentó instalar la idea de que su liderazgo seguía vigente en el departamento. Después de haber gobernado Neiva y salir electo diputado por el estatuto de oposición con 160.000 votos, la apuesta era sencilla: demostrar que esos votos llevarían a su amigo William Alvis al Congreso.
Pero estas elecciones hablaron con una crudeza que la política no siempre perdona, su gestión como diputado ha sido casi invisible, y eso el elector lo reconoce.
El candidato impulsado por Lara terminó en la lista de los quemados de la jornada electoral. No fue una derrota ajustada ni una votación que dejara abierta la puerta a interpretaciones optimistas. Fue, más bien, un resultado que evidenció que el capital político del exalcalde no logró transformarse en una maquinaria electoral capaz de competir en una elección legislativa.
La gran lección
Las elecciones al Congreso no se ganan solo con nombre propio; se ganan con redes territoriales, con alianzas partidistas y con una organización capaz de movilizar votos en todo el departamento y de eso Lara no parece entender que un apellido no basta cuando de construir una estructura política.
La derrota no solo dejó sin curul Alvis; también dejó a su sector sin representación directa en el Congreso. En términos políticos, eso significa perder influencia, perder interlocución y, sobre todo, perder capacidad de negociación frente a otros liderazgos regionales.
Mientras otros sectores consolidan estructuras y mantienen presencia en el escenario legislativo, el proyecto político de Lara enfrenta ahora una pregunta incómoda: ¿cuánto pesa realmente su liderazgo en el departamento?
En política hay una regla que nunca falla: cuando los votos no aparecen, los liderazgos empiezan a encogerse.
Y esta elección, al menos por ahora, dejó al larismo bastante más pequeño de lo que muchos pensaban.


