¿Por qué algunas personas deben demostrar que “merecen” ayuda antes de recibir atención respetuosa?
Esta pregunta obliga a reconocer algo que ocurre con demasiada frecuencia; frente a una persona que consume sustancias, la medicina a veces puede dejar de mirar primero al ser humano y comenzar a juzgar su conducta.
El 31 de agosto se conmemoró el Día Internacional de Concientización sobre la Sobredosis. En 2026 cumplió 25 años bajo el lema revelador: “25 Years On. Still Needed”. Veinticinco años después, todavía necesitamos recordar que las sobredosis pueden prevenirse y que detrás de cada una hay una persona, una familia y una historia. La reducción de daños parte de una idea simple, una persona no necesita haber abandonado el consumo para que intentemos evitar que muera.
Palabras como “adicto”, “manipulador”, “reincidente” o “buscador de drogas” pueden quedar registradas en una historia clínica y acompañar al paciente mucho más tiempo que quien las escribió. El siguiente profesional ya no recibe solamente a una persona enferma, recibe también un prejuicio heredado.
La evidencia confirma que el problema existe. Una revisión que recopiló 19 revisiones previas encontró actitudes y creencias negativas hacia las personas con trastornos por consumo de sustancias entre los profesionales sanitarios, además de barreras para involucrarse en su tratamiento.
El estigma no es, entonces, solamente una cuestión de lenguaje políticamente correcto, también puede deteriorar la relación terapéutica y convertirse en una barrera para recibir atención. La OMS lo advirtió nuevamente en abril de este año; el estigma, la discriminación, la criminalización y el miedo al castigo continúan alejando a quienes consumen drogas de los sistemas de salud que deberían protegerlos.
Aquí aparece una confusión que conviene desmontar. Reducir daños no significa aprobar el consumo ni renunciar al tratamiento, significa actuar sobre la realidad que tenemos delante.
Dar de alta a alguien tras una sobredosis con una recomendación genérica de “buscar ayuda” resulta insuficiente. Una atención verdaderamente humana debería incluir una conversación sin humillaciones, evaluación de riesgos, información clara, reducción de daños y una derivación con alguna posibilidad real de convertirse en continuidad asistencial.
La abstinencia puede ser un objetivo terapéutico. La dignidad no puede serlo. Porque una sociedad civilizada no pregunta primero si alguien merece ser salvado. Lo salva. Una persona no tiene que haber resuelto su vida para merecer que le salvemos la vida.
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Por: Adonis Tupac Ramírez Cuéllar
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