En mi país, si la familia de Justina no hubiera contado su historia y encendido #MultiplicateX7 en redes, quizá hoy no existiría la “Ley Justina” que transformó la donación de órganos en Argentina. Si aquel primer #NiUnaMenos en 2015, también en Argentina, no hubiera dicho basta, tal vez la conversación social no habría cambiado de escala.
Si, tras el huracán Iota, no se hubieran multiplicado enlaces y convocatorias, mucha ayuda no habría encontrado camino a San Andrés y Providencia. Y si la familia de Gael Puentes (un bebé de Soacha, en Bogotá) no contara minuto a minuto su carrera por una terapia que puede salvarle la vida, su caso no habría tocado las puertas que hoy se abren entre medios, empresas y donantes.
Lo malo de las redes es evidente y parece que todos lo tenemos claro; y déjenme decirles que lo bueno existe y abunda ahí mismo. Todos debemos hacer una autocrítica sobre esto.
En Colombia, 2024 cerró con más del 60% de hogares con conexión a internet: suficiente para acelerar mensajes, insuficiente para suponer que el país entero se informa solo por plataformas. En zonas rurales y centros poblados la brecha persiste; a escala global, la mayoría urbana navega y, en las zonas rurales, menos de la mitad. Los gobiernos no pueden confundir el megáfono con el sistema. Las redes suman; no reemplazan. Comunicar es llegar a todos.
También vale la otra cara: podés ganar una elección con redes, pero gobernás con instituciones. Obama lo entendió temprano y convirtió lo digital en organización, comunidad y microaportes: el punto no era el like, sino el músculo cívico. Más cerca, Milei mostró que un outsider puede crecer a escala nacional con contenidos nativos, videos cortos y directos que inclinaron mucho la cancha en las elecciones de 2023 y en la reciente victoria legislativa.
Cuando la gestión se queda a vivir en el ring virtual, como Petro en X, la investidura se oxida: la inmediatez sustituye la prudencia, se confunde estado de ánimo con política de Estado y la urgencia del trending eclipsa el análisis. Colombia ya lo ha sentido: tuits impacientes pesan más que la diplomacia. La épica viral abre la puerta; la legitimidad se sostiene con datos, soluciones y ventanillas que funcionen fuera de la pantalla. Por respeto a toda la población.
Amo las redes, pero no alcanzan solas. La salida no es renegar de lo digital: es “hibridar”. Redes para la velocidad y radio comunitaria para el alcance mayor, podría ser un ejemplo. Medir en serio también fuera de redes: porcentaje de barrios alcanzados por radio, escuelas informadas, centros de salud con cartelera actualizada, mercados con avisos claros, líderes comunitarios avisados. Si el mensaje no llega a quien no usa internet, no comunicamos: nos avisamos entre nosotros.
Cuando el hoy alcalde de Neiva era candidato, propuse —sin lograr convencer— que el eje narrativo no se agotara en videos para redes: desde el día uno había que incluir a toda la población con un guion multicanal y medible. Esa sigue siendo la clave para cualquier administración que no quiera hablarle solo a los ya conectados. Neiva, capital del Huila, retrata a muchas ciudades intermedias: redes sí, pero con calles paralelas para que nadie quede afuera, como está pasando.
Para quienes todavía ven ruido en redes y las rechazan porque sí, propongo un método simple: rutina 15-15-15: quince minutos para aprender, quince para aportar, quince para conversar. Una métrica por objetivo: alcance útil, clics a WhatsApp o a tu web, consultas calificadas. Si no mejora en cuatro semanas, cambiá formato o canal. Ética simple: atribuir fuentes, no inflar, respetar privados y tiempos. La confianza tarda en crecer y cae en segundos.
No subestimemos. Se dice que la ignorancia es atrevida: peor es subestimar. Subestimar a la gente, a los barrios, al potencial de una red bien usada. Subestimar a las redes sociales (con sus defectos reales) es perderse de la herramienta más accesible para informar mejor, vender mejor, ayudar mejor.
Las redes no son el problema ni la solución: son el amplificador. Lo que pongamos ahí vuelve; lo que enseñemos ahí se replica; lo que construyamos ahí permanece. Entremos con propósito, contemos historias verdaderas y, sobre todo, no dejemos a nadie afuera: ni al vecino sin datos, ni a la abuela sin smartphone que todavía no saben que tu mensaje les puede cambiar el día.
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Por: Caly Monteverdi
Conferencista internacional
Comunicador argentino, asesor estratégico y creativo
X – Twitter: @Calytoxxx

