Es común escuchar que la enfermedad más habitual en la gente no es la diabetes, ni el cáncer, ni la gripa, sino la envidia, padecimiento causante de la muerte de muchos, porque los carcome por dentro, los corroe y no los deja vivir tranquilos. El éxito del prójimo les causa presión en el pecho, taquicardia, mal genio y hasta urticaria. ¡Increíble pero cierto!
Y es que parece que este oscuro sentimiento es mal de todos los tiempos porque el mismo Miguel de Cervantes puso en boca de don Quijote la expresión, «¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rencores y rabias».
Sócrates fue muy claro al emitir la máxima, «La envidia es el homenaje que la mediocridad le rinde al talento», aunque Aristóteles y Platón, también se refirieron a este sentimiento, con una similitud enorme en el concepto, diciendo que, “la envidia es un defecto humano que se manifestaba en el sufrimiento ante el éxito ajeno y la alegría por el mal de otros”.
Bueno y por qué este tema en la columna de hoy, se preguntarán los amables lectores que semanalmente atienden al llamado de mis escritos; pues les respondo de una vez: No es porque me sienta identificado o halagado, porque la verdad gozo enormemente cuando a las otras personas les va bien, máxime si son de la familia, amigos o conocidos, además, disfruto enormemente de sus éxitos; así como también, me solidarizo ante sus fracasos, dolores y frustraciones.
Lo que pasa es que parte del problema que tenemos en la sociedad actual es por la señora envidia, por eso cuando a alguien le está yendo honestamente bien, dicen que le está lavando plata a un traqueto o cosa parecida.
Si es una dama la que escala laboralmente, entonces le asignan de una vez un caballero que la apadrina a cabio de quién sabe qué favores. Por donde sea le buscan el pecado al prójimo porque la envidia funciona así.
Si indagan en noticias en las redes, podrán encontrar notas como: “La mandó a matar porque le tenía envidia”, o, “le rociaron ácido en la cara por envidia”. De la misma manera que se mandan anónimos para empapelar a un compañero de trabajo porque le cae mal sin haber conversado con él, o porque sí, porque dentro de su naturaleza está el hacerle el mal al otro por envidia, por mala leche, porque no soportan ver al prójimo feliz y/o progresando legalmente. ¿Raro ese comportamiento, no creen?
En las sagradas escrituras también podemos encontrar muchos apartes que hablan de este sentimiento, como éste que dice lo siguiente: “La paz del corazón fomenta la salud, pero la envidia corroe hasta los huesos”. (Proverbios 14, 30)
Qué tal si nos volvemos un poco más espirituales y nos acercamos más a Dios, qué tal si trabajamos en sanar nuestra mente y purificar nuestro espíritu, seguramente vamos acabar con la envidia y vamos a vivir en armonía; pero de que mejoramos, mejoramos.
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Por: Hugo Fernando Cabrera – hfco72@gmail.com
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