Nunca fue un deseo. Nunca me imaginé teniendo mascotas. Hasta que llegó Candy, una gatita que nos regalaron sin esperarla que me hizo cambiar todos los prejuicios sobre los animales, Me enseñó a reorganizar todo lo que uno piensa en la vida. No soy animalista.
Lo digo así, de frente. Eso sí, desde que 3 gatos y 1 perra entraron en nuestra casa (y en mi rutina) aprendí a valorarlos con una intensidad única. Y todo fue gracias a ellos.
Me ganaron por goleada. Pensaba que los gatos eran indiferentes, que los perros demandaban demasiado, que las mascotas eran un gasto. Y entonces llegó esta gatita mínima que desarmó mi teoría con un par de maullidos. Después vinieron los otros dos gatos, Dolce y Bombón y la perrita Honey (¿no hace falta aclarar que somos una casa donde vive la Doctora Diabetes no?).
Lo que creía ruido se volvió compañía; lo que temía como carga se volvió disciplina del afecto. Los animales son maestros con el lenguaje no verbal más auténtico y efectivo. Te enseñan a esperar, a ser responsable, a observarte desde fuera. Te esperan y reciben todos los días y en todo momento como la persona más importante del mundo. No discriminan nunca.
No hay libreto, pero uno aprende a amarlos. Los gatos, esos supuestos misántropos, son un terapeuta discreto: se sientan en tu pecho cuando estás triste, te acompañan a distancia cuando necesitás silencio, se acercan cuando detectan esa ansiedad que ni vos querés confesar.
Te recuerdan que el cariño también es respeto: no invadir, no forzar, dejar que el vínculo se construye en etapas, como la confianza. Honey en cambio, es una fiesta cotidiana: nos celebra todo cada vez como si hubieras vuelto de una guerra, te arranca una sonrisa en el momento menos pensado. Entre todos nos equilibran: una ternura que no grita y una alegría que no pide permiso.
La “mascota” se corrió de lugar: es familia. Y eso se ve en el bolsillo y en las costumbres. Las ventas globales de cuidado de mascotas crecieron a escala multimillonaria y siguieron subiendo. En Colombia, el mercado de alimento para mascotas crece alrededor de 2,7% o más. Y en América Latina las proyecciones ubican a la región como la segunda en crecimiento de gasto per cápita, con tasas cercanas al 5% anual. No es solo comercio: es cultura. Es el reconocimiento de un vínculo.
¿Y la salud? Paseo tras paseo, corazón más sano. Diversas sociedades médicas han concluido que la tenencia de mascotas se asocia con menor riesgo cardiovascular, por más movimiento y menor estrés. En salud mental, la terapia asistida por animales dejó de ser anécdota. Son resultados.
En personas mayores que viven solas, la compañía también cuenta. Un trabajo con miles de participantes encontró que quienes conviven con mascotas muestran un declive cognitivo más lento (memoria y fluidez verbal nada menos) que quienes no las tienen. No es “LA solución”, pero está demostrado que puede ser esa pieza silenciosa que ayuda a sostener a algún ser querido antes de una decisión drástica.
Que nadie se confunda: no escribo desde la militancia, ni necesito pancartas para entender que un ser vivo merece respeto. No soy animalista; soy un tipo que se dejó corregir por sus animales. Ellos me enseñaron a ser más amplio, a ordenar la cabeza, a aceptar pelos en el sofá y gastos imprevistos, pero también una forma de alegría que ningún algoritmo ofrece. Me enseñaron a volver mejor: más paciente, más atento, menos centrado en nosotros.
Y esto también va para quien nunca tuvo mascotas o no quiere tenerlas. No hace falta adoptar para comprender el amor que despiertan: basta mirar alrededor con honestidad. Ver a una persona mayor cuyo día se ilumina cuando su perro la guía hasta el parque. Ver a un adolescente nervioso calmarse con el ronroneo. El amor vale más que las banderas.
No soy animalista, repito, y tal vez nunca lo sea. Pero cada noche, Candy, Dolce y Bombón amasan tranquilidad como si hornearan paz y Honey se acomoda junto a la puerta como guardiana del sueño y así, entiendo lo esencial: en un mundo crispado, con gente rota y noticias que muerden, ellos son un refugio de ternura y una disciplina de la lealtad. Y esa, créanme, es la mejor política del mundo.
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Por: Caly Monteverdi
Conferencista internacional
Comunicador argentino, asesor estratégico y creativo
X – Twitter: @Calytoxxx

