No Martha Lucía, no

No Martha Lucía, no

Lo dijeron las congresistas electas del Huila, Esperanza Andrade y Flora Perdomo en sus columnas de opinión del diario La Nación el pasado 14 de junio: tener a Martha Lucía Ramírez como vicepresidenta es un avance para la representación política de las mujeres en el país. No, no, no, no y mil veces no.

Tanto Ramírez, como Andrade y Perdomo, son el mejor ejemplo para demostrar que una mujer, aunque ocupe un cargo de elección popular, no significa que encarne ni represente las agendas y demandas políticas de las mujeres, mucho menos las organizadas.

Pensar que sí, no es otra cosa que un determinismo biológico, pues reducimos el ejercicio de la representación política de las mujeres al sexo, es decir, a las características físicas que dentro de esta sociedad me identifican a mí y a usted como mujeres u hombres.

¡Y pues no! que tanto la vicepresidenta como las congresistas tengan los mismos órganos sexuales que la mitad de la población, no es garantía de que vayan a defender los derechos de esta. Para ello, se necesita conciencia política y eso (lastimosamente) no viene en el combo de vulva, útero, senos o cualquier otro órgano/parte del cuerpo que usted identifique como “femenina”.

La conciencia política a la que me refiero ha sido nombrada por los movimientos feministas y de mujeres como conciencia de género, la cual implica reconocer la desigualdad histórica entre hombres y mujeres como manifestación de una forma de organización social, cultural, económica, y política denominada patriarcado.

En la cual lo masculino goza de mayor reconocimiento, poder y libertad que lo femenino y en el que se fabrican sujetos funcionales a este sistema mediante la reproducción de ideas, imaginarios y prácticas.

Se las barajo más despacio, esta forma de organizarnos como sociedad fabrica permanentemente personas que le son cómplices ¿cómo? A través de la cultura y sus discursos, pues los medios de comunicación, las instituciones educativas, familiares o religiosas, incluso la música o el saber popular, contribuyen a difundir ideas sobre las mujeres y los hombres que reafirman, no sólo el poder de los segundos sobre las primeras, sino el rol tradicional de las mujeres en la sociedad.

En muchos de estos discursos, subyacen ideas como la de “devolver” y recluir a las mujeres en los ámbitos domésticos, de controlar nuestra sexualidad y la autonomía sobre nuestros cuerpos, de responsabilizarnos por la violencia física o sexual que se ejerza en nuestra contra, de hiperexualizar nuestros cuerpos y hacerlos objeto de tráfico y comercialización, entre otras muchas otras.

En ese orden de ideas, el patriarcado como estructura social se sirve de estos discursos y estereotipos tradicionales para rehacerse a sí mismo todos los días; y aquí viene realmente el meollo del asunto, estas ideas retrógradas y machistas pueden vivir en la cabeza de cualquiera, incluso de las mujeres.

Es por esto que, a pesar de que muchas personas en este país han sido criadas en familias compuestas en su mayoría por mujeres (abuelas, madres, hermanas y tías), son personas socializadas en valores tan machistas como cualquiera.

Esa es la verdadera importancia de la conciencia de género, la capacidad de reflexión y acción contra una forma de organización social, material y simbólica, que nos explota, invisibiliza, mutila, empobrece y calla.

Y solamente mujeres conscientes de la necesidad de des-patriarcalizar esta sociedad, se constituyen en verdaderas representantes de las necesidades reales de las mujeres como colectivo. No es lo que tienen entre las piernas, es la concepción de sociedad que tienen en la cabeza.

Pues la sociedad que como herederas de luchas históricas del movimiento de mujeres queremos ver, es aquella en la que nuestras conciencias, cuerpos, territorios y comunidades puedan gozar de libertad, autonomía e igualdad real y efectiva de derechos. No aquella repetida hasta el cansancio por figuras como Martha Lucía Ramírez, Flora Perdomo o Esperanza Andrade en la que “la mujer representa el centro de la familia”.

Una política en la que la mujer es indisociable de los derechos de la familia y de la niñez, es una política que NO nos representa, pues saberse mujer no es sinónimo de ser madre.

Somos mujeres transgénero que luchamos por no morir, somos indígenas que luchamos por nuestros saberes ancestrales, somos campesinas que luchamos por el territorio, somos madres que no queremos parir hijos para la guerra, somos lesbianas que luchamos contra la discriminación, somos jóvenes que luchamos por nuestra capacidad de decidir, somos muchas para quienes la elección de Ramírez no es un avance, sino un terrible retroceso.

Por: Claudia M. Álvarez – claudialbaricoque@gmail.com
Twitter: @cmalvarezh



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