Del orador en la plaza pública a las redes y los «likes»

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En 1987, cuando tenía unos catorce años, hice parte de un grupo de juventudes que acompañaba a Hugo Tovar Marroquín, hoy fallecido. Eran tiempos en los que la política tenía mucho de encuentro, de presencia y de palabra. Se iba a una plaza, a un teatro o a una reunión de barrio a escuchar a alguien defender una idea, interpretar una inconformidad o despertar una esperanza.

La vida nacional estaba marcada por figuras como Luis Carlos Galán Sarmiento y Álvaro Gómez Hurtado, y por la huella que había dejado Rodrigo Lara Bonilla. Al final de aquella década y al comienzo de la siguiente, Carlos Pizarro también ocuparía un lugar decisivo en nuestra historia. Desde posiciones y trayectorias distintas, eran nombres alrededor de los cuales se discutía el rumbo del país.

Llenar una plaza pública constituía un hecho político trascendental. Si el candidato era ovacionado y terminaba saliendo en hombros, sus seguidores lo interpretaban como un buen augurio electoral. Una multitud nunca fue garantía de victoria, pero reunirla y mantenerla atenta tenía un significado que iba más allá de la fotografía.

Recuerdo especialmente un discurso de Hugo Tovar en el teatro Pigoanza de Neiva. Nunca he sido dado a la admiración incondicional por ningún político, pero aquella intervención me emocionó y me hizo sentir orgulloso de pertenecer a su grupo de juventudes. No podría reproducir hoy sus palabras exactas. Lo que permanece es la emoción de haber estado allí y de sentir que hacía parte de algo que valía la pena.

Había oradores capaces de hablar durante más de una hora y mantener al público pendiente de sus palabras. Sabían hacer una pausa, construir un argumento, elevar la voz y tocar las fibras de quienes los escuchaban. Entre aplausos y vítores, la audiencia tenía tiempo de acompañar una idea desde su planteamiento hasta su conclusión.

Hoy, buena parte de esa experiencia parece comprimida en la pantalla de un celular.

“Ni los aplausos de ayer ni los ‘likes’ de hoy garantizan la capacidad de gobernar.”

Antes, el candidato subía a una tarima; hoy aparece en una pantalla. Antes buscaba llenar la plaza; hoy busca multiplicar las reproducciones. Antes medía el entusiasmo en aplausos; hoy lo cuenta en “likes”. El orador intentaba sostener la atención durante una hora; el creador de contenido lucha por retenerla unos segundos. La promesa que antes arrancaba una ovación ahora busca convertirse en una frase viral.

El discurso se convierte en un reel de un minuto y medio que compite por conseguir siquiera treinta segundos de atención. El candidato debe encontrar una frase de entrada, mirar a la cámara y evitar que el ciudadano deslice el dedo hacia el siguiente video. Antes de explicar qué propone, necesita impedir que lo abandonen.

También cambió nuestra manera de escuchar. Antes acudíamos a un lugar para oír al candidato; hoy su mensaje aparece entre un chiste, un anuncio y un video de entretenimiento. Podemos conocer más voces, contrastarlas y cuestionarlas, pero también descartarlas con un movimiento del dedo, sin haber alcanzado a comprender lo que proponen.

Ese cambio merece una reflexión que vaya más allá de la nostalgia.

Las redes han abierto espacios valiosos. Permiten que una persona sin acceso a grandes medios haga escuchar su voz, que una denuncia circule y que un ciudadano cuestione directamente a un gobernante. Ofrecen posibilidades de participación que quienes empezamos a interesarnos por la política en los años ochenta difícilmente habríamos imaginado.

Pero esa oportunidad convive con una tentación: reducir la política a aquello que produce una reacción inmediata.

Explicar cómo financiar una propuesta exige tiempo. Señalar a un enemigo cabe en una frase. Reconocer que un problema tiene varias causas obliga a detenerse. Culpar a alguien permite pasar rápidamente al siguiente video. En esa competencia, la provocación puede resultar más atractiva que el argumento y la seguridad con la que se habla puede importar más que la seriedad de lo que se dice.

Así, corremos el riesgo de evaluar a los dirigentes por su habilidad para aparecer en nuestras pantallas. Una buena edición puede dar contundencia a una intervención vacía, y una frase cuidadosamente recortada puede ocultar todo lo que el candidato no sabe responder. Las preguntas sobre su preparación, sus antecedentes y la viabilidad de sus propuestas quedan relegadas por una más inmediata: ¿cuánta atención consiguió?

Tampoco conviene idealizar el pasado. Las plazas conocieron la demagogia, las promesas imposibles y los aplausos organizados. Un gran orador podía ser un mal gobernante, de la misma manera que hoy un buen comunicador digital puede ser un dirigente preparado. La duración de un discurso nunca ha sido una medida suficiente de su profundidad.

Lo preocupante es que dejemos de exigirla.

Antes, una plaza llena podía hacernos creer que estábamos ante un gran caudillo del pueblo; hoy, millones de reproducciones pueden producir la misma ilusión. Confundimos visibilidad con liderazgo, seguidores con organización y “likes” con votos. Son señales de atención, pero por sí solas no demuestran confianza, compromiso ni capacidad para administrar lo público.

Y nosotros, como ciudadanos, participamos de esa transformación. No podemos lamentar la superficialidad de la política mientras premiamos únicamente el insulto ingenioso, la pelea del día o el video que confirma nuestros prejuicios. Pedir mejores dirigentes también exige escuchar explicaciones que no siempre caben en treinta segundos y hacer preguntas cuyas respuestas pueden incomodarnos.

Sigo recordando aquella intervención de Hugo Tovar en el Pigoanza porque dejó algo en mí que sobrevivió al momento. Esa debería seguir siendo una aspiración de la palabra política: ofrecer razones y despertar una inquietud que permanezca cuando termine el aplauso o se apague la pantalla.

La plaza pública ha cambiado y seguirá cambiando. Los dirigentes necesitan aprender a comunicarse en ella, también cuando es digital. Pero los ciudadanos tenemos derecho a exigir que, detrás del formato, haya pensamiento, preparación y propuestas que resistan las preguntas.

Un reel puede bastar para llamar nuestra atención; jamás debería bastar para decidir nuestro voto. Gobernar exige preparación, criterio y responsabilidad, cualidades que ningún filtro ni una buena edición pueden reemplazar. Cuando dejamos de examinar las ideas y nos conformamos con aplaudir la actuación, corremos el riesgo de elegir al mejor personaje de campaña y descubrir, demasiado tarde, que detrás no había un buen gobernante.

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Por: Óscar Emilio Antolínez – oscarantolinez@gmail.com
X: @oscarantolinezc

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