SoHe – ¡Mamá, no quiero ser princesa!

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Pocas cosas ponen tan contenta a mi mamá como verme usando tacones o pestañina.

Es real… todos los días me dedico a dar la talla en un trabajo tan exigente como satisfactorio, estoy terminando una maestría (por favor tesis, ven a mí) y ahora hasta escribo una columna en un diario virtual.

Muy bonito todo ¡pero ay Dios mío como se le iluminan los ojos a doña Claudia (mi santa madre) cuando en vez de tenis escojo tacones, así sean de los chiquitos, porque de más de cinco centímetros, ni a palo me los pongo.

Es muy gracioso, pero la verdad, no siempre me dio tanta risa. En mi monólogo interno pensaba: ¡qué tal!, si soy su hija feminista ¡son mis principios!, no quiero que ni me persuadan para masacrarme los pies y escoger la incomodidad, qué crueldad apelar al amor para reproducir los mandatos de género ¡oh no, qué alguien me ayude! Todo un S.O.S feminista, como le llamamos con una gran amiga.

A ver, no es que yo ahora piense que fui exagerada, todo lo dicho es verdad, pero me respondo: Claudita, no hagas drama, puedes usarlo para tu columna. Así que señoras y señores, gracias a mi mamá y sus adorables intenciones de querer verme linda y profesional (porque claro, las mujeres podemos tener voz y cerebro, pero no descuidar la pintada de uña y el peinado), les voy a compartir un oportuno y necesario mensaje en nombre y en favor de todas esas mujeres poderosas del mañana: sus hijas.

Primer consejito: de usted depende qué tan poderosas sean, y no piense poderosa exclusivamente como la gran empresaria o la próxima gobernadora (aunque sería un hit), piense poderosa como dueña y señora de sí misma, algo que incluso las mujeres en cargos de poder y decisión tenemos que aprender ¡porque nadie nos lo enseñó!. A muchas generaciones, en eso si les tocó ser autodidactas, con la vida como única maestra ¿se siente identificada?, tranquila, no es la única.

Pero eso sí, le agradezco enormemente a doña Claudia y don Alejandro (¡papi mira! escribo una columna), mis santos padres siempre privilegiaron en mi crianza el desarrollo personal, no me educaron para ser la esposa, ni la sombra sonriente y ‘bienvestida’ de nadie.

En pocas palabras, de princesita yo no tenía un pelo, aunque me hubiera gustado jugar más futbol o aprender karate. Y con eso meto mi cuña y le doy paso al tip número dos: no críe princesas ni barbies, no enseñe a sus hijas a ser perfectas o a creer en cuentos de hadas, enséñele a ser valiente y a no esperar sentada nada, menos un príncipe azul… porque fijo se le aparece un sapo.

Y como yo me las pico de coyuntural, le cuento que el pasado 11 de octubre se conmemoró el Día Internacional de la Niña ¿cómo así?, ¿eso existe?, ¿por qué no me dijeron? Probablemente porque no me tiene en Facebook, porque les juro que yo lo publiqué en mi muro (con gusto me pueden stalkear).

Pues sí, ésta fecha nos jala las orejas para no olvidar que millones de niñas en el mundo sufren de violencia sexual, ablaciones, embarazos tempranos y matrimonios forzosos; pero también nos recuerda la importancia de promover la autonomía en las niñas de todas las culturas, razas y estratos sociales.

Esas niñas son sus hijas, sus hermanitas menores, sus sobrinas o sus estudiantes. Así que como diría mi mamá (creo que le debo una invitación a comer por cada vez que la nombré en ésta columna): -Por el amor de Dios, no les diga que por ser niñas no pueden jugar fútbol, correr o ensuciarse, no les diga que si un compañerito de clase le pega o le jala el pelo es porque le gusta, y mucho menos les enseñe a sonreír cuando algo las incomoda.

Y de paso, este Halloween disfrácenlas de científicas o astronautas, con eso aprenden a centrar su atención en los microorganismos o en la luna, y no en cocinar para 8 enanitos o esperar dormidas “el amor verdadero” y lo digo entre comillas, porque si algo me enseñó mi papá, fue a ser desconfiada.

Por: Claudia Álvarez – claudialbaricoque@gmail.com
Twitter: @cmalvarezh

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