El enemigo no es la fuente de la energía, el enemigo son las emisiones

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Colombia avanza por una ruta energética cargada de tensiones, promesas e incertidumbres. En los debates públicos seguimos atrapados en una discusión simplista que enfrenta tecnologías y sectores como si el país tuviera que decidir entre buenos y malos, entre energía “limpia” y energía “sucia”, entre futuro o atraso.

Esa narrativa ha nublado lo esencial: el verdadero adversario no es la fuente que utilizamos, sino el volumen de emisiones que liberamos a la atmósfera y la falta de decisiones coherentes para reducirlas. El país se encuentra en un momento clave, la demanda energética crece, la infraestructura envejece, el cambio climático intensifica fenómenos que afectan la generación, la transición avanza con tropiezos y aún estamos lejos de consolidar un sistema robusto que responda a las exigencias del desarrollo.

Ante este escenario, es urgente elevar la calidad del debate y dejar atrás los discursos cargados de prejuicios. No existe una solución única ni un camino mágico, lo que sí existe es una responsabilidad ineludible: actuar sobre las emisiones que aceleran la crisis climática y ponen en riesgo nuestro bienestar colectivo.

La discusión debe partir de una realidad incontestable: todas las fuentes de energía tienen impactos. La diferencia está en su magnitud, su manejo y su capacidad de integrarse a una estrategia nacional que combine sostenibilidad, seguridad y competitividad. Apostar únicamente por una tecnología sería un error estratégico que puede comprometer la estabilidad energética del país. Dejar de utilizar alguna fuente sin tener un reemplazo inmediato, confiable y accesible puede abrir una brecha difícil de cerrar.

La transición energética no significa apagar de un día para otro lo que existe. Significa mejorar lo que tenemos, optimizar las operaciones, modernizar la infraestructura y reducir las emisiones con disciplina y transparencia. Significa avanzar hacia un sistema diversificado que utilice la ciencia, los datos y la innovación para tomar decisiones basadas en evidencia, no en percepciones.

Esa comprensión es vital en un país como Colombia, donde la generación depende en buena parte del agua, un recurso vulnerable a variaciones climáticas cada vez más extremas. Fenómenos como El Niño ya han demostrado que no podemos depender únicamente de una matriz hídrica sin fortalecer alternativas que garanticen respaldo en épocas críticas.

La respuesta responsable no es satanizar una fuente, sino construir un equilibrio inteligente que permita reducir riesgos y mantener continuidad en el suministro. La energía renovable no convencional avanza, pero aún requiere tiempo, inversión y estabilidad regulatoria. No podemos idealizarla como si estuviera lista para reemplazar, de manera inmediata, otras tecnologías que hoy sostienen la demanda nacional.

Tampoco podemos desconocer su enorme potencial, siempre que se desarrollen con planificación territorial, licenciamiento responsable y participación comunitaria que asegure beneficios reales para las regiones. En paralelo, la industria tradicional necesita acelerar su proceso de transformación. Las tecnologías de captura, almacenamiento y reducción de emisiones deben dejar de ser excusas y convertirse en compromisos concretos. Los sectores que aún dependen de combustibles fósiles no pueden seguir aplazando su modernización.

La discusión ya no gira en torno a si utilizarlos o no, sino en cómo reducir al máximo su huella ambiental mientras se avanza hacia alternativas más sostenibles.

Colombia tiene la oportunidad de convertirse en un referente regional si asume la transición con pragmatismo. Para lograrlo, necesita un liderazgo capaz de unir a los sectores productivos, las instituciones, la academia y las comunidades. Necesita políticas que superen la improvisación, que den confianza a los inversionistas y que pongan a las regiones en el centro de la transformación.

Necesita fortalecer el monitoreo ambiental, modernizar las redes eléctricas, mejorar la eficiencia energética en hogares e industrias, impulsar la movilidad sostenible y convertir la educación en el pilar de un cambio cultural que nos prepare para el futuro.

Ese futuro no se construye desde el miedo ni desde la confrontación. Se construye desde la acción informada. Para ello es imprescindible entender que el enemigo no es la energía que utilizamos, sino las emisiones que generamos. Mientras sigamos culpando a las fuentes, seguiremos perdiendo tiempo valioso.

El debate debe concentrarse en cómo disminuir la huella de carbono de manera acelerada, no en desgastarnos en discusiones ideológicas que no aportan soluciones. Los países que han logrado avances significativos en su transición energética tienen algo en común: dejaron de lado las posturas polarizadas y adoptaron una visión integral.

Apostaron por tecnologías limpias sin descuidar la seguridad energética, mejoraron la eficiencia, fortalecieron la ciencia, modernizaron sus sistemas de transporte y promovieron estrategias de adaptación climática que reducen vulnerabilidades. Colombia puede avanzar en esa misma dirección si decide enfrentar sus retos con responsabilidad.

La ciudadanía también tiene un papel decisivo. Las decisiones personales, los hábitos de consumo, la exigencia de transparencia y el apoyo a proyectos que impulsan el desarrollo sostenible son piezas fundamentales del cambio. La transición no es una tarea exclusiva del Estado, nos involucra a todos. De nada sirve exigir energías limpias si seguimos siendo indiferentes al uso responsable de los recursos.

Este es el momento de abrir una conversación honesta, sin sesgos ni verdades absolutas. La transición energética no debe convertirse en una bandera política, sino en un proyecto nacional con metas claras, mediciones rigurosas y resultados verificables. Cada retraso, cada bloqueo innecesario, cada debate que pierde el rumbo representa un retroceso para un país que necesita avanzar.

El futuro energético de Colombia no depende de elegir entre una fuente u otra, depende de nuestra capacidad de reducir emisiones, diversificar la matriz, fortalecer la infraestructura, integrar la innovación y construir decisiones basadas en evidencia. Ese es el camino para enfrentar la crisis climática sin sacrificar la seguridad, la competitividad ni el desarrollo.

El enemigo no es la energía. El enemigo es seguir emitiendo sin control, sin estrategia y sin responsabilidad. La pregunta que debemos hacernos es simple: ¿queremos seguir atrapados en debates que nos dividen o queremos construir soluciones que nos unan? La respuesta definirá no solo nuestro modelo energético, sino el país que seremos en las próximas décadas.

Por: María Fernanda Plazas Bravo – X: @mafeplazasbravo
Ingeniera en Recursos Hídricos y Gestión Ambiental
Especialista en Marketing Político – Comunicación de Gobierno

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