Casandras

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Yo,  occidental, humanista, furibundo individualista, creyente en el ideario filosófico de la ilustración, laico hasta los huesos, agradecido con la revolución francesa, con el ideario democrático y el estado de derecho, noto como hoy, frente al Covid-19, no es la civilización que amo, aquella que se lleva las loas en la forma de enfrentar esta aterradora pandemia.

Lo primero que debemos señalar es que la amenaza de una pandemia global ya nos había sido advertida. Y no me refiero al refrito de una conferencia, muy publicitada en redes sociales de Bill Gates. Fuimos advertidos por expertos infectólogos, virólogos, pero sobre todo por ambientalistas; esas Casandras que a pesar que este mundo se cae a pedazos, no queremos escuchar.

Desde la Ilíada, el primer libro del que se precia nuestra cultura occidental, nosotros, despreciamos y desconfiamos de aquellos que nos dicen que tal vez el futuro no sea felicidad y promesa.

Y el primer ejemplo de esta verdad para nosotros está precisamente en la guerra de Troya, con el mito de Casandra, princesa troyana hermana de Héctor y París, que decimos ilusamente predecía la desdicha y no era escuchada. Injustos somos.  La mujer sencillamente decía la verdad. Ella, hacia advertencias de futuros riesgos y de posibles desgracias.  Como no decía lo que su familia y su pueblo querían escuchar, era ignorada y  tratada de loca.

Hoy pocas personas recuerdan que en año 2017, hubo también en China un brote de una enfermedad viral el H7N9 que mató en pocas semanas a decenas de personas, brote de influencia aviar que fue afortunadamente contenido por el Gobierno Chino.   Tal vez tengamos menos presente el brote viral del  SARS de 2002 que mató a poco más de 700 personas, también contenido.

Desde ese entonces, es decir, desde hace más de quince años la OMS advirtió que las naciones del mundo deberían preparase para una probable pandemia en el curso de los próximos años.

Y a finales del siglo XX los más importantes ambientalistas del mundo nos advirtieron que el desmesurado crecimiento de la población y la invasión de muchas áreas antes no exploradas del planeta podrían generar una pandemia.  El SARS de 2002, los brotes de ébola en África, los más de cinco brotes de gripa aviar en China, el zika, el chicunguña, el crecimiento exponencial de pacientes que padecen dengue y fiebre amarilla en Latinoamérica, fueron advertencias que ninguno de los gobiernos de occidente tuvieron en cuenta.

En oriente la cosa fue bien diferente.  Desde Japón a Singapur, de China a Corea del Sur, de Vietnam a Tailandia, todos esos países, se tomaron muy en serio esa predicción, y reconocieron  que las pandemias pueden constituir un quiebre social.  Así que prepararon a sus sistemas de salud y educaron a sus ciudadanos en la necesidad de implementar medidas restrictivas. Hoy los números, que no mienten, les dan la razón, y las alabanzas de los científicos y epidemiólogos del mundo entero.

Hoy cuando el monstruo devela sus fauces, los países menos preparados y las sociedades menos preparadas para atender la tragedia son los países del hemisferio occidental, y las consecuencias de no escuchar a nuestras Casandras, no creo que nadie se atreva a medirlas, siquiera a profetizarlas.   Pero yo si me atrevo a vaticinar que los países que primero se recuperarán del golpe serán los países de Oriente.

Hay un mapa interactivo nos muestra minuto a minuto el número de infectados en el mundo.  Y es evidente por las cifras que nosotros los occidentales fracasamos, y con creces.

Sí hoy 30 de marzo de 2020, fecha en que escribo esta columna, comparamos el número de infectados de Colombia o de cualquier otro país del hemisferio, con los infectados en Japón, la estadística debería pasmarnos.

En  Japón se detectó la enfermedad el 16 de enero de 2020; en Colombia, siguiendo con el ejemplo, el primer caso se detectó el 06 de marzo. Los japoneses han lidiado con el brote más de 74 días, pero ellos, que tienen más de ciento veinte millones de habitantes, tan solo reportan 1890 infectados.  Nosotros, hemos lidiado con el brote menos de un mes y ya tenemos 700 infectados, y se nos señala que no estamos ni siquiera cerca del pico de la infección.

