Somos de repetir consignas: que el mundo va hacia la libertad, que la democracia ganó, que el “primer mundo” es un atractivo club para algunos al que algún día, como latinoamericanos, entraremos. Otros desprecian todo y creen ser los dueños de la verdad. Cuando uno mira los datos de 2025, aparece otra cosa: un mapa lleno de matices.
Arranquemos por la base: ¿Cuántas democracias reales existen hoy?
(No quiero imaginarme lo que estás pensando impulsivamente ¿eh?). Según el Democracy Index 2024, solo 25 países son democracias plenas. Unos 46 países son democracias imperfectas; el resto se reparte entre 36 regímenes híbridos y 60 autoritarios. Dicho simple: en 96 países las instituciones son frágiles o los gobiernos mandan sin contrapesos.
El instituto V-Dem confirma el giro: por primera vez en dos décadas hay más autocracias (países donde manda uno solo o un grupito sin muchos límites) que democracias.
La pregunta que muchos hacen no es por la calidad de la democracia, sino una competencia no muy productiva: “¿cuántos países son de derecha, de izquierda y de centro actualmente?”. La respuesta honesta es incómoda: no existe un índice mundial serio que clasifique gobiernos por ideología.
Aun así, hay modelos reconocibles. La izquierda europea clásica es hija del Estado de bienestar: acepta el mercado, pero apuesta a un Estado fuerte en regulación y protección social. Muy distinta de la izquierda populista latinoamericana actual, que suele concentrar poder y darle centralidad a un líder olvidándose de los derechos básicos y obsesionándose con el poder por el poder mismo y abriéndole camino a las violencias sociales. La derecha liberal apuesta por el mercado, reglas claras y libertades individuales; la derecha populista puede ser identitaria, antiinmigración, con inclinaciones autoritarias.
¿Y el famoso centro? Muchos lo ven como refugio de tibios u oportunistas disfrazados: derecha avergonzada o izquierda en modo marketing. Pero también hay una idea más seria de centro: equilibrar libertades del mercado con protección social, defender instituciones sin fanatismos y construir acuerdos básicos en sociedades polarizadas. El problema no es llamarse de centro, sino lucrar con él.
En la práctica, primer mundo es casi un alias de países desarrollados: altos ingresos, buena salud, infraestructura, educación. La mayoría son democracias plenas, pero tampoco idealicemos: tienen desigualdades, crisis de vivienda, polarización, problemas migratorios. Nos falta mucho y estamos cada vez más lejos de la armonía. Ya no hay “segundo mundo” y se pasa al tercer mundo sin escalas. Y en todos hay corrupción.
Entonces la gran pregunta es: ¿en cuántos países del mundo realmente se vive bien?
Depende. El Índice de Desarrollo Humano (IDH, creado por el programa de la ONU, PNUD), que combina salud, educación e ingresos, arma una foto más justa. Pero vivir bien no es solo eso: también es libertad, seguridad y futuro. La violencia, de cualquier tipo, es la antítesis de la democracia. Por eso es imposible hablar de bienestar sin cruzarlo con democracia. Y ahí volvemos al inicio: la mayor parte del planeta vive en regímenes frágiles o autoritarios.
La derecha, bien entendida, no es dictadura por decreto: es mercado, orden, libertades individuales, Estado limitado pero eficiente. La izquierda auténtica, la europea de antes, no es caos: es igualdad, derechos sociales, redistribución progresiva, Estado fuerte y democrático. El centro debería ser el espacio donde se negocian acuerdos básicos sin renunciar a principios democráticos.
El problema no son las ideas, sino cuando cualquiera de los tres se vuelve populista y usa el poder para concentrarlo, dividir, culpar y destruir instituciones. Nos quieren dividir y es un negocio para pocos en el que caen y se perjudican demasiados. Somos resultadistas y solo resta analizar lo que nos prometen y cuanto cumplen de esas promesas o que pretextos ponen.
El próximo año en Colombia se volverá a votar. No se trata de elegir “mi equipo” ideológico ni de premiar a quien nos prometa más regalos, sino de preguntarnos quién respeta mejor las instituciones, las libertades y el esfuerzo de la gente común. Un país no se construye castigando a quien trabaja para sostener clientelas eternas ni regalando todo a unos pocos que son vistos como herramientas de votos y poder.
El mundo real es más complejo que nuestros prejuicios. Si no lo miramos con datos vamos a seguir discutiendo como hinchadas, no como ciudadanos.
Lo que falta (y urge) es lucidez. Y capacidad honesta. Lo demás, derecha, izquierda o centro, debería estar al servicio del país y de sus habitantes, no al revés.
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Por: Caly Monteverdi
Conferencista internacional
Comunicador argentino, asesor estratégico y creativo
X – Twitter: @Calytoxxx


