Neiva necesita actitud turística

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Hay ciudades que enamoran antes de ser vistas. No por sus monumentos, ni por sus folletos, ni por la obsesión oficial de venderlas como destino. Enamoran por algo más simple y más decisivo: la manera en que reciben. Una ciudad empieza a volverse turística mucho antes de que alguien tome una foto.

Empieza a serlo cuando orienta sin confundir, cuando transporta sin maltratar, cuando cobra sin abusar, cuando atiende sin hacer sentir al visitante un estorbo. El turismo, antes que hotelería, es pedagogía del trato. ¿Pedagogía de qué? En criollo: ser anfitrión, aprender a recibir, orientar y atender bien al que llega.

Y ahí es donde Neiva sigue saliendo rajada. Es urgente despertar.

Hace unos días volvió una amiga de mi esposa, nacida en esta tierra, después de más de quince años. Ella quería mostrarle a su esposo español su tierrita, sus afectos y sus recuerdos. Anhelaba reencontrarse con una ciudad que, en la memoria, todavía conservaba algo sagrado. Pero a veces el problema no es volver: es descubrir que el cariño familiar no alcanza para maquillar lo evidente.

Primero, el viacrucis del transporte terrestre. Suena a realismo mágico todo lo que les pasó. Empresas de bus que informan mal, incumplen horarios, líneas de servicio al cliente en redes que no funcionan, atención áspera, usuarios tratados como si reclamar fuera una grosería. Después, el choque.

No podían irse sin presenciar una escena demasiado típica del caótico tránsito de la capital del Huila. Iban en carro con unas amigas locales cuando los golpearon muy fuerte por detrás cuando redujeron velocidad por uno de los tantos reductores mal construidos que hay por todos lados. Y como si la situación necesitara una dosis adicional de absurdo, apareció el ya conocido sindicato espontáneo de motos: ese tribunal callejero que suele organizarse sin saber qué pasó, pero sí teniendo claro de antemano a quién condenar.

Más tarde, en un restaurante muy reconocido, nadie se acercó a atenderlos durante largos minutos. Y entre trayectos, preguntas, esquinas sin señales y referencias vagas, terminó de instalarse una verdad incómoda: Neiva desorienta en el ánimo de los que llegan sin conocer.

Porque una ciudad que no guía, que no explica, que no facilita, empieza a expulsar sin necesidad de decirlo. Y eso tiene que ver con algo que Neiva todavía no parece asumir: la actitud turística no es una campaña, es una cultura. Por suerte salva la población que es tan amable. Hace falta una conducta institucional. No depende solamente de tener algo para mostrar; depende de no arruinarle la experiencia al que hizo el esfuerzo de llegar. Y llegar hasta aquí cuesta.

El ser humano viaja, en el fondo, para sentir que valió la pena haberse alejado de su zona de confort. Por eso una ciudad debería premiar al visitante como a esta pareja, con hospitalidad.

¿Neiva no tiene nada para mostrar? Posee infinitas posibilidades. Es al revés. Debe salir del piloto automático en este tema que lleva años. Estratégicamente ubicada. Una identidad cultural potente, reconocible, aunque demasiadas veces escondida; ubicación geopolítica privilegiada y una cercanía valiosa con lugares que sí despiertan deseo turístico. Muchos de los turistas que pasan cerca de Neiva no gastan un centavo acá. La usan como paso, no como experiencia. La atraviesan, no la viven. Y una de las razones de esa fuga silenciosa está en que la ciudad desalienta la acción más importante de cualquier visitante: llevar la mano al bolsillo con ganas.

Entonces aparece la sospecha: de sobreprecio, de abuso, de desorden, de que el desconocimiento del foráneo no despierta ayuda sino oportunidad. Si de verdad hubiera voluntad de atraer turismo, habría creatividad para diseñar recorridos, ordenar el servicio, señalizar mejor, capacitar, conectar y seducir. Habría innovación. La “buena onda” opita no es suficiente y estas dos personas que les cuento, llenaron todos los casilleros de evitables experiencias.

Esta es una columna a favor de Neiva. Porque uno espera reacción y acciones que despierten el sentido de pertenencia y no se desperdicie más tiempo. Una industria sin fábrica, como es el turismo lleva tiempo esperando. Se está fallando en lo elemental y desaprovechando oportunidades de generar empleo genuino, movimiento económico y desarrollo sin depender siempre de las mismas fórmulas.

Estamos a meses del gran evento anual del San Pedro y, sin embargo, nada parece anunciar un cambio de fondo en la experiencia del que llega.

Entender que el turismo empieza en el trato servicial. La inversión acompaña, pero la cordialidad decide. En la honestidad. En la señalización. En la movilidad. En el servicio. En la decisión cotidiana de hacer sentir bien al que vino.

Mientras aquí seguimos repitiendo inercias, otros entendieron que el turismo no cae del cielo: se construye. Choachí, sin ser una gran ciudad, ya lo demostró con su apuesta por el turismo rural sostenible. Y Al-Ula, un oasis al noroeste de Arabia Saudita, también entendió que el posicionamiento turístico no aparece por arte de magia: se diseña, se impulsa y se cuida. Neiva todavía discute lo que otros ya decidieron.

Por: Caly Monteverdi
Conferencista internacional

Comunicador argentino, asesor estratégico y creativo
X – Twitter: @Calytoxxx

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