Conocí a Carlos Francisco hace relativamente poco tiempo. Fue a comienzos del año 2015, cuando mi gran amigo y pariente William Esteban Fajardo me invitó a una reunión en la que tuve la inmensa fortuna de cruzar con él las primeras palabras. No imaginaba entonces que aquel encuentro sencillo marcaría, silenciosamente, una huella tan profunda.
Para esa época rondaba ya los setenta años. Era un hombre absolutamente lúcido, dueño de una claridad mental poco común. Su madurez no era solo fruto del tiempo, sino del pensamiento cultivado, de la observación atenta del mundo y de una ética interior que se reflejaba en cada gesto. Intelectualmente sólido, poseía una asombrosa capacidad para analizar la realidad con equilibrio y sensatez. Era generoso, humilde, profundamente humano. Espiritual sin fanatismos, creyente sin dogmas, honesto sin aspavientos, leal sin estridencias. Un amigo maravilloso.
Fue entonces el líder inquebrantable y el cerebro estratégico de la campaña que llevó a Rodrigo Lara Sánchez a la Alcaldía. Sus reflexiones, análisis y propuestas resultaron decisivas para el triunfo electoral de 2016. De ello doy fe, pues fui el gerente y asesor de marketing de aquella campaña. Y quizá sea mejor no decir más: ni él ni yo repetiríamos semejante travesía.
Carlos Francisco era, ante todo, un lector incansable. Conocía con sorprendente profundidad las obras de los grandes autores de la literatura universal y dominaba una infinidad de temas que compartía con sabia sencillez. Por eso, cada conversación con él se convertía en una clase magistral, y cada encuentro, en una experiencia luminosa que permanece viva en la memoria de quienes supimos valorar su palabra y su tiempo.
Al principio me asombraba su nivel de erudición. Con el paso de los días dejé de sorprenderme: era natural que quien había dedicado la vida al estudio poseyera semejante riqueza intelectual. Custodiaba un tesoro de conocimientos que jamás utilizó para imponerse, sino para enseñar.
Fue invitado especial en varias de mis clases universitarias. Hablaba con solvencia sobre geopolítica, economía, sociología, mercadeo y gerencia, entre muchos otros asuntos. Al finalizar cada encuentro, los estudiantes lo despedían con júbilo y aplausos, agradecidos por haber escuchado a un sabio que no necesitaba levantar la voz para ser atendido.
Defendió con pasión la importancia del cultivo de la Guadua angustifolia Kunth y la creación de verdaderas fábricas de agua mediante su siembra. Conocía el valor de esta especie de bambú gigante nativa de América del Sur, capaz de proteger fuentes hídricas y, al mismo tiempo, servir para la construcción de viviendas, muebles, puentes y grandes estructuras, razón por la cual es conocida como el “acero natural” o “acero vegetal”.
Pero más allá del conocimiento técnico, Carlos Francisco fue un guardián del agua y de la tierra. Comprendía profundamente que ambos elementos sostienen la vida y poseen una fuerza espiritual que no siempre sabemos escuchar. Por eso solía decir que, cuando llegara el día en que el Dueño de la vida lo llamara, emprendería su tránsito hacia la casa de Dios a través de ellos.
Mi muy querido doctor Carlos Francisco, deseo que el Rey de reyes —como usted solía nombrar al Padre Creador— lo reciba en su santo reino celestial.
Y que su legado, hecho de pensamiento, bondad y coherencia, siga germinando silenciosamente en quienes tuvimos el privilegio de conocerlo.
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Por: Hugo Fernando Cabrera – hfco72@gmail.com
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