Un bemol en la guerra

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No recuerdo exactamente en dónde ni en qué fecha conocí a Marcos Fabián Herrera, lo cierto es que Edgar Artunduaga lo mencionaba constantemente y se refería a él como un gran escritor, y si Edgar, que era un magnífico lector, hombre culto y poseedor de una envidiable biblioteca lo decía, es porque el trabajo de Marcos Fabián lo cautivaba.

La escritora uruguaya Cecilia Curbelo escribió en uno de sus libros que “Mientras más sencillo y humilde, más atractivo eres para las personas que valen la pena”, un aforismo que encaja perfectamente con la forma de ser de nuestro prolífico literato huilense, quien con su sencillez valida el pensamiento de Curbelo y lo enriquece, debido a que logra llegar a quienes desea llegar.

Precisamente por esa cualidad innegable que posee, fue que recibí en la puerta de mi casa un ejemplar de una grandiosa colección de cuentos producto de su inspiración; plectro que lo conduce a lograr instantes de iluminación tales, que le permiten jugar con las palabras, trazando historias que ruedan en la mente del lector como una cinta fílmica a todo color.

“Un bemol en la guerra” es un libro de narraciones cortas que alberga una magia especial, porque invita desde su magnífica portada a entrarle a recorrer los textos construidos por las manos de un artista, que como un arquitecto hace que las ideas se conviertan en una bella construcción en forma de relato que engancha y conquista.

Herrera dijo de su libro lo siguiente: “Los siete cuentos que integran este libro los escribí con la sistematicidad del arrebato y el método del antojo. Obedecen al pertinaz agobio de la idea que asalta y lucha por convertirse en ficción y relato. Aspiran a reivindicar los viejos y desprestigiados fantasmas que asedian en los desvelos y que los escritores ya no mencionan por temor a ser llevados al cadalso de las academias. Dialogan sin rubor con esas presencias espectrales que nos susurran al oído y nos generan urticaria cada vez que se les amenaza con el destierro”.

Esta forma de describir aquello que él mismo ha fabricado, es lo que despierta el interés de los curiosos por escarbar lo que este cofre de siete compartimientos esconde; y ya violentada la cerradura del arca, ésta permite descubrir que en cada uno de estas divisiones se halla una joya lista para ser admirada o lucida si así lo desea quien la encuentra.

Este cúmulo de hojas de papel rellenas de palabras se convierte en una mansión de siete habitaciones, cada una de ellas marcada de acuerdo a lo que alberga y en las que se alojan ficciones que invitan a pasar adentro y quedarse, cruzando las fronteras de la imaginación del autor, escudriñando en los rincones de la misma, descubriendo fantasías producto de la volatilidad de una mente que viaja a través de las quimeras y lograr atrapar en ellas las musas, responsables de todas estas historias.

“Esa noche los flautistas, a la luz de lámparas de queroseno, ensayaron hasta el límite del nuevo día”.

Por: Hugo Fernando Cabrera – hfco72@gmail.com
Twitter: @Hufercao04

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