Marzo no elige mujeres: apenas las aplaude

TSM Noticias
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Cada marzo se llena el discurso público de flores, mensajes emotivos, carreras de la mujer, foros, homenajes, fotos institucionales, promesas dichas con voz solemne. Se habla del valor de la mujer, de su fuerza, de su papel en la sociedad, de su capacidad para transformar el país.

Todo suena correcto, incluso conmovedor. Pero basta mirar con un poco de honestidad el mapa del poder para descubrir una verdad incómoda: en Colombia se celebra a la mujer mucho más de lo que se le abre espacio. Se le exalta en los discursos, pero se le restringe en las decisiones. Se le dedica un mes, aunque rara vez se le entrega una estructura real de participación. Esa contradicción, más que una deuda, ya parece una costumbre.

Por eso resulta imposible hablar del mes de la mujer sin señalar la enorme hipocresía que muchas veces lo rodea. No hay coherencia entre la retórica pública sobre equidad femenina frente a la realidad de los cargos de elección popular.

No hay consistencia entre los aplausos de marzo frente al silencio del resto del año cuando llega la hora de armar listas, repartir avales, financiar campañas o respaldar liderazgos femeninos sin condiciones. En política, a muchas mujeres todavía les exigen demostrar tres veces más para recibir la mitad del reconocimiento. A muchas las invitan, pero no las dejan decidir; las incluyen en la foto, aunque no en la mesa donde se define el rumbo.

El Huila no ha sido ajeno a esa historia. Aquí también hemos visto cómo las mujeres deben abrirse paso en medio de resistencias viejas, de prejuicios disfrazados de prudencia, de estructuras partidistas que todavía creen que una mujer sirve más para sumar votos que para ejercer mando.

Por eso lo que hoy representan figuras como María Lucía Villalba, Flora Perdomo, Mireya Bravo, Lourdes Mateus, tiene un peso que va mucho más allá de sus nombres propios. Su presencia no debe leerse como una anécdota electoral, sino como una posibilidad histórica para empujar una conversación que el departamento ha postergado por demasiado tiempo.

La elección de más mujeres huilenses en el Congreso abre una puerta valiosa en una región que necesita con urgencia más voces femeninas ocupando lugares de incidencia. No se trata de romantizar el hecho de que sean mujeres, como si el género por sí solo garantizara una agenda justa, sensible o transformadora. Ese sería otro error. Ser mujer en política no convierte automáticamente a nadie en aliada de las demás.

Sin embargo, sí crea una responsabilidad mayor: comprender que se llega con una historia a cuestas, con el esfuerzo de muchas que no alcanzaron, con la expectativa de niñas, jóvenes, profesionales, lideresas barriales, madres comunitarias, docentes, campesinas, empresarias, mujeres que durante años han visto la política desde la orilla, como si fuera un club al que casi nunca las dejan entrar.

Ahí está el verdadero desafío. No basta con ocupar una curul; hay que usarla para ampliar el camino. No basta con llegar; hay que evitar convertirse en excepción decorativa. No basta con hacer historia individual; hace falta construir un precedente colectivo. El liderazgo femenino tiene sentido profundo cuando deja de ser una hazaña solitaria para convertirse en plataforma de relevo, en respaldo para otras, en defensa activa de una representación más amplia.

Si estas voces del Huila logran entender eso, su papel podrá ser mucho más trascendente que el de una victoria electoral. Podrán convertirse en articulación entre lo que ha sido la política regional durante décadas frente a lo que por fin debería empezar a ser.

Porque el problema de fondo no es la falta de mujeres capaces, Colombia está llena de mujeres preparadas, valientes, lúcidas, con trayectoria social, administrativa, académica, comunitaria. Lo que escasea no es el talento femenino; lo que falta es voluntad política para impulsarlo de verdad.

En muchos partidos todavía se sigue usando a las mujeres como cuota, adorno o relleno de lista. Se les convoca para cumplir una norma, no para compartir poder. Se les pide disciplina, lealtad, trabajo de base, pero cuando llega el momento de definir candidaturas realmente competitivas, casi siempre aparecen los mismos de siempre. Ese patrón no solo es injusto; también empobrece la democracia.

Un balance real de Colombia lo demuestra con crudeza. Aunque hay avances importantes en la participación femenina, la representación todavía está lejos de reflejar el peso real de las mujeres en la sociedad. Somos más de la mitad del país, pero seguimos lejos de ser la mitad del poder.

Aún persiste una brecha evidente en gobernaciones, alcaldías, asambleas, concejos, Congreso. En demasiados territorios, una mujer elegida sigue siendo noticia precisamente porque no es la regla. Eso debería incomodarnos más de lo que nos enorgullece. No tendríamos que celebrar como hecho extraordinario aquello que, en una democracia madura, tendría que ser normal.

Por eso marzo no puede quedarse en una agenda de homenaje, sino convertirse en una temporada de examen. ¿Cuántas mujeres encabezan listas? ¿Cuántas reciben apoyo financiero serio? ¿Cuántas son escuchadas dentro de sus partidos? ¿Cuántas pueden hacer política sin ser juzgadas por su tono de voz, su ropa, su vida familiar o su carácter? ¿Cuántas encuentran respaldo cuando sufren violencia política? Esas son las preguntas verdaderas. Lo demás, por bonito que suene, corre el riesgo de ser simple utilería.

Desde el Huila sería poderoso que María Lucía Villalba, Flora Perdomo, Mireya Bravo, Lourdes Mateus asumieran ese reto con grandeza: no competir entre sí por el símbolo de “la mujer que llegó al Congreso”, sino abrir un diálogo serio para que lleguen muchas más. Respaldar liderazgos femeninos jóvenes, fortalecer procesos en los municipios, exigir garantías reales dentro de sus colectividades, visibilizar cuadros nuevos, tender puentes entre experiencia, relevo. El mayor legado de una mujer en política no debería medirse solo por los proyectos que firma, sino por las otras mujeres que ayuda a levantar.

Sería mezquino cargarles a ellas toda la responsabilidad de corregir una exclusión histórica; esa tarea les corresponde también a los partidos, a los votantes, a los medios, a las élites regionales. Pero sería ingenuo ignorar que hoy tienen una oportunidad enorme. Pueden conformarse con el privilegio de haber llegado o pueden honrar la dimensión de este momento. Pueden administrar una victoria personal o convertirla en una causa más amplia.

La política colombiana necesita menos homenajes vacíos, más determinación para redistribuir el poder. Menos discursos sobre mujeres valientes, más decisiones que les permitan existir en igualdad de condiciones. Menos celebraciones de calendario, más convicción democrática.

Porque mientras marzo siga lleno de rosas, aunque vacío de espacios reales, la deuda seguirá intacta. El día en que una mujer no tenga que ser excepcional para ser elegida, ese día sí habrá algo auténtico que celebrar. Hasta entonces, conviene decirlo sin rodeos: no necesitamos más aplausos para las mujeres; necesitamos más poder en sus manos.

Por: María Fernanda Plazas Bravo – X: @mafeplazasbravo
Ingeniera en Recursos Hídricos y Gestión Ambiental
Especialista en Marketing  Político – Comunicación de Gobierno

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