Mamá, he estado pensando todo el día, me he preguntado qué cosas hacen que seas una mujer, si la ciencia, la historia, la superstición, el misterio, los dolores, las necesidades, las injurias, las calumnias, las violaciones padecidas por sujetos en los cuales confiaste, la soledad, la indiferencia, los duelos, las pérdidas, la magia, la alegría, valores socioculturales, la resistencia, la sublevación, la insolencia, los determinismos arcaicos, la religión intransigente, los prejuicios, el miedo o muchas cosas más que inconscientemente omito.
Te pregunto a ti, si haberte hecho daño sin quererlo o hacérselo a personas que amo me hace una mala persona, ¿o es, acaso, parte de nuestra condición humana? Y es aquí, en donde empiezan esos dilemas moralizantes, porque cometo los errores que no quiero, ¿tengo derecho a resarcir el daño causado? Se agudiza el laberinto de interrogantes al notar que me consideran hombre y eso es lo que creo ser, y según los disciplinamientos, me gusta aquello que la sociedad llama mujer, ¿tengo culpa ahí por los errores de mis ancestros masculinos hacia aquello que me dijeron que se llaman mujeres?
Aquí hago énfasis, mamá, porque tú eres una niña rota, una niña vulnerada, una niña herida y que después de un tiempo, por causas que ya no juzgo, pero que juzgué, empezaste a descubrir el hecho de ser madre, me pariste, ¿acaso eres eso, una niña fragmentada que en su adultez descubre que tiene en sus manos a un ser inimaginado como yo? ¿Te postergué tus sueños? ¿Te obligué a ser mi madre? ¿Te hice daño al nacer? ¿Sufriste por darme la mejor crianza que conocías hasta entonces? ¿Te debo juzgar por querer lo mejor conmigo?
Ahora, a mis 27 años de edad, pese a muchos intentos por descubrirme, tengo el hallazgo de que podemos ser amigos, que puedo llorar a tu lado cuando tengo miedo, que me alimentas los días en los que estoy enfermo o cansado, que me recuerdas que me amas, que a pesar de las diferentes formas de concebir la vida y la realidad, me permites expresarme y ejercer mi derecho a no estar de acuerdo contigo, ahora comprendo, que los lazos que me unen a ti no fueron una predestinación, sino un ejercicio constante de resarcimientos, diálogos dolorosos, de creer y abrirnos a esa reconstrucción voluntaria y constante de juntar nuestras vidas en aquello que se conoce como madre e hijo.
Te pregunto si tengo la culpa de ser hombre, de ser visto como como un peligro hacia las mujeres por el hecho de nacer y construirme así, de llevar aquello que no deseo como lo es los machismos encerrados en nuestra psique o el patriarcado que nunca elegí, ¿eso que no elegí y que vive en nosotros sin desearlo es nuestra culpa? ¿Debo responsabilizarme de aquello que no he hecho? ¿Por ser hombre hay un condicionamiento a reproducir lógicas de dominación sexual?
Me causa inconformidad y algo de tristeza ver que los tejidos socioemocionales son cada día más dispersos y que las relaciones humanas se fragmentan y se ahondan hasta lo irreconciliable.
Como tú me lo mostraste y la abuela también, ansío una sociedad mucho mejor, no sé cómo hacerlo, pese a que trato de leer en lo posible todo aquello que me permite el tiempo y la vida, quiero verme al espejo sin sentir culpas sociales y perdonarme todo aquello que me he lastimado, aquí sigo, dando pequeños pasos, me doy abracitos en la noche, pero ahora el mayor desafío es el hecho de vivir sin miedo, es una responsabilidad enorme, creo que muchas veces hasta insostenible, pero como hombre he estado aprendiendo a pedir ayuda, también a pedir perdón y si puedo, reparar lo que lastimo.
Gracias por leerme, deseaba escribirte, por ahora dejo mis preguntas, paso a desearte una buena noche y agradecerte. Gracias, mamá.
Te ama, tu hijo.
—
Por: Henry Fabián Vásquez Gutiérrez



