Qué difícil es decir adiós cuando te toca hacerlo a la fuerza, sin quererlo, sin esperarlo. Muchas personas dicen que el corazón no se parte, eso es mentira. Tú vives la sensación, —quizás no sea real—, pero la sientes muy adentro; de verdad, duele.
Creo que nunca me acostumbraré a decir adiós. Esta es una de las cosas más difíciles de la vida, pero así es, y te toca asumirlo con las herramientas que tengas y como puedas. Escribo esta columna recordando las tantas veces que sentí que no me iba a recuperar de las despedidas obligadas: a personas, cosas … pero principalmente, a mis perritos. Este texto es dedicado a ellos.
Debo resaltar que soy amante de los animales, principalmente de los perros. Desde pequeña siempre he tenido dos perritos, envejecieron y llegaron otros, todos ellos hicieron mi vida feliz. Sin duda, si alguna vez tienes la oportunidad de enamorarte, enamórate de un perro, ellos sí que saben querer sin pedir nada a cambio. Con sus colitas nos recuerdan la alegría de vernos, sus ojitos nos hacen retroceder a ese NO rotundo por más comida, y sus paticas nos obliga a movernos, estemos como estemos.
Nada como el amor perruno: ese que cura las lágrimas, los miedos, que llena el corazón y se convierte en un verdadero apoyo emocional. Sin embargo, el vacío que dejan cuando se van, es inmenso, creo que no lo alcanzan a medir, porque, aunque quisiéramos que fueran eternos, vienen a este mundo a enseñarnos ciertas cosas y, de pronto, llega su momento para descansar, mucho antes, porque nunca estaremos preparados para ese adiós.
Siempre querremos un poco más de ellos, esas mañanas en la cama, esos paseos rutinarios, esos dizque «regaños» que nos llenan de remordimiento, porque apenas los damos, ya queremos volver a abrazarlos. Nada como un perrito para sobrellevar la vida y los días malos. Nada como ellos para desbordar de amor.
Cuando pienso en Moli, recuerdo lo perfecta que fue, mi alma gemela hecha animalito. Y Lolo, que fue un perrito adoptado en Bogotá, quien pasó una parte su vida en una terraza aguantando frío. Él no sabía lo que era salir a la calle, hasta que lo rescató mi sobrina y lo llevó a Neiva. Qué gran decisión.
El martes pasado tuve que despedirme de él. De un ser que nunca más volvió a saber lo que era el maltrato ni la soledad. Y recordé lo cruel que puede ser la humanidad. Yo no tendría corazón para maltratar a un perro, pero tampoco soy quién para realizar señalamientos. Solo quiero, con estas palabras, incentivar un poco de empatía hacia ellos, hacia quienes no pueden defenderse.
A pesar de todo lo malo, Lolo vio la luz. Ahora es un angelito más que corre feliz junto a su hermana. Gracias amigo fiel, porque nadie como tú sabe lo entregado que fuiste. Saludos a mi Moli.
P.D. Cuando no tenemos recursos para tener una mascota, la única solución no es dejarlos en la calle. Existen fundaciones, personas, líderes e incluso iniciativas en redes sociales que los pueden apoyar. Para muchos es fácil dejarlos afuera, como si no sufrieran, pero lo sienten todo. Entonces: mano en el corazón, y trabajemos porque un día, Colombia no tenga un solo perrito o gato en sus calles.
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Por: Daniela Muriel Trujillo
X (Twitter): @danielamuriel25

