La madre tierra se está defendiendo

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Que construyamos más represas, porque la megaproductividad debe responder al megaconsumo y se necesitan 30.000 teravatios-hora (TWh) para atender la demanda de industria, hogares, comercio, transporte y centros de datos. No importa que para lograrlo alteremos ecosistemas con gigantescos embalses y asumamos nuevos riesgos.

Que exploremos, hagamos fracking, extraigamos petróleo y sigamos desangrando el planeta, porque necesitamos entre 104 y 105 millones de barriles diarios para satisfacer el voraz consumo global. Sin importar cuánto agotemos sus entrañas: la maquinaria del consumo debe seguir.

Que deforestemos, porque necesitamos madera y más espacios para expandir la industria. No importa que cada año desaparezcan entre 10 y 11 millones de hectáreas de bosques; talamos y arrasamos ecosistemas para sostener una economía que nunca parece tener suficiente.

Y podríamos mencionar muchas otras acciones movidas por las ansias de poder económico y un modelo de desarrollo sin límites. Todas provocan una respuesta de la naturaleza, que nos pide hacer un alto. De lo contrario, aquello que llamamos desarrollo terminará convertido en desastre.

Comencemos por El Niño, que algunos denominan «súper Niño». Según el Met Office del Reino Unido y la Federación Internacional de la Cruz Roja, sus efectos han generado pérdidas económicas superiores a cien mil millones de dólares. Es el costo que pagamos por vivir sobre un planeta cada vez más vulnerable.

En 2026, los movimientos telúricos también han dejado dolor y destrucción. Venezuela fue sacudida el 24 de junio por un doblete sísmico de magnitudes 7,2 y 7,5. Filipinas sufrió un terremoto de 7,8 y Japón también registró sismos intensos. Colombia tampoco escapó: el 10 de agosto, un terremoto de 7,4 estremeció buena parte del país. Al 25 de agosto, el balance oficial registraba 331 muertos, 4.439 heridos y 240 desaparecidos. Más de 361.000 personas resultaron damnificadas.

Estos terremotos no son consecuencia directa del cambio climático, pero sí nos recuerdan que vivimos sobre un planeta dinámico, impredecible y poderoso, frente al cual nuestra superioridad tecnológica es apenas una ilusión. Y ahora, una gran avalancha en la frontera entre China y Nepal, provocada por el desbordamiento del río Bhote Koshi, nos muestra la fragilidad humana frente a la fuerza de la naturaleza.

Si no tomamos conciencia y dejamos de lado los discursos ventijulieros de campaña para pasar de las palabras a acciones concretas en defensa de la madre Tierra, seguiremos pagando las consecuencias de un modelo de desarrollo sin límites. La Pachamama no necesita discursos: necesita que actuemos. Quizá no sea la Tierra la que llega a su límite, sino nosotros al límite de lo que puede soportar.

Adenda:

Mientras escribo estas líneas, se registra una intensa actividad sísmica en el cinturón de fuego del Pacífico y El Niño avanza con fuerza. ¿Qué vamos a hacer? ¿Seguiremos cruzados de brazos o cambiaremos nuestras prácticas y defenderemos la madre Tierra?

¡Ojo! Es posible que se presenten nuevos terremotos. Mientras entramos en razón, debemos estar preparados.

Por: Hugo Fernando Cabrera – hfco72@gmail.com
X: @Hufercao04

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