Pedagogía electoral: el poder de enseñar a votar

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Ganar una elección no empieza el día en que se abren las urnas. Empieza mucho antes, cuando una campaña logra conectar con la gente, generar confianza y construir credibilidad. Empieza cuando un ciudadano entiende que su voz importa y que su participación tiene sentido. Sin embargo, muchas campañas siguen concentrándose únicamente en convencer y emocionar, olvidando un aspecto decisivo: enseñar a votar.

De cara a las elecciones al Congreso de 2026, este descuido puede costar miles de votos. No basta con tener buena imagen, presencia en redes o discursos bien elaborados. Una campaña solo gana cuando ese respaldo se convierte en votos válidos. Y para que eso ocurra, se necesita una estrategia clara de pedagogía electoral.

Durante años, los equipos políticos han invertido grandes recursos en publicidad, eventos y posicionamiento. Han aprendido a movilizar emociones, pero han dejado de lado una pregunta esencial: ¿las personas saben exactamente cómo ejercer su derecho al voto? ¿Saben cómo marcar correctamente el tarjetón y evitar errores?

La realidad muestra que muchas personas, aun estando convencidas de apoyar a un candidato, terminan anulando su voto por confusión, nervios o desconocimiento. Marcan dos opciones, escriben nombres, se salen del recuadro o dudan frente al diseño del tarjetón. En segundos, meses de trabajo se pierden. Y ese resultado no puede atribuirse al ciudadano. Es consecuencia de una campaña que no explicó, no acompañó y no se preocupó por formar.

Cada voto perdido es una oportunidad desperdiciada. Es una persona que quiso participar, pero no tuvo orientación suficiente. Por eso, la pedagogía no puede ser una tarea marginal ni delegarse exclusivamente a las instituciones. Las campañas deben asumirla como parte central de su responsabilidad democrática. Una campaña seria entiende que su labor no termina cuando logra simpatía, termina cuando ese respaldo se convierte en un voto efectivo y contado.

Este reto es aún mayor en las elecciones al Congreso. Los tarjetones suelen ser extensos, con múltiples logos, números y listas. Para muchos ciudadanos, especialmente en zonas rurales o con acceso limitado a información, este diseño resulta complejo. Enfrentarse a él sin preparación genera inseguridad y aumenta el riesgo de error.

El momento de la votación es el punto final de todo el proceso. En el cubículo no hay discursos, líderes ni propaganda. Solo está el ciudadano frente a su decisión. Si en ese instante duda o se equivoca, todo el esfuerzo previo pierde sentido.

Por eso, las campañas exitosas integran la pedagogía a su estrategia general. No la ven como un trámite, sino como una herramienta para consolidar apoyo. Explican con claridad cómo votar, dónde marcar y qué evitar. Lo hacen en reuniones, visitas, redes sociales y materiales impresos. Usan lenguaje sencillo, ejemplos visuales y mensajes repetidos sin cansancio.

Además, enseñar fortalece la relación entre la campaña y la ciudadanía. Cuando una organización política se toma el tiempo de orientar, transmite respeto. Le dice al votante que su participación es valiosa. Ese mensaje construye confianza y refuerza el compromiso.

La pedagogía también es una defensa frente a la desinformación. En cada elección circulan rumores, mensajes falsos y supuestas instrucciones engañosas. Una campaña organizada anticipa estos riesgos y responde con información clara y constante. Prepara a su electorado para reconocer fuentes oficiales y evitar manipulaciones.

En territorios como el Huila, donde existen zonas rurales dispersas, limitaciones tecnológicas y brechas informativas, la pedagogía presencial adquiere un valor especial. Las campañas que recorren veredas, realizan simulacros y dialogan directamente con la comunidad construyen una ventaja real basada en preparación, no solo en visibilidad.

Muchas elecciones se definen por márgenes mínimos. En esos escenarios, cada voto cuenta. Una campaña que pierde apoyos por falta de orientación compromete seriamente sus posibilidades.

Por eso, la pedagogía electoral no es un complemento. Es un eje estratégico. Debe estar incluida desde el inicio en el plan de campaña, con recursos, responsables y seguimiento. Una organización política profesional no deja este aspecto al azar.

De cara a 2026, el mensaje es claro: no basta con convencer ni con movilizar emociones. Es necesario preparar, orientar y acompañar. Porque la política no se decide en redes ni en tarimas. Se define en silencio, frente a un tarjetón. Y allí, solo gana quien se tomó el tiempo de formar bien a su gente.

Por: María Fernanda Plazas Bravo – X: @mafeplazasbravo
Ingeniera en Recursos Hídricos y Gestión Ambiental
Especialista en Marketing Político – Comunicación de Gobierno

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