El magistral espectáculo de Caterine Ibargüen

Cristian David Ordóñez
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El espectáculo había comenzado. Sobre el carril de saltos del costado oriental del estadio de la Universidad de Yor, en las afueras de Toronto, una hermosa morena nacida en el Urabá antioqueño hace 31 años era la artista principal, de un grupo de 14 atletas más, que concurrieron a la cita con su propia competencia, por la medalla de plata. La victoria de Caterine Ibargüen estaba más que asegurada, a menos que el destino le tuviese preparada alguna sorpresa. Sólo faltaba saber cuánto saltaría y cuántos centímetros obtendría de ventaja sobre la segunda, que podría ser su compatriota, también oriunda del Urabá paisa, Yosiri Urrutia.

Al frente, en una tribuna portátil, cerca de 5.000 personas, alumbradas y agobiadas por el impactante sol nocturno de Toronto, que iluminó con más fuerza esta tarde, esperaban con especial fervor, para apreciar la función de la colombiana, triunfadora múltiple en la Liga Diamante; campeona mundial el año pasado, y medallista olímpica en Londres 2012.

En el seno de ese conglomerado, que no quería perderse un segundo de los brincos de esta hermosa mujer de 1.80 metros de estatura, medio centenar de colombianos tenían dos objetivos claros: uno, ver cómo su compatriota hacía tan sencillo dar saltos propios de una gacela, y dos, celebrar la medalla de oro número 25 de Colombia en Toronto 2015, que superaba la marca de 24, la más alta alcanzada en la historia de Colombia en los Juegos Panamericanos, establecida hace cuatro años, en Guadalajara.

Desde el comienzo, Caterine fue gigante y sólo vio “amenazado” el oro 25 de Colombia, por cuestión cronológica, cuando su compatriota Gerald Giraldo lideró durante algunas vueltas los 3.000 metros con obstáculos, que debían terminar antes que el salto triple; sin embargo, Giraldo se fundió, para permitir, como un diario colombiano lo dijera, que Caterine le diera “caché a los Panamericanos”.
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“Esta competencia es muy importante en mi calendario del año”, había dicho la mejor del mundo, y así lo demostró esta tarde, por el alto grado de exigencia que mantuvo desde el mismo calentamiento y que festejó como si hubiese sido la mayor conquista de su vida: cuando pasó de los 15 metros, para cerrar su impresionante demostración, levantó los brazos, bailó sobre la pista, compartió su hermosa sonrisa con un público delirante que la aplaudía de pie, como se suele ovacionar a los grandes músicos en conciertos inspirados, y se acercó como siempre a su orientador, el técnico cubano Ubaldo Duany, con quien se confundió en un cerrado abrazo, el mismo de tantas jornadas épicas, sin decir una sola palabra, porque la elocuencia de su gesto lo decía todo.

Después respondió a los aplausos de los asistentes, que vibraban emocionados porque la artista que quisieron ver en toda su dimensión, la vieron, efectivamente, en toda su dimensión.

Sobre la pista observaban con especial admiración su compatriota Yosiri Urrutia, medalla de bronce; la brasileña Keila Costa, plata, y la venezolana Yulimar Rojas -con una estampa similar a la de Caterine, aunque sin su ímpetu y su soltura y velocidad de piernas.

Por Alberto Galvis Ramírez

Equipo de Prensa COC

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