A mi hijo a los 2 años le regalaron un libro “ni guau ni miau”, y mi hija con 11 años, llegó a casa diciéndome “Papito cada vez más, compañeras mías son proaborto, pero es que Papi, ¿tú crees que es justo que una niña violada de 12 años la obliguen a ser mamá?”
No quiero ahondar en esto ni contarles cómo afrontamos en casa estas dos situaciones, junto a mi esposa e hijos, pues sé que son personales, que no son aisladas o extraordinarias y que muchas otras similares o más desafiantes habrán vivido ustedes en sus propios hogares; situaciones donde cada vez hay más presión y se pone en juego nuestros valores y principios así como el derecho de educación a nuestros hijos, esa misma educación que el Estado cada vez más intenta asaltar como tirano, aislarnos a los padres de familia e imponernos aspectos como la ideología de género (¿recuerdan a nuestra exministra Parody?).
Comento estas dos situaciones familiares para ubicarme en estos dos escenarios: la oscuridad y el desierto. No sé ustedes, pero yo me siento así.
Sin embargo, en medio de ellos, al leer la columna de Monseñor Froilán Casas Ortiz (Obispo de Neiva), titulada “Las ridiculeces de la ignorancia”, además de darme gusto, generó una luz y me arrancó un grito anticipado de ¡ALELUYA! (recuerden que esto en Cuaresma no es permitido, solo se puede después de Pascua), pues surgió una voz que genera ruido y estremece a algunos, muchos menos de los que debería.
Una voz que valientemente dice lo que muchos quisiéramos y deberíamos estar diciendo y haciendo desde hace rato. No podemos olvidar además que es al Obispo como cabeza de nuestra Iglesia, a quien le han sido encomendadas las funciones de enseñar, santificar y gobernar; nuestra Iglesia Católica se llama Apostólica, porque está fundada sobre los Apóstoles y mantiene su tradición y es guiada por sus sucesores que son los Obispos (Sucesión Apostólica).
Atreverse a decir la Verdad, referente al famoso enfoque de género en el lenguaje o mal llamado “lenguaje inclusivo”, es nada más y nada menos que tocar e intentar alertar sobre métodos que de una mentira construyen, aceptan e imponen como verdad algo que es completamente falso, tal como establece uno de sus principios “el lenguaje construye realidades” y esta es pues una de las bases de los absurdos y desmanes a los que han llegado tan significativos y en otrora época necesarios movimientos sociales como el feminismo que ha terminado siendo base dentro de otras del ambicioso lobby LGBTIQA+, la Nueva Era y en últimas el Nuevo Orden Mundial.
Así que es entendible y grato que Monseñor, dentro de su ministerio salga a anunciar y denunciar, y a defender nuestros principios; pues es la Iglesia misma la que se encarga de la defensa de lo Doctrinal, de los principios cristianos.
Asombra en cambio el silencio de parte nuestra, y aún más grave, voces de molestia y ataque de algunos que dicen ser cristianos. ¿Acaso olvidamos que somos los laicos los que estamos llamados a orientar el mundo entero hacia el reino de Dios?, ¿que nuestra misión es testimoniar el evangelio con la propia vida, en medio del mundo sin ser del mundo?, ¿qué estamos enviados a comprometernos en la sociedad para que las personas de nuestro entorno (escuela/colegio, familia, trabajo, barrio/conjunto) conozcan el Evangelio y aprendan a amar a Cristo?
Pues es hora de una vez por todas de que mediante nuestra fe influyamos en la sociedad, la economía y la política. Y esto ya no solo desde el ámbito de lo doctrinal sino también desde lo prudencial, donde podamos y necesitamos tener diferencias pero donde no pueda nunca más ocultarse la verdad ni permitirse que todo sea relativo y que todo esté permitido.
Y este deber incluye ahora más que siempre nuestro comportamiento en las redes sociales como el sexto continente que estamos llamados a conquistar, para dar a conocer nuestra voz, usándolas, conociéndolas y evangelizándolas. Y es que en este caso que pareciera ser tan trivial, no se trata solamente de aceptar un supuesto lenguaje inclusivo, se trata de aceptar caer en errores ortográficos para a través de ese nuevo lenguaje permitir que se construyan nuevas realidades como lo son el sexismo y aún peor, el famoso enfoque de género donde el hombre y la mujer no se hacen sino que se construyen.
Esa es la naturalización del Nuevo Orden Mundial, donde ya tienen sumidos a nuestros niños, adolescentes y jóvenes; y contra el que definitivamente estamos llamados a anunciar y denunciar con radicalidad, pues es claro que vienen por todo, por nuestra Iglesia, nuestras familias y por nuestras almas.
Finalmente, tenía que contarles sobre las situaciones familiares con la que empecé este artículo, pues somos occidentales y necesitamos conocer el final de las historias (aunque en realidad aquí el final esté aún lejos).
Mi hijo no leyó nunca ese libro (lo leerá primero con sus papás y luego ya tomará la decisión de leerlo y botarlo – oro para que sea así) y mi hija hoy sabe que solo Dios es dueño de la vida, que la vida empieza desde la concepción, que jamás un dolor sana otro dolor, que el aborto es un crimen atroz donde se le quita la vida a un ser humano no nacido, que no solamente se trata de un embrión o feto tan descartable como si se tratara de un objeto, que no se interrumpe lo que después ya no se podrá reiniciar.
Y que aunque cada vez más compañeras de ella sean proaborto, ella está llamada a atreverse a ser diferente, a mantenerse en la verdad aunque siempre con mucha caridad y oración por sus compañeras y todas sus amigas, siendo luz para ellas en medio de la oscuridad y agua en el desierto que estamos viviendo en el mismo seno de cada una de nuestras familias (oro para que Dios le dé la gracia de mantenerse provida).
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Por: David Andrés Cangrejo Torres
Médico Psiquiatra Magister en Salud Sexual y Reproductiva


