La corrupción también se elige

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El próximo domingo, cada ciudadano tendrá en sus manos mucho más que un tarjetón. Tendrá la oportunidad de decidir si sigue alimentando el mismo círculo de corrupción que tanto daño le ha hecho al país, o si, por el contrario, empieza a cerrarle la puerta a quienes han convertido la política en un negocio personal. No es solo un día de filas, tarjetones y fotos de tinta en el dedo.

Es un momento en el que cada ciudadano, con un gesto silencioso y breve, decide si Colombia avanza hacia una vida pública más decente o si vuelve a caer una vez más en el círculo repetido de los mismos vicios: la corrupción, el clientelismo y el abuso del poder.

La compra de votos no es una ayuda. No es solidaridad. No es un gesto de generosidad. Es una de las formas más descaradas de corrupción. Quien ofrece dinero, favores, mercados, transporte o cualquier beneficio a cambio del voto no está pensando en la gente: está invirtiendo para después recuperar con creces lo que “gastó”, casi siempre a costa de los recursos públicos, de los contratos, de la salud, de la educación y de las oportunidades que le pertenecen a todos. Comprar votos es corrupción y venderlos también lo es.

Porque la compra de votos es el primer eslabón de una cadena. Quien compra un voto, casi siempre lo hace con una lógica: “invierto hoy para recuperar mañana”. Y esa recuperación suele venir de lo que es de todos: contratos amañados, nóminas infladas, obras incompletas, sobrecostos, puestos entregados por favores, decisiones tomadas para grupos pequeños y no para la comunidad.

En una democracia, el voto es la herramienta más directa para orientar el rumbo de lo público. No es un regalo de los candidatos; es un derecho conquistado y una responsabilidad compartida. Votar no es únicamente escoger a alguien; es decir qué prácticas aceptamos y cuáles no. Es premiar la coherencia o castigar la trampa. Es respaldar el servicio o rechazar el negocio.

Por eso, vender el voto no es un acto pequeño ni inofensivo. Es vender la conciencia. Es entregar la dignidad ciudadana. Es permitir que sigan mandando quienes atentan contra la ética, la moral pública y el bienestar de la mayoría. Cada voto comprado fortalece al corrupto, debilita al ciudadano honesto y prolonga el sufrimiento de un pueblo que merece mucho más.

Es cierto que en esta época abundan las dádivas, los ofrecimientos y los recursos que circulan con intereses electorales. Y también es cierto que, en la mayoría de los casos, esos recursos provienen directa o indirectamente de lo público, es decir, de lo que es de todos. Por eso, más allá de cualquier circunstancia, la decisión final sigue siendo íntima, personal e intransferible. En la soledad del cubículo no manda el miedo, ni la presión, ni el favor recibido: manda la conciencia.

“Recíbalo, pero vote a conciencia”. Hay quienes dicen: “si me ofrecen, lo recibo”. Cada persona conoce su situación y sus necesidades. Pero hay una verdad que debe quedar en pie: nadie puede comprar lo que ocurre en la intimidad del cubículo. Ese espacio es una frontera moral.

Allí se decide si se perpetúa la corrupción o si se empieza a romper el ciclo. Si alguien te ofrece dinero o favores para que votes, entiende esto: ese acto no busca ayudarte; busca comprarte. Y el mejor castigo para esa práctica es que no funcione. Porque cuando deja de funcionar, la compra de votos pierde sentido, y con ello se debilitan las maquinarias que han sostenido décadas de politiquería.

Castigar la politiquería en las urnas es un acto de dignidad. “Castigar” no es odiar ni perseguir. Castigar, en democracia, es no premiar la corrupción. Es decir con el voto: “no acepto este método”, “no acepto que me traten como mercancía”, “no acepto que lo público sea botín”.

Es una manera pacífica, legal y poderosa de exigir un país con reglas claras. Y aquí está la gran lección: la corrupción no empieza solo cuando se firma un contrato irregular. Empieza cuando se compra una conciencia. Empieza cuando se normaliza el intercambio de votos por favores. Empieza cuando se reemplaza la ciudadanía por la clientela.

Colombia necesita ciudadanos que entiendan que un voto responsable no se negocia. Que el voto debe responder a los intereses legítimos del pueblo, al deseo de vivir en una sociedad más justa y al rechazo decidido frente al politiquero que pretende perpetuarse en el poder mediante prácticas corruptas. Este domingo, no venda su voto.

No perpetúe la corrupción. No entregue su conciencia. Vote limpio, vote libre y vote pensando en el país que todos merecemos.

Por: Faiver Augusto Segura Ochoa
Twitter -X: @faiver_segura

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