Hay momentos en que una nación como Colombia no cambia de rumbo porque haya encontrado el camino, sino porque está cansada de caminar por el mismo sendero.
Nuestra patria acaba de iniciar una nueva etapa política. Después de cuatro años de un gobierno progresista, la derecha regresó al poder con la promesa de recuperar el orden, enfrentar la inseguridad y reconstruir la confianza. Apenas han transcurrido unas semanas. Sería prematuro juzgar sus resultados; sería irresponsable, en cambio, negarle la esperanza.
El nuevo gobierno recibe un país que no comenzó a deteriorarse ayer. La violencia, el narcotráfico, la corrupción, la migración, el alto costo de los combustibles y la electricidad, las dificultades económicas y la incertidumbre hacen parte de una historia demasiado larga. También hacen parte de ella gobiernos con tendencias de centro – izquierda, de derecha y de todos los matices que, con aciertos y desaciertos, no lograron transformar una cultura política en la que demasiadas veces lo público terminó convertido en botín.
Pienso entonces en el libro El pozo, de Juan Carlos Onetti, un libro que volví a tomar entre mis manos por recomendación del escritor Eduardo Tovar Murcia.
Su personaje vive encerrado en una realidad de la que parece difícil escapar. Colombia también ha construido su propio pozo: profundo, oscuro, alimentado por nuestras frustraciones, nuestras violencias y esa peligrosa costumbre de esperar que cada nuevo gobierno haga el milagro que los anteriores no hicieron.
Aparece entonces Orwell con Rebelión en la granja, una obra que volví a leer por recomendación de mi madre, a ella se la recomendó un sacerdote con el que se reúnen semanalmente para estudiar las sagradas escrituras y buscar los caminos para acercarse al creador.
En esta fábula satírica y alegórica de carácter político, escrita por el mismo autor de 1984, los animales cambian a sus gobernantes convencidos de que comienza una época de justicia, pero descubren que el poder puede cambiar de manos sin cambiar sus vicios.
Por eso, más que esperar salvadores, deberíamos exigir administradores honestos de la granja. Y más que juzgar anticipadamente al gobierno que apenas comienza, debemos observarlo, acompañarlo cuando acierte y cuestionarlo cuando sea necesario. Aún hay mucho silencio, sobre todo de la prensa, supongo que esperan para evaluar con detenimiento los primeros cien días del nuevo mandato.
Quiero permitirme, entonces, una esperanza prudente. No es una loa al gobierno actual ni una renuncia a la crítica. Es la esperanza de que esta nueva administración comprenda que gobernar no consiste solamente en cambiar de ideología, sino en cambiar las prácticas que nos han impedido avanzar.
Quizá Colombia pueda salir del pozo.
Tal vez podamos demostrar que la granja no necesita nuevos dueños, sino buenos administradores. Y ojalá, después de tantos desencantos, la verdadera revolución consista en aprender a gobernar con justicia social y con ánimo de desarrollo integral de nuestro país, pues no hay desarrollo económico si no se tienen en cuenta los factores que lo producen.
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Por: Hugo Fernando Cabrera – hfco72@gmail.com
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