Buenos Aires, escuela de ciudades

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Nací en un verdadero barrio porteño: Núñez, que lo recuerdo mucho con su fútbol, trenes y árboles. Luego nos mudamos con mi familia a Belgrano, zona más comercial, de casonas y comunidad. Después llegó, en mi vida independiente, Barrio Norte: cafés y vitrinas junto a la Recoleta de verde, lujos y cementerio, hasta que el destino me trajo a Colombia.

Desde acá la miro con eterna gratitud: capital de aroma europeo y corazón latino, donde la historia es músculo y la innovación, hábito y oficio. Hay urbes que se visitan y otras que se viven; a Buenos Aires se la siente y se la recuerda.

Su identidad es mezcla. Llegaron italianos a dejar su huella con gestos, pastas e increíbles gelatos; españoles con coplas y memoria; comunidades judías y árabes, armenias y rusas, japonesas y coreanas con oficios y sabores. De esa sinfonía nació un idioma, el porteño, que combina decisión, ironía y ternura. Y otra música también: el tango. No lo bailo, pero a la distancia sus letras me habitan. En milongas de San Telmo y Almagro el abrazo es idioma.

El Río de la Plata, el más ancho del mundo, la abraza como mar dulce. En la Costanera el viento trae perfume de choripán, pesca y tiempo libre. En la 9 de Julio, una de las avenidas más anchas del mundo y ejemplo de diseño urbano, se alza el Obelisco: termómetro de alegrías y manifestaciones; faro de reencuentros.

La avenida Corrientes demuestra que librerías y pizzerías comparten escenario. El subte A fue el primero de la región, desde 1913 y hoy la red de subtes con 6 líneas y 90 estaciones facilita la movilidad urbana. En El Ateneo, antiguo teatro vuelto librería, te invita a leer sin comprar en una de las librerías más lindas y originales del mundo.

Comer es conversar con la memoria. Parrillas que tratan la carne como rito; bodegones que salvan noches. Hoy la ciudad suma estrellas Michelin, presume el “mejor restaurante de Latinoamérica” y luce bares en podios mundiales. En sus cafeterías el país se arregla dos mesas más allá diariamente los porteños encontramos solución a todo. Buenos Aires no elige entre pasado y futuro: los marida.

Y no es solo belleza. Es infraestructura cultural y talento. Tiene la mayor cantidad de librerías per cápita del mundo y lidera como mejor ciudad latinoamericana para estudiantes. También es fábrica de “founders”: allí nació Mercado Libre y florecen unicornios (una “startup” que supera los mil millones de dólares), señales de innovación y visión global. Sumale un rasgo porteño: la gran presencia de psicólogos; la salud mental como conversación cotidiana. En cultura, diseño e innovación urbana, mi ciudad natal juega en otra liga.

El arte es un modo de respirar. Borges dobló el tiempo; Cortázar hizo rayuela; Spinetta escribió la adolescencia eterna; Mafalda sigue preguntando por qué repetimos errores.

Yo también soy muchas ciudades. Asesoré ideas y estrategias en escenarios complejos (legislaturas, gobiernos y campañas) y entendí que la creatividad pública se demuestra en lo que se ve, se toca y se usa: veredas limpias, trámites simples, cultura viva y turismo que funciona. Soluciones visibles, no declaraciones ni slogans y punto; procesos claros, no carteles ni videos de redes sociales bien editados. Esa experiencia me hace porteño orgulloso y habitante del mundo: tomo lo mejor de cada lugar para aportar ideas donde vivo.

Sería injusto comparar una megalópolis con cualquier ciudad intermedia, pero la idea aparece sola cuando uno camina Buenos Aires y comprueba que la voluntad organizada y el amor por el detalle mueven montañas. Tu tiene todo para estar mejor. Si la ciudad se encendiera con cultura y reglas claras, la rueda giraría, el orgullo se contagiaría y los visitantes serían más, la recomendarían y, sobre todo, volverían.

A quienes me leen en Argentina, cuiden y potencien esta puerta de entrada al orgullo y al milagro natural que somos; a quienes leen en cualquier ciudad con ganas de evolucionar, soñemos alto y ejecutemos mejor. Viajar a Buenos Aires no es turismo: es educación emocional, una universidad sin pupitres que diploma en paciencia, asombro y conversación.

En cada parque el tiempo toma mate. El porvenir no se declama; se organiza. Yo me fui, pero no me alejé. Buenos Aires no duerme y está, 24 horas, esperándote para que tu subjetividad la valore.

Por: Caly Monteverdi
Conferencista internacional

Comunicador argentino, asesor estratégico y creativo
X – Twitter: @Calytoxxx

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