Y, me dirán ustedes, que no podemos compararnos con la tercera economía del mundo. Bueno, hagámoslo entonces con Tailandia (1388), Birmania (10), indonesia (1285), Filipinas (1418) países que han lidiado con este problema por más de dos meses.

Este éxito no es tampoco atribuible a la riqueza del país, pues hoy países más pobres que el nuestro como Vietnam, Camboya y Laos, tienen menos casos de contagio que Bogotá.  Podrán decir que eso se debe a que esos países con comunistas, y que las cifras son manipuladas.  Bueno, tal vez tengan razón.

Pero entonces, ¿Cómo explicamos el éxito de Bangladesh? Este país tiene más de 160 millones de habitantes en un territorio que es la tercera parte de Colombia, y si señores, es un país más pobre que el nuestro.  Tan solo tiene 498 infectados, y no creo que sus cifras sean manipuladas pues es una república parlamentaria, con libre expresión garantizada como derecho fundamental.

Creo, que Oriente esta ganado por la visión colectiva de esas sociedades y de cada uno de sus habitantes.

Y es que esta pandemia en occidente da para todo, desnuda gobernantes indolentes y odiosos como Bolsonaro que advierte a sus conciudadanos sin ningún sesgo de rubor y vergüenza “lo siento, muchos van a morir”;  a un errático Trump preocupado por salvar una economía moribunda, que las vidas de las personas. Es que ellos son de derecha, dirán muchos.

Pero es que los gobernantes de izquierda tampoco se salvan. El Jefe del gobierno español permitió en su capital una manifestación del día de la mujer (08 de marzo) y cuatro días después ante el número de infectados en Madrid tuvo que poner a España en emergencia.  El presidente de México, que besa niños en público, invita a salir a restaurantes y a hacer una vida normal, y ante el inminente desastre, hasta el 29 de marzo pidió a sus conciudadanos quedarse en casa.  En México, ya murieron 20 personas, y los expertos señalan que la tardanza en  medidas de aislamiento apropiadas llevarán al país a la catástrofe.  Como está pasando hoy con Estados Unidos.

Pero no solo son nuestros gobernantes.  Para los orientales sus ancianos son dignos de veneración, para nosotros los occidentales, un estorbo. Me pregunto sí el riesgo de la pandemia fuera para la población joven, Bolsonaro se atrevería a decir lo que dijo.  O sí los jóvenes estarían molestos por el cierre de playas como sucedió en Estados Unidos, particularmente en Florida y California.  O con el cierre de bares  como sucedió en España e Italia antes de que empezaran a morir 600 personas al día.

En oriente, no se supo que algún insensato comprara todo el papel higiénico de un supermercado, que las personas saquearan tiendas o mercados, que se pongan siquiera en duda las medidas de restricción para evitar la pandemia.  No creo que sus niños se desesperen en casa, que las adolescentes griten como locas furiosas en los pasillos de los edificios, que insulten los policías por poner comparendos y que el aislamiento sea visto con desconfianza y burla.

Hoy, recuerdo con admiración a un colombiano que decidió quedarse en el epicentro de la pandemia, la ciudad de Wuhan, y nos advertía en entrevistas que las medidas que estaban tomando los chinos eran una maravilla.   Tenía razón.  Hoy ya China levantó la cuarentena en el epicentro de la pandemia, contuvo el contagio, y es el país que reporta más personas recuperadas.

Lo que desnudo la pandemia es que los orientales son personas en esencia estoicas, palabra por cierto muy occidental, que son seres humanos solidarios, temperantes, respetuosos de la vida, que aman la innovación y la ciencia por encima de la moda, de los innecesarios debates y del hedonismo, lo que demuestra, por cierto, inteligencia individual y colectiva.

Visto nuestro comportamiento frente al desastre, nosotros los occidentales, debemos replantear o matizar nuestro marcado individualismo como norte de nuestra cultura, y cambiar toda nuestra estructura de valores.

Porque la pandemia del coronavirus Covid-19, lo que ya demostró es que el futuro no es nuestro.   El futuro, definitivamente, es de Oriente.

Por: Juan Pablo Murcia Delgado – murciajuanpablo@gmail.com
Twitter: @murciajuanpablo

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