Colombia: la factura ambiental venció

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Colombia tiene una habilidad desconcertante: convertir advertencias antiguas en sorpresas de última hora. Una fuente de agua pierde caudal, un relleno sanitario se acerca al límite, el bosque retrocede. Entonces aparecen los comunicados, las reuniones, las fotografías.

Lo que tarda en llegar es la respuesta que debió comenzar mucho antes. Octubre nos está poniendo tres asuntos sobre la mesa: El Niño, las basuras, la cooperación internacional, distintos titulares, una misma pregunta: ¿estamos gobernando para prevenir o para reaccionar?

El pasado 8 de octubre, el Ideam confirmó oficialmente el fenómeno de El Niño. Según sus proyecciones, existe un 83 % de probabilidad de que mantenga una intensidad fuerte a muy fuerte hasta marzo de 2027. Eso no significa que dejará de llover. Colombia atraviesa su segunda temporada lluviosa, aunque algunas regiones podrían recibir menos precipitaciones de las habituales. Confundir El Niño con ausencia absoluta de lluvia sería tan equivocado como creer que un aguacero resuelve los problemas de abastecimiento.

En una vereda, la disminución del caudal de una quebrada no se enfrenta con un boletín. Se necesitan fuentes alternas, protección de las zonas de recarga hídrica, control de fugas, información útil para los productores, bomberos preparados. La hoja de ruta oficial exige que los municipios actualicen sus planes de contingencia antes del 30 de noviembre. Esa fecha debería importarles tanto a los alcaldes como a las familias que dependen de sus acueductos.

Hay otra alarma menos vistosa, quizá porque ocurre después de sacar la bolsa de basura a la calle. La Superintendencia de Servicios Públicos registró, con corte a 2024, 45 sitios autorizados de disposición final con vida útil vencida; otros 31 tenían menos de tres años disponibles.

En ese diagnóstico figuraba Biorgánicos del Sur del Huila, en Pitalito, entre los rellenos regionales con vida útil reportada como vencida. Son cifras de aquel año, no una afirmación sobre su situación actual, pero muestran la magnitud de un rezago nacional.

La basura no desaparece cuando pasa el camión: cambia de dirección. Enterrar materiales aprovechables acorta la vida de los rellenos, aumenta los costos, traslada cargas ambientales a las comunidades vecinas. Separar desde los hogares, reconocer el trabajo de los recicladores, convertir residuos orgánicos en abono, exigir seguimiento a los operadores no debería depender de una campaña publicitaria.

También hay motivos para mirar adelante. Alemania anunció un respaldo de 20 millones de euros para una nueva fase del programa de conservación de la Amazonía, prevista desde septiembre de 2027. Colombia recibió, además, el anuncio de hasta ocho millones de euros para estructurar iniciativas de bosques, biodiversidad y clima. Es una oportunidad que merece reconocimiento, sin confundir recursos anunciados con resultados conseguidos.

La pregunta es quién podrá verificar esos resultados. Quiero ver metas públicas, presupuestos transparentes, cronogramas, comunidades que participen en las decisiones. Que proteger un bosque represente ingresos sostenibles para sus habitantes. Que los planes municipales de residuos dejen de ser documentos archivados. Que un alcalde rinda cuentas sobre el agua antes de que falte.

El Niño pasará, los comunicados perderán vigencia, los titulares se archivarán, pero una fuente de agua destruida, un relleno agotado o un bosque perdido no se recuperan al ritmo de una noticia. La factura ambiental ya está sobre la mesa; seguir aplazándola solo consigue que la paguen quienes menos responsabilidad tienen.

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Por: María Fernanda Plazas Bravo – X: @mafeplazasbravo
Ingeniera en Recursos Hídricos y Gestión Ambiental
Especialista en Marketing  Político – Comunicación de Gobierno 

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