Ayer, una señora en la fila del supermercado, ya sin paciencia, dijo en voz alta: “otra vez sin señal, ¡me muero!”. No era un chiste. Volví a casa pensando que, muchas veces, dejamos que, lo que no controlamos, gobierne nuestro ánimo. Por favor, volvé a leerlo… “¡Qué estoico!”, decimos muchas veces cuando alguien no se derrumba. Y sí, hay coraje ahí. Pero el estoicismo no es solo apretar los dientes: es lograr reorientar la cabeza en medio del ruido. A partir de esa idea, va esta columna.
El estoicismo no es una pose dura ni una clase de historia, es una herramienta práctica para recuperar el mando de nuestras acciones. Es un entrenamiento de serenidad que actúa y nos potencia. Aceptación de lo incontrolable y punto. Un llamado a evolucionar.
¿Esto depende de mí? Esta pregunta es el corazón del estoicismo. Si la respuesta es no, suelto; si es sí, actúo. Cuando gasto energía en lo que no controlo (la opinión ajena, el algoritmo, el clima, la economía) crece la frustración. Cuando invierto en lo que sí manejo (mi respuesta, mis hábitos, mis límites) crece la libertad. No es magia positiva; es higiene mental.
Amo que me sorprendan y ahondar en el pensamiento estoico me interesa cada vez más ya que, no niega el dolor ni la injusticia; pide no agregar sufrimiento voluntario a lo inevitable. Aceptar lo que no puedo cambiar no es rendirnos: es dejar de chocar contra la pared (hábito pandémico) para pelear mejor por lo que sí tiene remedio. “Serenidad para aceptar, valor para cambiar, sabiduría para distinguir”. Tres verbos, una actitud de vida.
Bajemos a tierra. Ejemplo: recibir un comentario agresivo en redes. ¿Puedo controlar al provocador? sí puedo controlar lo que elijo que eso me genere a mí y punto. ¿Mala noticia económica? No controlo la inflación, sí controlo mis gastos, mi organización y la búsqueda de ingresos extra. ¿Un diagnóstico médico que asusta? No controlo la existencia de la enfermedad; sí puedo controlar la adherencia al tratamiento. Parece obvio, pero confundimos intensidad con eficacia: discutimos 10 veces tratando de convencer al otro, compramos por impulso, posponemos lo importante. Así la ansiedad nos come minutos, energía y sueño.
La buena noticia: el carácter también se entrena. Hace falta una rutina breve y repetible. Primero, practicá tu claridad. Animate a escribir 2 columnas: “depende de mí / no depende de mí”. Es hora de que abramos los ojos y seamos conscientes de qué realmente podemos concretar y que no, por más que deseemos avanzar. Esto ya libera energía. Segundo, volvamos a la higiene mental. Elegí 2 momentos sin pantalla: el primero y el último del día. Respirá hondo, agradecé algo concreto y leé tres párrafos en papel. Gobernar el teléfono te va a hacer sentir poderosa/o. Tercero, practicá una de estas 4: templanza (decir que no a un antojo), justicia (hacer lo correcto, aunque nadie lo vea), coraje (hacer esa llamada difícil), sabiduría (aprender algo breve y útil). Hecho hábito, pasás de “soy así” a “elijo así”. Analizá estos logros cada día y ese resumen, puedo asegurar que te lo vas a agradecer mucho.
En esto, también hay un valor cívico. Un ciudadano estoico no es indiferente; es menos manipulable. No compra apocalipsis a domicilio ni euforia por mayorista. Exige, propone, participa y no se deja arrastrar por el teatro del escándalo. La serenidad no te saca de la conversación pública; te devuelve el timón. En ciudades injustas cansadas de la queja, una persona que gobierna sus reacciones ya marca diferencia.
Nadie es estoico 24 horas. Sabé que te vas a seguir enojando, exagerando, distrayéndote. La clave es volver rápido a la base: ¿qué sí depende de mí ahora? Si hoy solo podés hacerlo mal, hacelo mal pero hacelo; mañana saldrá mejor. Esa constancia humilde vale más que mil arranques impulsivos. El mundo seguirá difícil pero no tenemos por qué vivir en modo incendio. Menos drama, más decisión. Ser estoico, descubro, es mucho más de lo que creía: no endurecerse, sino volverse más humano. “Elegir la ropa correcta, aunque no podamos cambiar el clima”. Y eso, en tiempos de ruido y prisa, ya es una forma concreta de valentía.
Marco Aurelio, pensador estoico, nos invita a ser más prácticos, más solidarios: “Lo que no es útil para la colmena, no es útil para la abeja”.
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Por: Caly Monteverdi
Conferencista internacional
Comunicador argentino, asesor estratégico y creativo
X – Twitter: @Calytoxxx

