Populismo y cacerola

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Las últimas elecciones presidenciales demostraron que la política en Colombia está sumida en uno de los males que pueden llevar al fin de la democracias;  la demagogia.  No me atrevo a afirmar  que los líderes de este país intencionalmente hayan llevado el discurso político a ese escenario, pero por los argumentos del  debate entre los ciudadanos sobre la legitimidad del paro, es incuestionable que es así.

Aristófanes decía sobre los pueblos que abrazan los argumentos del demagogo: «Llevarlos a la ruina es fácil: les encanta sentirse halagados y enteramente engañados por cada orador que engrandecen».

Como Colombia es un país en donde la realidad siempre supera la ficción, estamos ante ciudadanos que sin ningún sesgo crítico han adoptado dos discursos contrapuestos de rampante populismo.

El historiador mexicano Enrique Krause en una entrevista dada a Blu-Radio, en mayo de 2018 antes de las votaciones de segunda vuelta presidencial señalaba que el problema de Colombia (atípico al resto de Latinoamérica) era que tenía dos populismos encontrados.  Creo que por respeto no dijo, que eso es muy, pero muy peligroso, más en un país de gentes intolerantes, y muchas veces fundamentalistas.

Y sí alguien sabe de populismo en este planeta es este historiador, autor de “El pueblo soy yo”, libro que debe ser leído por todos los latinoamericanos desde el Rio Grande hasta la Patagonia, pero necesariamente, por nosotros los colombianos, el cual, por supuesto recomiendo.

La historia ha demostrado que en las sociedades cuando se presentan actores políticos populistas, demagogos o caudillistas de extremos, siempre necesariamente los individuos escogen uno de esos extremos que se contraponen.   No hay excepciones a esa realidad.

En Alemania antes de la ascensión de Hitler al poder, habían personas que defendían la República de Weimar, de partidos socialdemócratas y partidos cristianos; todos ellos sucumbieron ante los extremos de derecha o izquierda, y terminaron apoyando la locura del nazismo y la guerra, los primeros, y en campos de concentración y de exterminio, los segundos.

Lo mismo sucedió en España entre 1930 y 1936 antes del estallido de la guerra civil, desapareciendo los verdaderos demócratas y republicanos, entre las opciones extremas de la falange o del comunismo y anarquismo español (La historia denominó a estos últimos republicanos.  No lo eran).

Como en este país la historia es una costura molesta que nadie mira, ni recuerda, ni se preocupa por enseñar, no recordamos que esa crispación y polarización que vivimos hoy, es similar, al menos en sus matices a la vivida en el país en la década de los 30 y primeros años de la década del 40, que luego de la muerte de Gaitán llevó a la violencia bipartidista de mediados del siglo XX.

Y la tragedia siempre llega por una sencilla razón.  Cuando los individuos acogen discursos extremos, terminan insultando al otro, negando al otro, y por supuesto, matando al otro.

Por el hechizo de Petro y Uribe en parte de la población, se hacen irreales afirmaciones como que Uribe es el mejor presidente de la historia de Colombia, o aquello de que Petro ha sido el mejor alcalde de Bogotá y que encarna el futuro porque está en contra de las terribles oligarquías colombianas.

Y es que Petro ha dicho de los miembros del Centro Democrático que son nazis, y los miembros de Centro Democrático, que Petro y sus seguidores son comunistas. Este,  el país donde dos congresistas de esos extremos opuestos, María Fernanda Cabal y Gustavo Bolívar pueden afirmar impunemente que la Unión Soviética aún existe, casi treinta años después de su desaparición.

Y con las redes sociales, se miran, se leen y se escuchan una continua cacofonía de insultos, falsas noticias y fanatismos ridículos,  al punto, que he conocido casos de personas que llegan a una nueva forma ostracismo e intolerancia;  se “bloquean electrónicamente” entre sí, acto que por tonto y fútil que parezca, es una forma de sectarismo y discriminación, que evidencia la incapacidad de debatir y de convivir.

Cómo el populismo y la demagogia precisamente se alimentan de las pasiones, poco importa decirle a la gente que las propuestas que defienden sus líderes son irrealizables, irresponsables o quiméricas.  Lo que importa es la opinión del caudillo, bien sea que prometa que Chia (Cundinamarca) o Bello (Antioquia)  se convertirán en la próxima Silicon Valley, o que en un país de rezagada industria e infraestructura, seremos los más anaranjados de la economía naranja, o que el contrario,  dicte cátedra relacionada con la siembra de aguacates y de energía fotovoltaica.

Cuando Uribe y el Centro Democrático se percataron que las conversaciones con las FARC iban a llegar a buen puerto, comenzaron una campaña de populismo de derecha de manual, que les dio la presidencia en 2018, les era muy sencillo atizar en la población el viejo odio a las FARC.

