“Allí donde la ascensión social no es posible, la violencia de la protesta sí lo es.” “Las clases dirigentes deben salir al encuentro de la solución del problema…” Cosas como estas y muchísimas más escribía nuestro Reynaldo Matiz en 1919. Todavía no era un nombre de premio sino un periodista vivo: incómodo, lúcido y profundamente atento a lo que le pasaba a su gente. Tenía 43 años cuando lo asesinaron. Fue de los primeros en pagar con su vida el costo de ejercer el periodismo desde la opinión.
Cuando Neiva entrega un premio que lo honra, no entrega solo una estatuilla: hace una declaración de principios sobre qué tipo de periodismo quiere proteger.
Y ahí es donde vale la pena una conversación serena, estratégica y ciudadana sobre la arquitectura del Premio Municipal de Periodismo “Reynaldo Matiz Trujillo”. Un premio no solo premia: define qué valora. Cuando una categoría existe, el mensaje es “esto cuenta”. Cuando desaparece, el mensaje es “esto no nos importa”.
Sorprende que, en la actualización del premio, se haya eliminado la columna de opinión como categoría, a pesar de que varios cabildantes manifestaron que debía mantenerse. No es un detalle menor. Es el género que convierte hechos en preguntas, datos en debate, y poder en rendición de cuentas. Y Neiva (y Colombia) lo necesitan: pensamiento público que ordene, argumente y eleve la conversación.
Además, seamos realistas: en Neiva los columnistas son influencers de la vida real. Fijan agenda, ayudan a formar criterio, mueven discusiones, incomodan con argumentos y, sobre todo, impiden que la ciudad se acostumbre a lo que no debería. Cuando la columna se queda sin un espacio propio, no solo quedan autores por fuera: queda debilitada una función democrática. ¿Pudieron leer las extraordinarias columnas sobre la injusta muerte del niño Ismael en los últimos días? Demostración más que evidente.
Lo que vuelve más extraño el panorama es que se mantengan categorías que, en el ecosistema local, son escasas o irregulares. Caricatura, por ejemplo: valiosa, sí, pero limitada en la práctica local (y, en muchos casos, lo que circula proviene de autores de medios nacionales). Y “periodismo universitario”, que es un semillero importantísimo, pero cuyo lugar natural es un reconocimiento formativo específico, no necesariamente compitiendo dentro del mismo esquema del premio principal.
En los últimos años he aportado ideas, tiempo y argumentos asistiendo a las reuniones a las que fui invitado. Lo hice con la intención de que este premio trascienda. En ese recorrido confirmé algo preocupante: fuera del gremio, muy poca gente conoce quién fue realmente Reynaldo Matiz y qué representó. Todavía no logra que la ciudad abrace ese legado como memoria viva.
Entonces, la conversación debería subrayar esta pregunta: qué ciudad queremos construir con este premio. Por eso, la propuesta es simple y constructiva.
Primero, reinstaurar una categoría explícita: Columna de Opinión u Opinión y Análisis. Reconocerla con nombre propio y evaluarla con criterios acordes a su esencia: solidez de tesis, coherencia argumentativa, honestidad intelectual, calidad narrativa, responsabilidad ética e impacto en el debate público.
Segundo, ajustar de verdad las categorías sin subjetividades. El dinero es público, por lo tanto, el diseño del premio debe responder a lo que la ciudad produce y a lo que la ciudad necesita estimular.
Tercero, crear una categoría que fortalezca el control ciudadano: seguimiento a la gestión pública, veeduría, transparencia, ejecución presupuestal, cumplimiento de planes y obras. Eso sí sería un homenaje vivo: periodismo que protege a la gente.
Esta es una invitación a la coherencia. Porque el nombre de Reynaldo Matiz no pide comodidad: pide sentido. Y si algo honra su legado, es que la opinión responsable vuelva al centro del premio. En tiempos donde el Atlético Huila profesional ya no está, Matiz es de las pocas banderas que pueden convocar pertenencia y conversación pública con altura.
Ojalá después de leer estas líneas, la ciudadanía pida un premio más conectado con la realidad, más justo con los géneros que sostienen la democracia, y más comprometido con el legado que dice honrar. Y por último, un premio con su nombre debería lograr que la ciudad sepa por qué ese nombre importa.
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Por: Caly Monteverdi
Conferencista internacional
Comunicador argentino, asesor estratégico y creativo
X – Twitter: @Calytoxxx


