Hoy decidí dedicar unos minutos a mirar a la gente mientras me movía en Transmilenio. Dos señoras ciegas cantaban y avanzaban unos metros por el vagón; pedían apoyo y seguían. Me hizo pensar en lo fácil que es vivir en modo queja cuando se tiene un cuerpo y unos sentidos completos.
Unos minutos antes había entrado una señora con su hijo en silla de ruedas. Al bajarse, el niño me regaló una sonrisa y yo le agradecí. Fue un gesto mínimo, pero me acompañó el resto del recorrido.
Casi siempre la distracción nos vuelve miopes y no vemos lo que el devenir y las personas tienen para enseñarnos. Vamos con prisa, con el celular en la mano y la cabeza en lo próximo que hay que resolver.
Seguí hacia el centro de la ciudad, me encontré con un amigo y tomamos un café. De él recibí una buena noticia, de esas que alegran el día.
Con los años uno aprende a entender un poco más lo escrito en la Palabra: «Todo ocurre para bien». Y también que agradecer nos mueve a ayudar a alguien cada día y a aliviar, aunque sea un poco, el peso del sufrimiento.
Al regresar, en la estación final, vi a una señora con una maleta enorme y me ofrecí a ayudarla. La cargué y caminamos hasta salir de la estación y cruzar el puente peatonal. Ella iba rápido y me sacaba ventaja, y yo ya la había juzgado: me pareció que esperaba que la ayudara al máximo. Al final intentó hablarme y entendí que una condición en el rostro le impedía hacerlo con claridad.
Ahí comprendí que el peso de la maleta era lo de menos frente al peso de su sufrimiento. Todo ser humano que sufre merece compasión, y solo el Creador sabe el porqué y el para qué.
—
Por: Carlos Cabrera C. – ccabreracollazos@gmail.com
X: @CarlosCabreraCC