Y Petro, cuando empezó a subir en las encuentras para las elecciones presidenciales por allá en enero de 2018, también comenzó en sus discursos a recurrir a un torpe y grosero populismo de izquierda, atacó a los empresarios, a los comerciantes, a los propietarios de tierras, a los seguidores de Uribe, y hasta aquellos que no estábamos con Duque pero sabemos que él encarna una opción  de extrema izquierda mal disfrazada.

Y entonces en junio de 2018 la gente voto con rabia, y no por propuestas. Muchos votaron contra Petro y por supuesto contra Uribe.   Y como cualquier líder demagogo o partido populista, es en esencia mentiroso, no aceptan que la gran mayoría de los votos que obtuvo Duque no son del Centro Democrático, y muchos de los votos que contó Petro no eran  de la Colombia Humana.

Y ahora a ese ambiente enrarecido, que ni siquiera permite el debate sano y respetuoso entre congresistas, se le suma este paro, que es una manifestación del cansancio y crispación de la población, que en la multiplicidad de razones para protestar, solo están de acuerdo en que ningún político orienta su reclamo.

Hoy debemos recordar que las opciones extremas en política, nunca han sido capaces de dar solución efectiva a los problemas de los países que las padecen.  Es obligatorio que como sociedad entender que el populismo y el caudillismo en la democracia son una forma inmoral e irresponsable de captar votos;  no de solucionar problemas. Por eso, los griegos antiguos, que se inventaron la democracia, también se inventaron la palabra demagogia.

A mí, como es obvio, Duque no me agrada, pero decir que los problemas que mantienen las protestas son su culpa, o de su gobierno, no es sensato, ni serio.

Lo que sí puede ser su culpa es no entender que los ciudadanos protestan por la adopción de reformas que el país tiene que implementar con urgencia.  Y puede ser culpa de Petro pretender posar de representante de los manifestantes, pues actuar de ese modo, le dará al gobierno y al establecimiento la posibilidad de desestimar los reclamos ciudadanos, por ser patrocinados por su extremo opuesto, al que además venció en las urnas en junio de 2018.

Creo, y debo reconocerlo, que para afrontar el paro Iván Duque está haciendo algo sensato, que consiste en desmarcarse del ala más radical de su partido, al punto que Fernando Londoño, connotado heraldo de la ultraderecha greco caldense ya pidió su renuncia.

La propuesta del Presidente, es negociar los puntos del paro con todos los actores de la sociedad en mesas separadas.  Y en eso el Presidente tiene razón.  Las reformas que se reclaman del estado, deben adoptarse en el marco de la institucionalidad, y en el más profundo respeto a la democracia, no solo en la forma, sino en el fondo.

En un país que como Colombia donde ocho de cada diez empleos son aportados por la empresa privada, cualquier reforma que se pretenda hacer al sistema laboral o tributario debe contar con la participación de los empresarios.

En cuanto a las necesarias inversiones en educación, bien sea básica y superior, se deben escuchar las justas solicitudes de los maestros, pero también los reclamos de los padres de familia  en cuanto a la calidad de la educación básica, y de los jóvenes, respecto de la pertinencia de la educación superior.

Se debe alabar y felicitar los intentos de muchos congresistas, entre ellos, miembros de centro democrático que han entendido que no plantear las reformas con la participación del congreso y del gobierno, será un camino estéril, que solo garantizará el mantenimiento de la crispación social y la continuidad  del descontento ciudadano.

Y es que la utilidad de llevar esos reclamos a la institucionalidad, es que por esa vía se puede recordar a los ciudadanos que al adoptar una reforma no se está dando una efectiva solución a los problemas.  Las reformas marcan un camino, y eso es muy diferente a recorrerlo.

Es hora pues de la mesura y de alejarnos de esos extremos que hoy orientan la política, las redes sociales y de varios medios de comunicación colombianos.

Entender la validez del fondo de las propuestas de los ciudadanos y plantear las reformas institucionalmente, porque es necio seguir negando la legitimidad del cansancio de una clase media esquilmada por altos impuestos, de una población sumergida en un alto desempleo, de un país con niveles de corrupción grotescos que tienen a los autores de esos crímenes, libres o con la casa por cárcel, y lo más grave, de una sociedad con tasas de desigualdad insostenibles.

Sí esos actores extremos de la política y los promotores del paro, no entienden que esas demandas se deben solucionar en democracia, dentro de la institucionalidad, los problemas que nos aquejan no se van a solucionar, y los colombianos nuevamente volverán a marchar, y en esa marcha, volverán a estar cansados del sistema, del neoliberalismo, del comunismo, o del castrochavismo, de Uribe y de Petro, y del presidente de turno, y del sistema de justicia, y de los congresistas y de los políticos, en su conjunto, y de todos en particular.

Pero también, estarán cansados de la democracia. Eso, no lo duden.

Por: Juan Pablo Murcia Delgado – murciajuanpablo@gmail.com

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