Hace muchos meses escribí una columna donde registraba como el campesinado colombiano se ha envejecido, donde hoy encontramos abuelos que superan la edad de jubilación dándole al azadón, donde con simpleza vemos que los jóvenes hijos de esos campesinos han tomado la decisión de abandonar sus tierras y buscar un futuro mejor, así sea a costa de su felicidad y de sacrificios extremos que se materializan en hambre, pobreza, desempleo, informalidad, violaciones, abusos laborales, falta de educación, salud y vivienda.
La pegunta debe ser entonces si ellos decidieran quedarse en el campo, tendrían mejores condiciones o tal vez no carecerían de las anteriores, y definitivamente no, vivirían en iguales condiciones, excepto que el hambre sería menor y la falta de afecto familiar no sería un factor de suicidio, y por el contrario estarían produciendo los alimentos que usted y yo requerimos en la mesa diaria.
Hoy tenemos dos cifras supremamente impactantes: la primera que son menos los campesinos, son una raza en extinción, se habla de al menos un 30%, el Dane reveló que el porcentaje de personas en la ruralidad colombiana es de apenas del 22,9%. Somos 48’258.494 de colombianos de los cuales poco más de 11 millones de personas viven en las zonas rurales.
Según el informe oficial del mercado laboral, 3 millones 95 mil personas se dedican específicamente a la agricultura. Esto representa un 17% del total de la fuerza laboral del país, y la segunda, los que aún quedan son personas que superan los (65) años de edad.
Entonces, señores lectores, si hoy vemos a los candidatos a la presidencia de Colombia, afanados con discursos que procuran la reactivación del campo, no es menos cierto que debemos creerles a quienes lo digan sin haber tenido la oportunidad de gobernar para engendrar un nuevo proceso agrícola, comercial y de industrialización, como un renglón privilegiado en las finanzas públicas en un cuatrienio y más.
Si muchos lo dicen, son pocos los que en realidad están dispuestos a asumir como el pacto histórico, esa carga y responsabilidad en desmedro de la inversión en la guerra y en burocracia, inclusive en la búsqueda y asignación del apoyo económico que se requiere a costa de créditos bajos o condonables, por fuera del sector financiero corriente que hoy ahoga a los campesinos.
Desde aquí finalizo extendiendo un mensaje de consideración a los arroceros del departamento del Huila y del país en general, pues se están quebrando, están dejando de cultivar, están aumentando el desempleo, y todo ello por políticas nacionales que privilegiaron los tratados de libre comercio, en desmedro de la seguridad alimentaria de los propios colombianos, pues en cifras, teníamos la capacidad de producir el arroz que consumimos internamente y exportar un poco, pero el afán de vender petróleo, gas o minerales preciosos, decidimos autoflagelarnos y seguir eligiendo los negociantes de nuestro destino.
Por: Juan Felipe Molano Perdomo – jmolano74@hotmail.com
Twitter: @JuanFelipeMola8


