La memoria no se borra descolgando cuadros

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Hay heridas que no sangran, pero duelen durante generaciones. Como médico y cirujano, he aprendido que ocultar una lesión no significa curarla, como educador, sé que silenciar una pregunta no elimina la duda y como poeta y escritor, comprendo que borrar una palabra jamás consigue desaparecer la historia que la hizo necesaria. Por eso me preocupa profundamente lo ocurrido en el Museo Nacional de Colombia.

El retiro de decenas de piezas relacionadas con nuestra historia política, los movimientos sociales, la diversidad y los procesos de paz, ordenado por el ministerio de cultura, plantea si es posible que un gobierno decida qué fragmentos de nuestra memoria merecen permanecer visibles.

La ministra Paola Holguín ha defendido estas decisiones argumentando que el museo no debe convertirse en escenario de adoctrinamiento político; una preocupación que merece discutirse, pero combatir posibles sesgos históricos exige investigación, contextualización y pluralidad, no simplemente retirar testimonios incómodos.

Entre los objetos desmontados aparecen referencias a Carlos Pizarro, antiguo comandante guerrillero que abandonó las armas para participar en la democracia y fue asesinado durante su campaña presidencial de 1990, y a Bernardo Jaramillo Ossa, dirigente de la Unión Patriótica, también asesinado ese año.

Recordarlos no significa justificar la violencia guerrillera, desconocer a sus víctimas ni absolver responsabilidades históricas, significa reconocer una tragedia nacional, que incluso quienes escogieron participar en la democracia encontraron la muerte.

Desde la cirugía aprendí que una herida infectada necesita limpieza, no maquillaje. Colombia necesita mirar sus cicatrices, comprenderlas y evitar que vuelvan a abrirse. La memoria histórica constituye parte fundamental de ese tratamiento colectivo.

Me inquieta, además, que esta controversia se inscriba en una denominada «batalla cultural». La cultura debería ser territorio de encuentro, no un campo donde cada gobierno intenta imponer su interpretación del pasado.

Tampoco debemos permitir que las convicciones religiosas se conviertan en instrumentos de exclusión, la espiritualidad puede inspirar compasión, reconciliación y respeto; utilizarla para deslegitimar otras identidades o experiencias humanas traicionaría precisamente esos valores.

Como educador, quiero que nuestros jóvenes conozcan todas las páginas de nuestra historia, incluso aquellas que nos avergüenzan. Que aprendan a cuestionar tanto los relatos oficiales como las versiones alternativas y comprendan que una democracia madura no necesita ciudadanos obedientes, sino conciencias críticas.

El Museo Nacional no pertenece al gobierno de turno, pertenece también a las víctimas, a las minorías, a quienes discrepan y a las generaciones que todavía no han nacido. No necesitamos museos que nos digan qué pensar sino que nos enseñen a pensar.

Porque un país que esconde sus cicatrices termina olvidando las causas de sus heridas, y cuando la memoria se convierte en enemiga del poder, la democracia tiene motivos para preocuparse.

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Por: Adonis Tupac Ramírez Cuéllar
adonistupac@gmail.com
X: @saludempatica

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