Una deshonra

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El asesinato del país más pobre de América, Haití, Jovenel Moïse el pasado 7 de julio, por un comando mercenario, donde participaron exmilitares colombianos, han generado un repudio general en la opinión pública, por el alto impacto negativo que ha tenido este hecho criminal en el contexto internacional, afectando la imagen de nuestro país. Dia tras día, se van conociendo nuevos episodios que rodearon este atroz crimen, como resultado de las investigaciones que adelantan sus autoridades, junto con el apoyo de los organismos de inteligencia estadounidenses.

A pesar de los resultados obtenidos a la fecha, urge saber con certeza, cuál fue el rol de los mercenarios colombianos que participaron en el magnicidio del primer mandatario de los haitianos. Han transcurrido 45 días de este atroz crimen, pero todavía las aguas turbias antes que decantarse, parecen hacerse cada día más turbias, porque todavía se desconocen sus autores intelectuales y que papel jugaron dichos exmilitares.

Actualmente se encuentran privados de la libertad, 18 exmilitares colombianos. Tres fallecieron por el accionar de la policía haitiana y otro grupo se encuentra huyendo. Una situación reprochable, fue que el presidente fue torturado salvajemente antes de su asesinato, en complicidad con su guardia personal. Parece ser, que existieron móviles políticos para lograr su derrocamiento. Existe consenso, que las implicaciones en las relaciones con los demás países de la región se han convertido en una incertidumbre, dada la inestabilidad política que viven algunas naciones en América Latina.

Más allá de lo anterior, todo continúa siendo un misterio. Muchas preguntas aún no encuentran respuesta, comenzando por la de quién orquestó el ataque y con qué propósito, en un país hoy sumido en el caos y que ha tenido que pedir apoyo militar a Estados Unidos. Y siguen los interrogantes: ¿todos los integrantes del comando estaban al tanto del propósito final? ¿Tienen razón los familiares que hablan de una oferta con apariencia legal, bien paga y bien intencionada? En consecuencia, ¿hubo quienes actuaron con dolo y quienes lo hicieron bajo engaño?

Los anteriores interrogantes están a la orden del día. La comunidad internacional y especialmente la opinión pública, espera la verdad y solamente la verdad. Pero mientras ocurre toda esta situación, como si fuera poco, este país fue estremecida por un nuevo terremoto de magnitud 7,2. El mundo, vuelve a fijar la mirada sobre Haití, entre el asombro y la incredulidad. Como que nadie se explica que tantos males converjan en un país, en un pueblo, mejor, de poco más de 11 millones de personas. Hasta a la naturaleza le ha dado por ensañarse con ellos.

Los números de esta tragedia ya son impresionantes. La Agencia de Protección Civil haitiana informó en las últimas horas que 1.940 personas habían muerto y hay 9.900 heridos, pero siguen las labores de rescate. El panorama, como suele ser en estos casos, es de angustia e impotencia, con hospitales desbordados y mal dotados; con médicos trabajando contra el reloj, incluso al aire libre.

Igualmente, la pandemia del Covid-19, ha azotado fuertemente a la población civil. Y como si fuera poco la tragedia que les ha tocado vivir a la sociedad de este territorio caribeño, la Tormenta Tropical Grace, afectó la semana anterior la débil dinámica productiva de este país. Haití merece la solidaridad y el apoyo internacional, para volver a recuperar el sendero que conduzca a aliviar la profunda crisis social, económica y política en que se encuentra sumida.

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