Hay verbos que deberían decirse en voz baja, como en una iglesia. Crear es uno de ellos.
“La creatividad es la inteligencia divirtiéndose.” Esta frase describe una verdad con precisión. No sé exactamente de quien es, suelen atribuírsela a Einstein.
Igual me encanta, porque baja del pedestal a la creatividad y la vuelve humana: juego, curiosidad, travesura mental.
Pero ojo: juego no es accidente. La creatividad no es una idea suelta que “se le ocurrió a alguien mientras se duchaba”. Casi siempre es el resultado visible de un proceso invisible: observar, leer mucho, rumiar, probar, equivocarse, ajustar, insistir… hasta que un día la mente hace click, como si fuera magia, pero fue producto de trabajo acumulado.
Vivimos una época curiosa: nunca fue tan fácil “copiar y pegar” … y, al mismo tiempo, nunca fue tan necesario pensar. La abundancia de plantillas nos prometió velocidad, pero a veces nos cobra el precio de la originalidad. Y acá va una clara verdad: copiar puede disfrazarse de atajo, pero es un engaño. Sin sello propio, lo copiado siempre termina siendo una sombra del original. Porque el original trae algo que no se roba: el proceso (la reflexión, el análisis, la concreción) esa cocina interna que quien hurta ideas jamás alcanza a ver. Puede imitar la forma o el título sí. Pero nunca la profundidad. Y por eso la copia, tarde o temprano, se nota. La creatividad no se puede comprar en Temu o Aliexpress.
Lo más raro es esto: lo que más cambia la vida casi nunca “pesa”. No se puede ver y el “vr para creer” mata creatividad. No se mide rápido. No viene con etiqueta ni código QR. Es una chispa silenciosa: una asociación inesperada, una pregunta distinta, una manera nueva de mirar lo mismo.
La historia humana es un álbum de “antes y después” firmado por creativos. Antes de Gutenberg, el conocimiento era lento y caro; después, la imprenta multiplicó ideas como si fueran semillas. Antes de que la luz eléctrica se volviera cotidiana, la noche mandaba; después, el mundo extendió el día y cambió rutinas, ciudades, posibilidades. Antes de los hermanos Wright, volar era poesía; después, fue ruta, mapa, abrazo a distancia. Y a veces el cambio no llega con un estruendo, sino con una genialidad mínima: soluciones simples que ordenan la vida y nos devuelven tiempo, calma, claridad.
¿Y qué tenían en común esas personas? No una “genialidad” de película. Tenían algo más terrestre y replicable: insistencia. La creatividad no es solo talento; es entrenamiento. Es un músculo que se fortalece con práctica: observar mejor, conectar puntos, perderle el miedo al borrador, volver a intentar.
La psicología, además, le pone datos a algo que muchos intuíamos: la creatividad cotidiana se asocia con bienestar. En un estudio de diario con cientos de personas durante casi dos semanas, dedicar tiempo a actividades creativas se relacionó con más afecto positivo y con mayor “florecimiento” (bienestar psicológico), incluso al día siguiente. Y una meta-análisis encontró una relación positiva entre creatividad y bienestar, especialmente cuando la creatividad se mide como hacer cosas (actividad y conducta creativa), no solo como pruebas abstractas. Incluso hay evidencia reciente de que participar en artes y manualidades se asocia con mejores indicadores de bienestar en población general.
No es magia: cuando creas, tu mente deja de ser solo una sala de quejas y se vuelve taller. Y el taller (por humilde que sea) da propósito.
A mí me pasa. En casa, en una conversación con mi esposa, en un trabajo donde otros ven “lo de siempre”, yo suelo ver un giro, un nombre mejor, una forma más clara, una salida distinta. Con el tiempo uno aprende a reconocer su rastro: cuando una idea tuya facilita, emociona, ordena, inspira… y alguien te dice “yo no lo había visto así”. Ese “así” es oro.
Si estás leyendo esto y pensás “yo no soy creativo”, te propongo un cambio de frase: todavía no entrené ese hábito. Probá con rituales simples: anotá una idea al día, aunque parezca tonta. Cambiá una rutina mínima: un camino distinto, una receta, un orden nuevo. Hacé preguntas que empiecen con “¿y si…?”. Permitite el borrador: lo perfecto es enemigo de lo vivo.
Crear no es competir: es aportar. Es un acto profundamente humano y, cuando se vuelve costumbre, también es un acto de alegría. Porque en un mundo que se copia con facilidad, lo más revolucionario sigue siendo pensar con cariño y fabricar algo propio. Y eso (aunque no pese ni se pueda medir de una) cambia todo. Me despido y brindo por la creatividad: esa capacidad tan humana de agarrar lo que ya sabemos, mezclarlo con curiosidad y valentía, y convertirlo en una idea nueva que sirva, sorprenda y deje huella.
Un candidato también se lo puede elegir por su creatividad y no ser más de lo mismo.
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Por: Caly Monteverdi
Conferencista internacional
Comunicador argentino, asesor estratégico y creativo
X – Twitter: @Calytoxxx



