El poder divino

TSM Noticias
649 Views

A lo largo de la historia, observamos cómo el ser humano ha considerado a sus líderes piezas fundamentales del desarrollo social; desde las tribus primitivas hasta los grandes imperios, el líder ha desempeñado el rol más determinante en la identidad de su sociedad, como lo expusimos en mi columna anterior, “El gobierno de los bárbaros”, donde analizamos las raíces de este fenómeno.

Esta asunción al poder se ha alcanzado de diversas formas, siendo la más recurrente la violencia. Es crucial recordar que, aunque los modelos democráticos modernos se consolidaron apenas tras el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945, las civilizaciones humanas datan de más de cuatro milenios, en los cuales el choque de culturas, intereses y ambiciones territoriales ha sido el motor que delimitó las fronteras geográficas y definió la identidad de las naciones que hoy conocemos

Un aspecto fundamental en este trasegar social es el factor religioso, elemento que históricamente ha legitimado la asunción al poder, esta conexión se manifiesta de dos formas: a través del líder que se encomienda a la divinidad para asegurar su victoria, o mediante un encadenamiento de circunstancias tan improbables que rozan lo milagroso; ejemplo de ello son los giros inesperados en las líneas sucesorias, como ocurrió en la monarquía británica, con la reina Isabel I, quien ocupaba el tercer lugar en la línea de sucesión, o el rey Jorge VI, quien desde una segunda posición ascendió al trono tras la crisis de la abdicación de su hermano; En ambos casos, el destino pareció alinearse con una fuerza superior para entregarles el mando

Bajo este halo de protección metafísica, los líderes suelen transformar su propia cosmovisión; algunos, con acierto, logran sobrellevar el peso y la responsabilidad de su investidura, tomando decisiones que generan un respaldo genuino en la ciudadanía. En estos casos, la sociedad no solo admite su liderazgo, sino que abraza sus iniciativas, depositando, casi con fe ciega, su destino colectivo a la voluntad del guía.

Sin embargo, la psiquis humana es compleja, algunos líderes, ya sea por carencias de carácter o distorsiones narcisistas, cimentan su posición sobre la idea de un legado divino, aludiendo a Dios como la causa única de su ascenso, pretenden sustentar que todas sus decisiones queden blindadas por un manto sagrado que los exime de rendir cuentas; Bajo esta premisa, figuras que pudieron ser ejemplos para su sociedad terminan convirtiéndose en dictadores que, convencidos de poseer la razón absoluta, anulan cualquier espacio para la crítica o la oposición.

El fenómeno más enigmático del ‘poder divino’ se refleja en los hijos de reyes, emperadores o caudillos que, al crecer bajo la sombra del mando absoluto, construyen una realidad paralela. En su cosmovisión, consideran que sus actos también gozan de una cobertura providencial, validada por la máxima autoridad de su progenitor.

Este espejismo se agudiza con el llamado ‘derecho de sangre’, donde el primogénito se asume como el sucesor natural. En Colombia, lo hemos visto en los denominados ‘delfines’: herederos de casas políticas que pretenden reclamar el poder por simple linaje, encarnando ese prepotente y tan mencionado: ‘¿Usted no sabe quién soy yo?

¿Pero quién les otorga ese Poder Divino? ¿Quién les concedió el derecho de creerse dueños del destino ajeno? La respuesta es tan simple como inquietante: nosotros mismos. El soberano solo existe mientras existan súbditos; por ende y para perpetuarse, el poderoso despliega una sofisticada arquitectura de control: la divinidad como escudo metafísico, la fuerza como herramienta de coacción, la ley como disfraz de justicia y el dinero como músculo económico. Sin embargo, el factor más enigmático sigue siendo el conductismo social: esa permisividad involuntaria con la que la sociedad, en su silencio, termina validando su propia condena.

Es en este último punto donde debemos profundizar, ya que el poder de un líder es otorgado, sin lugar a dudas, por sus seguidores, los cuales ceden parte de su autonomía y libertad con tal de encajar en el tejido social y evitar ser señalados como subversivos de la ‘normalidad’; El poderoso, consciente de esta fragilidad, utiliza herramientas de control, como la religión, los medios de comunicación, una educación deficiente o la restricción de derechos fundamentales, para consolidar su dominio, facilitando una manipulación tan profunda que, en ocasiones, lleva a los súbditos a respaldar decisiones que atentan contra sus propios intereses.

En la actualidad, creemos que la democracia es nuestro principal bastión contra los excesos del gobernante y las redes que este construye para perpetuarse, sin embargo, somos testigos de cómo en nuestro país, el poderoso y su entorno disfrutan de un trato diferencial en casi todos los ámbitos: desde el acceso preferencial a salud y educación, hasta el control de los cargos públicos y la dirección del Estado, resulta paradójico e increíble, observar cómo masas incontables de colombianos salen a las calles a aplaudirlos o elegirlos, validando así la misma estrategia de dominación que los mantiene en la periferia del privilegio.

