La vida en las calles siempre ha sido un reto para quienes habitan en ella y sin ser conscientes de esto, se convierte en una existencia superflua, mustia y lóbrega, en la que los sueños se esfuman porque la esperanza se diluye en medio del hambre y la miseria.
Chepe era un joven de provincia quien en sus años como colegial añoraba desplazándose a la capital del país para poder ingresar a una universidad pública y formarse como antropólogo, una carrera poco común en el gusto de los jóvenes, pero que llamaba la atención de Pedro José, debido a la orientación que un profesor de ética y filosofía, del colegio en el que cursó su secundaria, le había dado.
El muchacho llegó a la gran ciudad con una caja de cartón colmada de quimeras y una vieja maletica de cuerina café que bajó del zarzo y que, aunque tenía un fuerte olor a humedad y estaba picada como si hubiera sido mordida por roedores, fue la que utilizó para empacar sus pocas pertenencias.
Su ingreso a la academia no tardó mucho tiempo y pronto se encontró sentado en un pupitre de madera completamente rayado, con una frase inscrita que habían tallado con algún objeto puntiagudo, tal vez una navaja o la punta de un compás, que decía: «Espíritu de la naturaleza que el cannabis me llegue a la cabeza. Que la hierba no me falte y la traba no me exalte. Que la santa bareta me de paz, me conduzca al más allá y me de tranquilidad».
En el primer semestre Chepe conoció a muchos jóvenes de su misma edad, algunos muy académicos, otros no tanto. Infortunadamente para él, desde un comienzo se amistó con los segundos y más temprano que tarde estaba en un parque cercano a la universidad, compartiendo un cigarrillo hecho con marihuana, haciendo algo contrario a lo que había planeado hacer y abriéndole las puertas a los demonios que envuelven, agarran y no sueltan a sus víctimas.
Unos meses después, Chepe ya no iba a clases y se quedaba sentado en alguna callejuela en compañía de algunos de sus nuevos amigos, armando un cigarro y dejándose llevar por los efectos del narcótico.
Poco hablaba con sus padres y la preocupación de ellos se acentuaba cada día más, dado que la señora que le había rentado un cuarto para vivir en épocas de estudio, le había informado que el muchacho se perdía por días y llegaba en mal estado a dormir por largas horas e incluso días enteros, prácticamente sin comer nada.
Al cabo de un tiempo comenzó a robar cosas de la casa en los días que llegaba a dormir, razón por la que fue sacado de allí y así comenzó su divagar por las calles, yendo de arriba para abajo y de un lado para el otro, llegando a vivir en zonas de tráfico y consumo de todo tipo de alucinógenos, poniendo en riesgo su vida.
Al no contar con recursos para comprar comida y pagarles a sus jíbaros, dio inicio a una serie de actos delictivos en los que atracaba a indefensos transeúntes a quienes despojaba de sus pertenencias, hundiéndose cada día más en aquel profundo foso de la drogadicción y la delincuencia callejera. Chepe había perdido completamente la consciencia, se había acostumbrado a lidiar con los demonios que deambulan en el oscuro mundo de la adicción.
Una noche, posiblemente por el no pago de unas deudas adquiridas por la compra de alucinógenos, fue atacado vilmente y alcanzado en tres ocasiones, a la altura de su abdomen, por la hoja afilada y puntiaguda de un puñal que rompió su piel y cortó internamente algunos de sus órganos. Al verlo gravemente herido, otro de los habitantes de este ecosistema de las drogas, como pudo lo llevó a la unidad de urgencias de un hospital cercano en donde fue atendido por unos jóvenes galenos y enfermeras, quienes luchaban por rapárselo de las garras a la muerte.
Su compañero, a quién le conocían con el mote de «papi», que fue quien se apiadó de él y lo llevó al centro médico, fue retenido por la policía para que narrara los hechos que habían generado este acto violento, pero solamente les dijo que lo había encontrado herido y simplemente lo había auxiliado.
Adentro, en la atención de urgencias, un médico auscultaba a Chepe mientras alistaban la sala de cirugía para intervenirlo y en ese mismo instante, ante el descuido del profesional, el muchacho introducía sutilmente su mano en la bata de quien trataba de ayudarlo. Al advertir tal hecho, el mocetón exclamó: Pero… ¿qué hace usted señor, yo tratando de salvarle la vida y usted buscando la manera de robarme?
El muchacho, pálido, o más bien grisáceo por el dolor y por la sangre que había perdido, le respondió: ¡Tranquilo mi doctor, deje la escama, es nuestra naturaleza, usted en lo suyo y yo en lo mío! El galeno no sabía si enojarse o reírse por esa respuesta, pero recordó la historia de la rana y el escorpión, en la que el anfibio ayudaba a cruzar un riachuelo a un alacrán y éste a pesar de la ayuda le picaba al batracio, y ante la pregunta de la rana del por qué la atacaba si le estaba ayudando a cruzar, el arácnido le respondió: Lo lamento mucho señora rana, no he podido evitarlo; no puedo dejar de ser quien soy, ni actuar en contra de mi naturaleza, de mi costumbre y de otra forma distinta a como he aprendido a comportarme.
Luego del recuerdo el profesional sonrió y continuó con su labor. Pocos minutos después, Chepe fue operado y al cabo de un mes, ya desintoxicado, fue entregado a sus padres quienes lo llevaron a casa.
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Por: José Cipriano Bosco*


