La construcción de lo que es ser hombres y mujeres es un proceso complejo que inicia incluso antes de nacer: nuestras madres y padres tienen desde antes de concebirnos unas expectativas sobre nosotros o nosotras según el sexo que tengamos.
De hecho, cuando se enteran que lo que viene en camino es un “hombrecito”, de manera casi automática y “natural” empiezan a pasar por la imaginación, por las conversaciones y los deseos, un listado posible de nombres masculinos (Andrés, Julián, Julio), junto al inevitable color azul que nos ha sido asignado (los zapaticos azules, el vestidito azul, la cobija azul).
Sobre todo esto pesa unas expectativas que van mucho más allá de lo que debe ser el niño, el joven y el hombre que ese bebé va a ser: “Que sea macho como su papá”, “Que sea buen trabajador”, “Que sea responsable con sus hijos” (que aporte económicamente), “Que sepa proteger y defender a su mujer cuando sea necesario”, “Que sea fuerte y valiente”, entre otros. Algo similar ocurre cuando lo que viene en camino es una “mujercita”: ¿María? ¿Viviana? ¿Andrea?, esto sin mencionar las obviedades del color rosado y las muñecas o Barbies.
Esperamos de estas bebitas sean muy femeninas, tiernas, bonitas, delicadas, juiciosas, hogareñas, que sean buenas amas de casa, y lo que todo el mundo espera, que encuentren un buen marido, y “por supuesto”, que sean madres. En nuestro inconsciente, nos es difícil pensar a una mujer feliz y realizada si no es casada, si no tiene pareja y si no es madre.
Pero estos deseos de padres y madres no son más que el reflejo de la cultura y la sociedad en la cual socializamos y que no alcanzamos a concebir como imposiciones culturales y lo asumimos como condiciones “naturales” aunque muchas de ellas nos incomoden como seres humanos.
Todo esto para decir que las construcciones de nuestras identidades masculinas y femeninas tienen muy poco de natural y mucho de cultural; es decir, que son construidas socialmente de acuerdo a las expectativas de las culturas, de los grupos sociales y de los contextos específicos.
Aunque en la actualidad se considera políticamente incorrecto decir que se es machista, o que se educa a los hijos de manera machista, y aunque hay algunos cambios en las ideas sobre “ser hombre”, sobre “ser mujer” y sobre las relaciones entre ambos, también es cierto que sobreviven, y con mucho arraigo, características asociadas a lo masculino y a lo femenino.
Algunas de ellas se definen, no sólo por lo que se dice, sino por lo que se vive y practica en la vida cotidiana: en el caso de los hombres, se nos ha presionado para que seamos fuertes, valientes y lo estemos demostrando todo el tiempo; esa fuerza pasa por la dureza emocional (“Los hombres no lloran”), por ser competitivos en el trabajo y en la sexualidad (demostrar quién puede más), y en muchas ocasiones subvalorando a las mujeres (“el último que llegue es una niña”).
En el caso de las mujeres se presiona la idea de la sumisión frente a la palabra y la fuerza del varón, se les asignan las labores domésticas y la crianza de los y las hijas, así como las tareas relacionadas con la salud y educación de la familia, casi de manera exclusiva. Se les enseña que están para los demás. No importa si adicional al trabajo reproductivo también tienen que realizar un trabajo laboral, duplicando o triplicando las jornadas diarias.
Esto genera unas relaciones con desequilibrios de poder entre hombres y mujeres y, por supuesto, en las relaciones entre los mismos hombres y entre las mismas mujeres, en la medida que hay algunos y algunas que se acercan a esos mandatos culturales, y otros que “no dan la talla” y por tanto son socialmente menos valorados.
–
Por: Raúl Andrés Herrera Suaza – raulherrera8312 @hotmail.com
Colectivo de nuevas masculinidades del Huila por la equidad de género