Al observar la realidad global, este poder recae hoy sobre los Estados Unidos, nación que desde 1991 se consolidó como el hegemón indiscutible, sin embargo, su dominio sobre los aspectos culturales, económicos y políticos de Occidente, incluyendo toda Hispanoamérica, se gestó desde 1945; Esta hegemonía ha imbuido en su cultura una percepción de superioridad, llevándolos a creer que su constitución y sus leyes trascienden las fronteras nacionales.

Nos aterra ver a estadounidenses que imponen sus designios en tierras ajenas, como si fueran una estirpe elegida frente a una servidumbre global; no obstante, el problema no radica solo en sus creencias, sino en la anuencia de las sociedades que los acogen y los tratan, precisamente, como semidioses, un fenómeno similar ocurre hoy con el Estado de Israel y, en su momento con los europeos.

Esta dinámica se ha mantenido por décadas; sin embargo, Donald Trump y su carácter, marcan una ruptura fundamental; En esencia, sus objetivos no difieren de los de sus predecesores, pero su método es descarnado y carece de tapujos, destruyendo la diplomacia y las formas institucionales, Trump ha dejado al mundo atónito ante sus gritos, insultos y humillaciones hacia otros mandatarios, sin que parezca existir una resistencia a su dominio y control, en su cosmovisión, el tablero global se ha simplificado: para él, solo existen dos líderes a su altura, Vladímir Putin y Xi Jinping, el resto del mundo se divide entre quienes son sus vasallos y quienes sirven a sus adversarios

Impresiona observar cómo los líderes europeos, antiguos dueños del mundo, son humillados a diario y subyugados a los deseos de la Casa Blanca, de igual forma, vemos cómo líderes de la derecha suramericana acuden a Washington, casi en actitud de súplica, a buscar la bendición del mandatario de turno; Recuerdo bien cómo, recientemente, figuras que aspiran a liderar la oposición en Colombia, como son los alcaldes de Medellín y Cali, se presentaron ante el poder estadounidense como un gesto que recuerda a los antiguos ritos de vasallaje, parecen ofrecerse como ofrendas a la voluntad de Donald Trump o de sus agentes de influencia, tales como Marco Rubio o J.D. Vance

Esta crisis de identidad, se agrava cuando vemos a millones de suramericanos que, a través de las redes sociales, solicitan a pulmón herido una intervención militar en sus propios países o el arresto de sus líderes nacionales dándole más valor a las leyes estadounidenses por encima de las propias, llegan incluso al extremo de suplicar una anexión de facto como un estado más de la Unión.

Ignoran, en su desesperación, que el fin último de las políticas de Donald Trump no es la democracia ni la libertad, sino el pillaje y el control de los recursos naturales, tal como se evidencia en el dramático caso de Venezuela, incluso llaman a los estadounidenses, como los únicos americanos, como si los demás habitantes del continente, no fuéramos dignos, de llamarnos americanos.

Pareciera que presenciar las redadas de odio contra los hispanos en las calles de Estados Unidos, el trato degradante, la persecución y la expulsión encadenada de nuestros compatriotas, no genera sentimiento alguno de repudio, por el contrario, se exculpa a las autoridades estadounidenses y se criminaliza a la víctima, bien dice el adagio que, en muchas ocasiones, el hispano resulta más racista que el propio estadounidense; un racismo dirigido contra sus iguales hasta que el destino los alcanza a ellos mismos, resulta paradójico, pero abundan los casos de fervientes seguidores hispanos de Trump que han terminado siendo deportados por la mismos que ellos aplaudían.

Parece que el mundo no advierte que, al seguir subyugado a este régimen, solo se le otorga una cuota mayor de impunidad, ya no basta con anunciar el saqueo de recursos ajenos; ahora se habla de anexar territorios como Groenlandia, de eliminar objetivos estratégicos en Irán o de bloquear económicamente a cualquier nación, como China, que ose desafiar su poder divino, incluso se ufana de desmantelar la ONU, asestando una daga en el corazón del Derecho Internacional con cada una de sus acciones; mientras tanto, sus adoradores en todo el planeta aplauden estos gestos como si de un decreto real se tratara, demostrando que la ley se ha convertido en una herramienta exclusiva contra el débil, una injusticia que, lamentablemente, terminará incentivando el rearme y la militarización del mundo

El historiador griego Tucídides estableció la célebre ‘Trampa de Tucídides’, en la cual determinó que una potencia mundial no cede su puesto como hegemón sin recurrir a su último y más devastador recurso: la guerra. Todo parece indicar que el declive del imperio estadounidense se aproxima y, ante la inminencia del choque, solo queda una advertencia: cójanse de las manos.

Por: Óscar Eduardo Mazorra Otálora
Correo: osmazorra@gmail.com

Share This Article
Ir al contenido