Turismo en el país de la belleza

TSM Noticias
1.5k Views

La propuesta de Gustavo Petro de convertir a Colombia en una «Potencia Mundial de la Vida» plantea una transición estructural de una economía dependiente de los hidrocarburos hacia un modelo basado en la preservación de la naturaleza. Este giro conceptual ha generado un fuerte choque con sectores opositores, quienes consideran irresponsable abandonar la renta petrolera sin contar con una alternativa económica equivalente.

Un punto emblemático de esta disputa es la comparación entre el aguacate y el petróleo, donde el mandatario ha sostenido que la agricultura genera más empleo y es ambientalmente sostenible, mientras que la oposición advierte sobre un posible caos financiero, esta fractura ideológica ha sumido al país en una profunda polarización, donde la viabilidad de la transición energética se debate más por pasión política que por rigor técnico, dejando el éxito del modelo supeditado a la capacidad del país para equilibrar la protección del ecosistema con la estabilidad fiscal.

Esta transición no solo apuntaba a una transformación productiva, sino que abrió paso a nuevas narrativas bajo el eslogan de ‘Colombia: el país de la belleza’. Es innegable que cada departamento posee un encanto único y atractivos capaces de cautivar a cualquiera; sin embargo, ese esplendor choca con una realidad social cruda.

El comportamiento del colombiano es una paradoja: podemos pasar de ser los seres más amables, pujantes y serviciales, a dejarnos llevar por impulsos emocionales que revelan un lado sombrío, convirtiéndonos en cuestión de segundos, en seres capaces de cometer actos salvajes contra la naturaleza y contra nuestro propio prójimo, empañando la belleza del territorio con la violencia de nuestras acciones.

Los colombianos lo sabemos; somos conscientes de nuestro potencial, pero también de nuestras debilidades para nadie es un secreto que nuestra mal llamada ‘viveza’ se basa, muchas veces, en sacar provecho oportunista de las circunstancias.

En este contexto, no hay escenario más tentador para el colombiano ‘varado’ que un turista extranjero solicitando ayuda, es ahí donde la hospitalidad corre el riesgo de transformarse en abuso, convirtiendo la oportunidad de construir una industria turística sostenible en un ejercicio de lucro inmediato y deshonesto que termina por ahuyentar al visitante.

Es por ello por lo que, muchos dudamos de la estrategia de abrir nuestro paraíso al resto del mundo, sin embargo, el presidente emprendió una lucha titánica para posicionar al país en una potencia turística, entre sus primeras iniciativas, además de incentivar el arribo de cruceros a Cartagena, destacó el reto de llevar estas embarcaciones a La Guajira y a la costa pacífica, regiones históricamente olvidadas.

Aunque la oposición las recibió con desprecio y gran parte de la población con incredulidad, las medidas empezaron a dar frutos, de repente poblaciones que jamás habían visto un extranjero presenciaron cómo sus calles se llenaban de visitantes, que empezaron a descubrir y disfrutar de nuestras frutas, sabores y hospitalidad.

Pero, hablemos de números: ¿ha servido realmente la estrategia turística del gobierno?

Al analizar la evolución desde 2019 hasta 2025, observamos un crecimiento sostenido, en el número de turistas extranjeros.

Año, Turistas (Millones)

2019, (4.5 M), 2020, (1.4 M), 2021, (2.1 M), 2022, (4.6 M), 2023, (5.8 M), 2024, (6.4 M), 2025,(7.5 M)

Alcanzando el país, un hito histórico al registrar un aumento del 66.6% entre 2019 y 2025, una cifra sin precedentes que supera ampliamente los registros de gobiernos anteriores y sitúa al país como el líder indiscutible en Sudamérica. Mientras que naciones como Argentina, Brasil o Chile presentan una recuperación más lenta, Colombia se ha consolidado como el nuevo referente regional al transformar con éxito su biodiversidad y la narrativa de ‘paz total’ en activos competitivos.

Este ascenso no solo valida la estrategia de sustituir las divisas del petróleo por las del sector turístico, sino que representa una entrada real de capital fresco que dinamiza directamente la economía de las regiones.

Para 2025, el sector turístico se convirtió como el pilar estratégico de la economía nacional, proyectando un ingreso de divisas de 11.400 millones de dólares, esta cifra es tan significativa que ya se equipara con el récord histórico de remesas, convirtiéndose en un motor clave para la estabilidad y revaluación del peso colombiano frente al dólar.

Más allá del volumen de visitantes, Colombia destaca por la rentabilidad de su modelo: con 7.5 millones de turistas, el país genera ingresos superiores a los de Brasil, que recibe una mayor cantidad de personas, pero percibe menos capital. Este fenómeno posiciona a la oferta colombiana como una propuesta de alto valor y calidad, donde el viajero invierte más en experiencias locales, consolidando un esquema financiero mucho más eficiente y competitivo que el de potencias regionales como Argentina o Chile.

Sin embargo, en este panorama siempre aparecen lunares, y el más oscuro es el turismo delincuencial. Hablamos de ese extranjero que llega a Colombia en busca de excesos, un perfil al que debemos cerrarle el paso de forma radical, no podemos permitir que niñas en Medellín, Cartagena o Santa Marta se conviertan en el objetivo de estos criminales, ni que el país sea visto como un refugio para consumidores de drogas que creen que sus dólares les otorgan impunidad.

Esta es una amenaza crítica, en una sociedad permeada por la cultura del ‘dinero fácil’, ya que muchos podrían verse tentados a alimentar este círculo vicioso, es doloroso aceptar que existan padres capaces de explotar la sexualidad de sus hijos o de lucrarse saciando las perversiones de turistas enfermos.

Asimismo, debemos combatir desde ya la cultura del ventajismo, es inadmisible que el turista se convierta en la víctima de nuestros peores hábitos sociales; resulta inaceptable ver a taxistas cobrando tarifas exorbitantes o a vendedores y restaurantes abusando en las playas, pretendiendo enriquecerse a costa de una sola mesa de visitantes.

Estas malas prácticas son profundamente destructivas: socavan la confianza del viajero y amenazan con echar por tierra el prestigio que apenas estamos construyendo como destino global.

Otro factor determinante que debemos transformar, si pretendemos seguir proyectando el ‘País de la Belleza’, es nuestra conducta urbana; Los colombianos tenemos que empezar a respetar las normas básicas de convivencia: no es admisible ver motocicletas invadiendo andenes, vehículos en contravía, exceso de velocidad en calles estrechas o el irrespeto sistemático a los semáforos; asimismo, es imperativo moderar nuestros impulsos violentos; no podemos seguir resolviendo cada conflicto con agresividad. Esa falta de civilidad daña profundamente nuestra imagen ante el mundo y sabotea el potencial de nuestra nación.

Y, por último, queda el anhelo más profundo de todos los colombianos, poner fin al conflicto que nos agobia y nos enfrenta entre hermanos. Cuántas maravillas de nuestra propia tierra permanecen ocultas, incluso para nosotros, por encontrarse bajo el dominio de estructuras criminales ancladas a economías ilegales del pasado, esos grupos no han comprendido que ya es hora de transformar el destino de la nación.

Lo tenemos todo para ser el país más hermoso y visitado del mundo; solo necesitamos erradicar las actitudes que nos dividen y preservar aquellas virtudes que nos hacen uno de los pueblos más felices de la tierra.

Por: Óscar Eduardo Mazorra Otálora
Correo: osmazorra@gmail.com

Share This Article
Ir al contenido