Recursos para inversión en Gigante abren el apetito

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Que el Che Manrique (QEPD) fue un hombre honesto no es materia de debate. Lo fue, sin matices, y así lo reconocen quienes compartieron con él en la vida pública y privada. Tampoco admite discusión su profundo amor por Gigante: sus obras, sus decisiones y su entrega hablan con más elocuencia que cualquier testimonio.

Su primera alcaldía dejó huella. La segunda, marcada por la enfermedad, limitó su capacidad operativa, pero no su visión ni su compromiso. Aun en condiciones adversas, actuó como un ejecutivo serio y un planificador riguroso: organizó la casa, priorizó proyectos y, sobre todo, gestionó recursos. No improvisó. Dejó estructurado un camino.

Y ahí está, precisamente, el punto neurálgico de esta historia: los recursos. Miles de millones (cerca de veinticinco mil, según estimaciones) reposan hoy como una oportunidad histórica para el desarrollo del municipio. Pero también como una tentación peligrosa. Porque cuando hay dinero en caja, aparecen los apetitos. Y en política, los apetitos rara vez son ingenuos.

Lo que debería ser motivo de esperanza comienza a convertirse en un escenario de disputa. No por las ideas, no por la visión de futuro, sino por el control de una chequera robusta. Y eso es lo verdaderamente preocupante: que el debate público se desvíe del rumbo técnico y programático hacia el cálculo burocrático y clientelista.

Hablo como giganteño. Aunque hoy no resida allí, mi vínculo permanece intacto. Mi memoria está anclada en sus calles, en sus veredas, en su gente. Por eso no puedo ser indiferente frente a lo que viene. Gigante no puede darse el lujo de convertir esta oportunidad en un nuevo episodio de frustración colectiva.

Las próximas elecciones no son un trámite más: son una decisión de fondo. Se elegirá entre continuar un proceso serio, con bases técnicas y planeación responsable, o abrir la puerta a la improvisación disfrazada de liderazgo. No basta con discursos ni con simpatías. Se requiere capacidad probada, formación, criterio y, sobre todo, carácter para administrar lo público con transparencia.

Pero la responsabilidad no recae únicamente en quien resulte elegido. La ciudadanía tiene un papel determinante. Es hora de pasar del comentario de esquina a la vigilancia activa. Las veedurías ciudadanas no son un adorno institucional: son una herramienta necesaria para evitar que los recursos terminen diluyéndose entre intereses particulares.

Gigante está ante una encrucijada. Tiene los recursos, tiene la hoja de ruta y tiene el recuerdo reciente de un liderazgo que, con aciertos y limitaciones, actuó con decencia. Lo que falta es decisión colectiva para no permitir que la ambición desmedida termine hipotecando el futuro.

La experiencia nos dice que cuando el apetito por el poder se impone sobre el interés general, lo que se pierde no es solo el dinero: es la confianza de todo un pueblo. Y recuperarla, esa sí, es una tarea mucho más difícil.

¡Vamos a ver qué pasa!

Por: Hugo Fernando Cabrera – hfco72@gmail.com
X: @Hufercao04

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