Pandemia y desigualdad II

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En momentos en que el Covid19 avanza y avanza, demostrado está que los más afectados son aquellos que no tienen los recursos, ni los medios, para enfrentarlo de forma efectiva. 

Siendo los más vulnerables las personas que no cuentan con un trabajo estable, los vendedores ambulantes, aquellos que no cuentan con seguridad social, campesinos, indigentes, ancianos y quienes no tienen familia, los abandonados, habitantes de calle, los indígenas (más de 7 millones de familias).

Lo anterior no significa que los que están un poco mejor no puedan caer en tragedia, pues quien aún conservan un empleo podrían perderlo y aquel que cuenta con un servicio médico podría caer en la mala atención del sistema complicándose en su salud.

La pandemia viene desenmascarando una realidad que sabíamos existía pero que no aceptábamos. Tenemos poco, pero tenemos decían los más optimistas ¡y no exijamos mejoras ya que podríamos terminar peor! ¡Es mejor poco que nada!

Pues bien, en la medida en que el país y América Latina se preparan para entrar al pico de contagios de la pandemia, el Gobierno Nacional entrega a gobernadores y alcaldes la responsabilidad del manejo de la crisis y de la emergencia sin mayores aportes logísticos o económicos y con la seria necesidad de abrir -cuanto más rápido mejor- la economía y las líneas productivas- para frenar la caída económica sin precedentes que trae consigo su propia tragedia y pandemia.

Tomando las palabras de Carlos Álvarez (epidemiólogo e infectólogo líder de equipo científico de la Casa de Nariño) para la lucha contra la pandemia «De nada nos sirve entender cómo se transmite el virus y que debemos hacer, si no cambiamos nuestro comportamiento diario, si en nuestro diario vivir no aplicamos las medidas correctas y los protocolos establecidos».

Pero, ¿cómo hacerlo si la mayoría no cuenta con los recursos para acatarlo correctamente? Justo en esta fase los gobernadores y alcaldes para tener el éxito que necesitamos, dependen no sólo de los recursos en equipamiento, personal, económicos, de asesoría y acompañamiento que no han llegado a las regiones, sino que también dependen de que cada uno en sus comunidades haga las cosas bien y tenga el comportamiento adecuado a esos protocolos que se apoyan en la cultura ciudadana, la educación, la capacidad de obediencia, la inteligencia, sensatez, información y la disciplina, lo que directamente choca con la necesidad de miles que deben salir a rebuscar lo de su día a día para de alguna forma sobrevivir.

Muy rápido se extiende la pandemia cercando además a nuestras comunidades indígenas y campesinas. La Organización Panamericana de la Salud ha advertido esta semana de que la pandemia se encuentra en uno de los momentos más sensibles y de mayor atención para todo el continente americano, y ante la reapertura de los centros de comercio viene advirtiendo que se deberá hacer con la mayor de las cautelas y paciencia, pues de lo contrario podríamos tener un resurgimiento o rebrote con consecuencias mucho más difíciles.

Nuestro país cuenta con unas condiciones geográficas, topográficas y térmicas muy diversas y las características de sus zonas rurales debido al abandono histórico convergen principalmente en las similitudes de sus carencias.

Estas comunidades, sobre todo las más alejadas de los centros poblados más pequeños padecen la inexistencia de servicios básicos como agua potable indispensable para evitar más contagios de Covid19 ya que el lavado de manos, cara y cuello con agua y jabón suficientes son considerados la mejor manera de combatir y frenar la expansión y contagios de Covid. La mayoría de la población rural no cuenta con este servicio que es sanitario básico, y si se urge contar con médico o atención profesional se debe caminar largas distancias muchas veces a lomo de mula o a pie por trochas con toda clase de peligros.

La población   rural se mueve entre trabajos temporales, falta de oportunidades, grupos armados, amenazas de todo tipo, narcotráfico, abusos de explotadores y estafadores. No cuentan con energía eléctrica, subsidios, capacitación, teléfono celular, acceso a internet, ni dinero, los apoyos económicos no llegan y por si fuera poco se informan y son presas fáciles de las noticias falsas que tanto daño hacen a todos.

Se nos olvida fácilmente que quienes vivimos en las ciudades y centros poblados (grandes o pequeños) dependemos directamente del trabajo rural y sus gentes, ya que los habitantes de las zonas rurales son el puente entre toda la producción rural sin la cual los habitantes urbanos no podríamos vivir, pues dependemos directamente de su labor y trabajo diario.

Así mismo, las comunidades indígenas vienen llevando la peor parte. Una muestra es el Amazonas y Leticia que cuenta con 79 mil habitantes de los que 2 mil ya padecen contagio bordeando los 70 fallecidos, siendo ahí, en esa región donde se presenta la mayor cantidad de positivos por covid19 por millón de habitantes en nuestro país. Allá se comparte frontera con Brasil y Perú con una población que es mayoritariamente indígena y que no cuenta con una eficiente red pública de salud, y cuando alguien se complica deberá ser trasladado hacia Bogotá, lo cual hoy es complejo si tenemos en cuenta que no hay servicio aéreo privado y que no nuestro espacio aéreo se encuentra cerrado.

El Amazonas es el reflejo de toda la calamidad y vulnerabilidad en que viven nuestras comunidades indígenas agregando entre otras la falta de medicinas, datos de información, alimentos y educación. Su lucha contra la minería ilegal, el abandono histórico estatal y la pobreza, debiendo  enfrentarse como si fuera poco a las enfermedades llevadas a sus territorios por hombres blancos, tuberculosis, VHI, desnutrición, paludismo, dengue y otras, que  son solo algunas de sus preocupaciones.

La vulnerabilidad de estas comunidades no es por el resultado de un factor biológico, es el producto que arroja la desigualdad en las condiciones de vida de las personas que ahí habitan, de quienes dependemos y a quienes tenemos en el olvido y el abandono pensando siempre en que somo superiores a ellos, condenándolos a niveles de vida precarios.

Por: Igor Andrés Morales – igorandrescortesmorales@gmail.com
Twitter: @igorandrescort1

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