El poder de las palabras en Latinoamérica

TSM Noticias
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Siempre me pregunté por qué no decimos “buenas palabras” y sí “malas palabras”, con esa condena tan fácil y sin defensa. Mala es la corrupción, la violencia en pleno siglo 21. Malo es el hambre en un país con récord de biodiversidad. Pero me niego a definir a las palabras como “malas”: tienen contexto, intención y temperatura.

Las palabrotas, por definición, son vocablos considerados groseros o inaceptables en contextos formales. No nacen criminales; las declara sospechosas la sensibilidad de una comunidad. Desde la antigüedad hay registros de lenguaje ofensivo donde ya aparecía esa necesidad humana de escupir verbalmente.

Hace una semana se celebró el Día Mundial del Idioma Español y aparecieron los homenajes correctos: Cervantes, la fantástica Feria del Libro en Bogotá, por supuesto la lectura (¡que esperemos la del papel nunca muera!) y la riqueza de la lengua. Pero faltó invitar a la fiesta a unas palabras que también hablan español, aunque entren por la puerta trasera.

Hay palabras con corbata, otras con overol y otras con barro. Pero las llamadas “malas palabras” cargan una condena injusta: las tratan como delincuentes del idioma cuando son bomberos emocionales. Llegan cuando el alma se prende fuego y el diccionario fino no alcanza. Catarsis que sana. Desahogo emocional.

El argentino Roberto Fontanarrosa lo entendió mejor que muchos académicos con cara de mármol. En el III Congreso Internacional de la Lengua Española en su amada Rosario, en 2004, no fue a destruir el idioma: fue a recordarnos que está vivo. Y lo vivo transpira, se enoja, tropieza, putea y abraza. La “mala palabra”, bien usada, no es pobreza verbal: es temperatura humana.

La investigación del filósofo Richard Stephens sobre palabrotas y tolerancia al dolor sugiere algo maravilloso: a veces putear no embrutece; descomprime. Por eso, cuando uno se golpea el dedo chiquito del pie, en la expresión espontánea no hay falta de educación: hay neurología y poesía popular.

Como argentino viviendo en Colombia, entendí que hablamos el mismo idioma, pero no siempre activamos las mismas alarmas. Una palabra que en Argentina funciona como abrazo o muletilla emocional, en Colombia puede entrar a una sala como si hubiera llegado con antecedentes penales.

Y al revés también pasa. Colombia tiene ingeniería verbal para decir cosas fuertes con guantes de seda. Argentina tira la palabra sin casco y sin pedir permiso.

Porque esa es otra belleza del idioma: no solo comunica; también nos tropieza. El español es un parque lleno de gente hablando distinto, creyendo que habla igual. Como en la película Lost in Translation, con Bill Murray y Scarlet Johansson, a veces no nos perdemos por no entender una lengua, sino por creer que ya la entendimos.

Colombia inventó una diplomacia deliciosa de la grosería. Si alguien dice “hijo de pucha”, todavía puede pasar por persona decente, casi institucional. Pero si completa la palabra original, aunque la intención sea la misma, se abre juicio moral: maleducado, vulgar, peligro público. Ahí aparece el poder absurdo de las palabras: no siempre juzgamos lo que alguien quiso decir, sino la sílaba exacta que pronunció.

También hay identidad social. En niños y adolescentes, usar palabrotas puede ser una forma de rebeldía, pertenencia o sofisticación mal ensayada: decir “yo ya entré al mundo grande”. No siempre es agresión; a veces es teatro de crecimiento.

El problema no es la “mala palabra”. El problema es la mala intención. Hay gente que jamás dice una grosería y destruye con frases impecables. Y hay otros, mal hablados de superficie, incapaces de hacer daño. Dicen una barbaridad, se ríen y ayudan a cruzar a una señora.

Reivindicar la “mala palabra” no es permiso para hablar como vulgar profesional. Es dejar de fingir que la buena educación consiste en amputarle al lenguaje sus emociones más intensas. Tiene contexto, oportunidad y medida.

Tal vez deberíamos enseñar menos miedo a las palabras y más responsabilidad con lo que hacemos con ellas. La “mala palabra” no merece altar, pero tampoco hoguera. Merece criterio.

Al final, lo verdaderamente vulgar no es decir una grosería. Lo vulgar es mentir con buenos modales, maltratar sin levantar la voz y esconder la crueldad detrás de una gramática impecable.

Así que no odiemos tanto a las buenas palabras que son tan solidarias con nuestros estados de ánimo. A veces son ambulancias del alma y sirenas del idioma. Y si alguna se nos escapa en el momento justo, con humor, sin herir y con educación, quizás no estemos hablando peor. Quizás estemos, por fin, diciendo la verdad.

Por: Caly Monteverdi
Conferencista internacional

Comunicador argentino, asesor estratégico y creativo
X – Twitter: @Calytoxxx

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