La esquina que quedó en silencio

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La esquina de Los Cambulos, en la Calle 28 con 8G, no era solo un punto geográfico. Era un territorio emocional. Un pequeño país sin fronteras donde aprendimos a reírnos de nosotros mismos, a burlarnos del otro con la torpeza de la adolescencia y a sentir, sin saberlo, el abrigo de una comunidad. Hoy esa esquina está de luto. Murió don Álvaro Díaz, su guardián silencioso, su cronista cotidiano, el hombre que convirtió una tienda en refugio y una vitrina en confesionario.

Allí pasé buena parte de mi adolescencia y juventud. Éramos un puñado de muchachos con más hormonas, miedos, ingenuidades que certezas, expertos en la recocha, en el apodo cruel, en el “tomar del pelo” que a veces rozaba el bullying, pero que siempre terminaba en carcajadas.

Don Álvaro observaba desde el mostrador, con esa sonrisa ladeada de quien entiende que crecer también implica equivocarse, exagerar, dramatizarlo todo. Nunca nos echó. Nunca nos juzgó. Al contrario, nos acompañaba, como un árbitro benevolente que dejaba seguir el juego.

Las madrugadas eran su especialidad. Más de una vez llegamos al amanecer después de una parranda larga, con la voz gastada y el alma desordenada. Y allí estaba él, abriendo más temprano la tienda para salvarnos del vacío existencial con su legendario “sancocho de tienda”(arepa con salchichón) y, para los más osados, una cerveza que servía de epílogo a la noche que se negaba a morir. Era gastronomía de supervivencia emocional.

Don Álvaro amaba el fútbol como se ama en provincia: con fe, con terquedad, con esperanza que sobrevive a todas las derrotas. Hincha fiel del Atlético Huila, sufría cada partido como si se jugara su propio apellido. En su casa tenía un pequeño apartaestudio que, en ocasiones, arrendaba a jugadores del equipo. Recuerdo especialmente a Lucho Torres, entonces futbolista, hoy humorista reconocido en Barranquilla. La vida también tiene esos giros poéticos, del camerino al escenario, de la gambeta al chiste.

Pero más allá de la tienda, del fútbol y de las anécdotas, don Álvaro era, ante todo, un hombre bueno. Buen padre, buen esposo, buen vecino. Pausado, alegre, conversador. De esos con los que se podía hablar de todo: del clima, de la política, de los problemas del barrio o de la tristeza que a veces se colaba sin permiso. Tenía la sabiduría de los que no alzan la voz, pero sostienen el mundo.

Su partida me embarga de nostalgia. No solo se va el dueño de la tienda; se va un pedazo de nuestra historia compartida. La esquina de mi adolescencia queda huérfana, como si alguien hubiera bajado la persiana del tiempo y apagado una luz que siempre estaba encendida. Quedan los recuerdos, las risas, el olor a salchichón, el eco de los partidos del Huila y la certeza de que hubo un hombre que, sin proponérselo, nos enseñó a ser comunidad. Y eso, en estos tiempos, es un legado inmenso. Principio del formulario Final del formulario.

Por: Adonis Tupac Ramírez Cuéllar
adonistupac@gmail.com
X: @saludempatica 

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