Hablar de comunidad educativa implica no referirse exclusivamente a los y las estudiantes, sino involucrar también a madres y padres de familia, así como a los y las docentes y a las múltiples relaciones que se entablan entre ellos/as. De acuerdo a lo anterior, y relacionándolo con las realidades de nuestras identidades masculinas y femeninas, podemos decir que en la comunidad educativa encontramos: hombres y mujeres adultos, con todos los imaginarios sobre lo que es “ser hombre” y “ser mujer”, que realizan la compleja labor de ser docentes.
Este reconocimiento tan obvio es importante ya que nuestras propias creencias e imaginarios sobre la masculinidad y la feminidad las trasladamos o imponemos a los niños, niñas y jóvenes, o al menos, las convertimos en el parámetro para valorar los sentires, los pensamientos y prácticas relacionadas con el género de las personas a quienes pretendemos educar.
De otra parte, encontramos también hombres y mujeres adultos, (realmente más mujeres que hombres), que son madres y padres de familia, que también tienen unos imaginarios sobre lo que es ser un “verdadero hombre” y una “verdadera mujer”. Evidentemente, estas ideas y creencias tienen una gran influencia sobre las pautas de crianza con las que sus hijos e hijas crecen y construyen su identidad.
Finalmente, nos encontramos con niños, niñas y jóvenes, que además de recibir las influencias, esclavizantes o liberadoras, de sus madres y padres, también reciben las influencias de sus docentes, de otros adultos y de sus pares.
Adicionalmente, se ven bombardeados/as, cada vez más y con más fuerza a través de los medios de comunicación y las Tecnologías de la Información y la Comunicación, por parámetros de vida atravesados, entre otras variables, por modelos de masculinidad y feminidad. Como producto de esta yuxtaposición de actores, que hemos construido nuestras subjetividades y nuestros imaginarios de lo que es ser mujer u hombres y la manera en la que debemos educar “para este fin”, en la escuela se vive como objetivo implícito asignar a cada niña y a cada niño un lineamiento que forme su personalidad determinado por su condición biológica natal, por su sexo. Así, surgen acciones en la educación en la primera infancia como la imposición de sillas de colores que sean distintas para niñas que para niños; con mayor frecuencia se da a los niños cierto tipo de juguetes como carros, espadas, soldaditos, palas, balones y se les permiten juegos principalmente de contacto.
Las mismas actividades no son posibles para las niñas, a quienes se dan muñecas, jueguitos de cocina, coches, espejos, entre otros juguetes y objetos que van moldeando y afianzando los roles determinados que cada quien supuestamente debe asumir.
En el ejercicio del proceso de enseñanza aprendizaje posterior, que se ocupa principalmente en el desarrollo de contenidos conceptuales (matemáticas, lengua castellana, inglés, ciencias naturales, ciencias sociales) en relación con los contenidos procedimentales y actitudinales, vemos que de manera transversal a todos los contenidos se fijan roles sexistas y normativos de género, proponiendo ejemplos, situaciones y ejercicios que están atravesados por esquemas sexistas que pasan desapercibidos pues nunca se analizan desde la perspectiva de género, pero no por el hecho de ser ignorados, dejan de justificar las inequidades y en algunos casos la violencia.
Es importante mencionar que no hay una intención explicita por parte de docentes o editoriales de segregar a las personas por su género o su sexo, lo que ocurre es causado por la naturalización de los roles de género impuestos por el sistema patriarcal que domina en nuestra cultura. Un claro ejemplo lo encontramos en los materiales de un área que se ha considerado tan “neutral” como matemáticas, en la cual las y los estudiantes aprenden a sumar, restar, multiplicar y dividir indistintamente de su género o de su sexo, pero si se revisan los libros de texto o los ejercicios propuestos por docentes para lograr este fin se encuentra que estos reproducen los esquemas hegemónicos de ser hombre y de ser mujer.
Vamos a mirar el siguiente enunciado de dos problemas de matemáticas sacados de una cartilla de esta área del conocimiento, Mi tia Edith prepara pan de elote y para esto necesita los siguientes ingredientes… ¿Cuántos ingredientes necesita la tia Edith… después encontramos “Don Vicente fabrica los siguientes carros en madera cada uno tiene un número de llantas… ¿Cuántas llantas en total fabrica don Vicente?” Entonces mientras “la tía Edith” prepara pan de elote, “Don Vicente” fabrica objetos. Estos dos ejercicios proponen para cada género una tarea específica, la tía Edith se encarga de la cocina, como todas las mujeres y Don Vicente de las construcciones, como todos los hombres.
A la ratificación de los roles de género en los espacios curriculares, se le suma el mismo proceso en espacios que no son propiamente el académico; por ejemplo, tenemos zonas al interior del centro educativo que son colonizadas por el género (por ejemplo, los baños por las niñas y el patio de juegos por los niños) y la promoción de diferentes actividades de recreación basadas en el estereotipo de mujer y hombre, esto sin mencionar que estudiantes y docentes no ven con buenos ojos a aquellas chicas que escogen estudiar técnicas de carpintería o mecánica, en lugar de belleza o tejido; y lo mismo sucede en el caso de los chicos; suponiendo que la elección de estas formaciones se realiza de manera voluntaria por los y las estudiantes.
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Por: Raúl Andrés Herrera Suaza – raulherrera8312 @hotmail.com
Colectivo de nuevas masculinidades del Huila por la equidad de género



