¿Y para cuando las disculpas?

¿Y para cuando las disculpas?

Yo sabía que a Martha Sepúlveda no la iban a dejar morir dignamente.  Cuando se conoció el comunicado de la Conferencia Episcopal Colombiana a mediados de la semana pasada supe que a la pobre señora no la iban a dejar morir en paz.

Y es que a pesar de todos los argumentos que el Ministro de Salud se ha atrevido a esgrimir para no dar cumplimiento a la sentencia C-233 de 2021, y tener también responsabilidad la Corte Constitucional por haber institucionalizado la costumbre de tomar sus decisiones no en sentencias judiciales regularmente notificadas como lo debe hacer cualquier autoridad judicial, sino a través de comunicados de prensa que no son vinculantes, me atrevo a señalar que la decisión del Comité Científico Interdisciplinario del Instituto Colombiano del Dolor estuvo más influenciado por el comunicado de la Conferencia Episcopal Colombiana, que por esas leguleyadas que a la postre terminaron desconociendo una decisión judicial y vulnerando los derechos fundamentales de una mujer enferma que lo único que tiene claro es que no quiere seguir viviendo.

Y es que uno de principales problemas de Colombia, es que esta sociedad realmente no entiende que es la modernidad, que significa vivir en democracia, ni mucho menos que Colombia sea un estado laico.

Es un concepto que tampoco lo entienden nuestros gobernantes, nuestros periodistas y hasta nuestros empresarios.  Recuerdo a un amigo que cuando fracaso con un bar, me contaba que varios amigos y familiares le dijeron que el problema era que no había inaugurado la taberna con una misa.

Y por supuesto, ante esa falta de comprensión la iglesia católica colombiana opina y ejerce su influencia en lo divino, en lo humano y en lo mundano. Literalmente en todo lo que pasa en este país.

Y es que yo soy, católico, y con humildad, creo entender el mensaje de Jesucristo pues su credo son elementales reglas de conducta: no matar, no robar, no mentir, no maltratar, ser leales, amar o al menos respetar al prójimo, no hacer a los demás lo que no nos gustaría que nos hicieran.  Pero también entiendo todas esas reglas de conducta han sido desconocías desde hace centurias por la iglesia católica romana.

Será por eso que desde finales del siglo XX y hasta la fecha, todos los papas, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco I se han visto obligados a pedir disculpas por una cantidad monstruosa de desafueros cometidos a nombre de ese credo religioso.

Se ha pedido disculpas por haber perseguido a las mujeres en forma inmisericorde por más de 1800 años, por el papel de la iglesia en el exterminio judío en la segunda guerra mundial, por la inquisición, por haber intervenido en guerras, por la pedofilia, por las estafas y vulgares robos del Banco Vaticano, y que no se nos olvide que muy acertadamente el actual Papa, el latinoamericano Francisco I, pidió perdón en el 2015 por que «se han cometido muchos y graves pecados contra los pueblos originarios de América en nombre de Dios”.

En honor a la justicia, esos pecados no solo son de la iglesia católica, también los han cometido la Iglesia Protestante, la Iglesia Cristiana Ortodoxa y el Islam.  Pero como en Colombia los últimos 200 años la iglesia o credo mayoritario ha sido el católico es de ella que debemos hablar.

De modo, que independientemente del credo, como estructura política, la Iglesia Católica no tiene autoridad moral para opinar casi sobre ningún tema.

En consecuencia, me pregunto cuándo llegará al día que la iglesia católica le pida disculpas al pueblo colombiano por no respetar el estado de derecho, que tienen la obligación de respetar.  Y cuando dejarán de opinar e involucrarse en las decisiones políticas y judiciales de esta república.

Como a nosotros nos enseñaron que la historia de Colombia terminó el día que se murió Simón Bolívar, no recordamos que la iglesia católica ha sido uno de los principales promotores del irrespeto al estado de derecho de nuestra historia.

No recordamos que una de las principales causas de conflicto civil en nuestro país en el siglo XIX fue la grosera pretensión de la iglesia de que los bienes a ella atribuidos (casi todos los bienes de la República y casi todas las tierras productivas del país) siguieran fuera del comercio, y por supuesto no pagaran impuestos, institución de la Colonia Española.

Y como eran improductivas, acertadamente alguien las bautizó como “bienes de manos muertas”. Varios economistas, que saben algo de historia culpan a ese conflicto, del grave retraso económico de Colombia en el siglo XIX, y vaya a saber sí los efectos de semejante bestialidad aun nos impacta. Nos matábamos en la guerra de los 1000 días y sufríamos la separación de Panamá cuando aún debatíamos y nos matábamos por esa causa.

Que no se nos olvide que muchos de los que votaron por le “NO” en el plebiscito por la paz, lo hicieron instigados por pastores protestantes, y si señores, por algunos curas católicos, cuando se mezcló la paz con el tema del género en los colegios.

Es un tema muy espinoso y sinuoso el papel de la iglesia católica en la violencia entre liberales y conservadores, y tampoco hemos estudiado que tanto ha influido en nosotros como sociedad, el hecho que los dos actos que orientaron la vida social y política en Colombia durante más de 100 años fueron la Constitución de 1886 y el concordato celebrado con la Santa Sede en 1887.

Creo, que esa diada antinatural convirtió a Colombia casi en un estado teocrático y es una de las causas de nuestro desastre, de la exclusión, de la discriminación, de la estigmatización al diferente y al menos favorecido y a la postre de la violencia en que vivimos permanentemente. Y si le parece exagerada esta afirmación pregúntese hasta finales del siglo XX (es decir hace poco más de 20 años) cual opinión era más importante y tenía más influencia: la del presidente de Colombia, o la del arzobispo de Bogotá.

De esa diada monstruosa, nació una sociedad pacata, hipócrita y taimada. De colombianos que en suelo patrio son más godos que Laureano Gómez, pero en otros países son “super modernos” y “super abiertos” y no tienen problema con la legalidad del aborto, con la igualdad de género, con la eutanasia, con la educación sexual integral, que no son para nada racistas, ni mucho menos machistas, y son abiertos a debatir sobre el consumo de drogas.

Y es la influencia de la iglesia católica en lo político es tan evidente que aun en pleno siglo XXI, el presidente de Colombia encomienda el país a la Virgen de Chiquinquirá. Yo creo que secretamente le implora que le ayude a gobernar.

Lo cual de paso la Virgen de Chiquinquirá no hace, porque si lo hiciera lo primero que le diría es que una persona de sus calidades e inteligencia no merece gobernar a sus conciudadanos.

No solo Duque. Todos los presidentes de Colombia han invocado a Dios, a Jesucristo, al Divino Niño del 20 de Julio o la Virgen María en algún acto público o político a pesar que la Constitución ordena que este sea un estado laico.

Yo creo en Dios y soy católico. Y creo firmemente que lo mejor que le puede pasar a Colombia es que sea gobernada por un presidente que sea ateo. A ver si por fin entendemos que significa laico.

Y por favor, dejen morir a Martha Sepúlveda en paz.

Por: Juan Pablo Murcia Delgado – murciajuanpablo@gmail.com
Twitter: @jpmurciadelgado






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